En Colombia parece haberse instalado una comodidad peligrosa: reducir el fenómeno Petro a la burla. Se le califica de inepto, se caricaturizan sus trinos, se ironiza sobre sus discursos y se minimizan sus decisiones. Entretanto, Gustavo Petro avanza. No necesariamente en resultados, gestión o bienestar, sino en poder.
Ese es, quizá, uno de los principales errores del análisis político nacional: asumir que el presidente fracasa porque gobierna mal. Desde esta perspectiva, Petro no habría llegado a administrar el sistema, sino a tensionarlo al máximo. No buscaría sostener la democracia liberal tal como se conoce, sino transformarla, aun si ello implica un deterioro en su legitimidad o en la percepción ciudadana.
Lo que algunos interpretan como torpeza podría responder, según esta lectura, a un método político. Las crisis recurrentes, los choques con las Cortes, los nombramientos cuestionados o las contradicciones públicas serían parte de una estrategia asociada a modelos de liderazgo que distintos analistas han identificado en América Latina como populismo de rasgos autoritarios.
Gobernar desde el conflicto puede tener efectos funcionales: el caos divide, y la división facilita el ejercicio del poder sin amplios consensos ni reglas claras. En contextos de polarización, la emoción suele imponerse al análisis y el relato adquiere mayor peso que los hechos.
Quienes advierten este fenómeno sostienen que, mientras sectores de la oposición lo subestiman, el presidente ha consolidado influencia en áreas estratégicas del Estado, ha tensionado los contrapesos institucionales y ha convertido muchas críticas en evidencia de persecución política dentro de su narrativa.
También se señala que el mandatario ha atribuido a ministros y funcionarios parte de los fracasos gubernamentales, lo que le permitiría preservar su imagen ante la opinión pública como un líder obstaculizado por el sistema.
Este tipo de dinámicas no sería inédito en la región. Los gobiernos de Hugo Chávez en Venezuela, Rafael Correa en Ecuador, Evo Morales en Bolivia y Daniel Ortega en Nicaragua han sido frecuentemente citados en debates académicos y políticos por seguir patrones similares: confrontación institucional, deslegitimación de opositores, polarización social y concentración del poder.
Desde esta óptica, el populismo no se debilita necesariamente cuando el país enfrenta dificultades; puede fortalecerse si logra persuadir a la ciudadanía de que las responsabilidades recaen en otros actores, como las élites, la prensa, el Congreso o el pasado político.
Por ello, algunos analistas consideran insuficiente enfrentar al presidente únicamente como un gobernante con deficiencias administrativas. Lo describen, en cambio, como un operador político experimentado, cuya aparente desorganización podría encubrir una lógica orientada a la acumulación de poder.
En ese contexto, advierten que la ausencia de una oposición articulada y pedagógica podría favorecer el avance de ese proyecto político. La caricaturización, los insultos o la banalización del debate —afirman— tienden a reforzar el relato de victimización y a cohesionar a su base electoral.
El debate de fondo, entonces, no sería si el presidente sabe o no gobernar, sino comprender la forma en que ejerce el poder. Para estos sectores, el populismo no se confronta con sarcasmo, sino con argumentos, solidez institucional y narrativas capaces de explicar el método detrás de las decisiones políticas.
Colombia, concluyen, no estaría ante un mandatario desordenado, sino frente a un líder que entiende el caos como herramienta política en tiempos de frustración social, y que puede optar por desacreditar las reglas cuando estas se convierten en un obstáculo.
La discusión queda abierta: continuar interpretando sus acciones como errores aislados o analizarlas como parte de una estrategia de mayor alcance. De esa lectura —advierten— dependerá la capacidad del país para anticipar los efectos políticos e institucionales del presente.





