Hay días que no se guardan en la memoria: se quedan viviendo en el cuerpo. Días que regresan sin aviso, con el mismo estruendo, el mismo olor a polvo seco y la misma urgencia asfixiante de la primera vez. Para quienes vivimos del oficio de contar la verdad, el 27 de abril de 2017 no es una fecha mas en el calendario; es una herida abierta que, nueve años después, todavía arde cuando se pronuncia en voz alta.
Ese día, Cartagena de Indias no perdió solamente un edificio y nosotros, los periodistas, aprendimos una lección que no enseñan en ninguna facultad: que hay momentos en los que la noticia no se escribe ni se lee.

La noticia se respira entre los escombros, se corre bajo el sol inclemente y, a veces, se sobrevive con la garganta apretada y los ojos nublados.
Aquel jueves no comenzó como una tragedia; comenzó como el eco de cualquier otro mediodía. Eran las 11:55 de la mañana. El calor de Cartagena empezaba a apretar y la ciudad avanzaba con su parsimonia habitual, sin sospechar que, en cuestión de segundos, la tierra rugiría.
Yo estaba en la cabina de la extinta emisora Radio Vigía de Todelar, en el sector del Pie de la Popa. Todo transcurría con la armonía típica de una redacción radial: la mamadera de gallo entre colegas, el café caliente que nos vendía un chinito oriundo de Tuchín, Córdoba, los titulares y cuartillas listos y el editorial del director, Mauricio Portnoy, esperando la señal del operador de audio.
Nada anunciaba el desastre. Hasta que mi celular vibró con una insistencia violenta. Era Roberto Cassiani, periodista deportivo. Su voz no era la de siempre; estaba rota. —¡Jota, se cayó un edificio en Blas de Lezo!
En el periodismo de orden público —que era mi especialidad— se desarrolla un sexto sentido para el horror. No hubo tiempo para leads ni escaletas. La tragedia entró en la cabina sin pedir permiso. Junto a mi colega Carlos Hurtado Morón, cambiamos el libreto sin consultar a Portnoy. Improvisamos titulares mientras el aire se llenaba de incertidumbre, pero mi instinto me dio una orden clara: no podía quedarme detrás del micrófono. —Compa, yo me voy para allá. Esa es la noticia —le dije a Carlos.
Salí disparado. El trayecto desde el Pie de la Popa hasta Blas de Lezo suele tomar quince minutos, pero ese día se sintió como una eternidad contra el reloj. Mientras esquivaba el tráfico en mi motocicleta, la señal seguía abierta. Carlos, con su sagacidad característica, mantenía el pulso al aire anunciando que yo estaría en vivo en minutos. En ese instante, la radio dejó de ser un medio de comunicación para convertirse en un sistema de emergencia.
Llegar a Blas de Lezo fue como entrar en una zona de guerra. El sol caía como un martillo sobre el pavimento. No había sombra, no había refugio; solo un calor pegajoso y el sudor que me empapaba la camisa. Pero lo que vi al llegar me heló la sangre.

Un edificio de seis pisos se había desplomado con la violencia silenciosa de una implosión, como si alguien hubiera apagado su estructura desde adentro. Frente a mí se levantaba una montaña de concreto retorcido y columnas partidas como huesos expuestos.
El polvo aún flotaba en el aire, espeso, negándose a revelar la magnitud del horror. Bajo esa masa enorme de escombros convivían dos fuerzas opuestas: la muerte que ya se intuía y una esperanza frágil que se resistía a morir.
El Edificio Portal de Blas de Lezo II se había convertido en una tumba abierta. Había gritos, angustia y una desesperación que se podía tocar. Los vecinos ya murmuraban lo que los informes oficiales tardarían días en confirmar: la mayoría de los trabajadores eran venezolanos. Hombres que cruzaron la frontera huyendo del hambre para terminar atrapados en una obra sin contratos, sin seguros, sin derechos. Eran fantasmas en una nómina que nadie quería reconocer.
Entre el polvo y los milagros
En medio del caos, la información era un rompecabezas de dolor. Mi colega y amigo Carlos Rivera Ruiz fue de los primeros en llegar. Roberto Cassiani, el hombre de los deportes, narraba ahora la realidad más triste de su carrera: no era un partido, era el conteo de los que ya no respiraban. Ese día conoció el otro lado de la noticia cruda y lo que era un Puesto de Mando Unificado (PMU).
“Para mí, el impacto fue brutal. Yo venía del periodismo deportivo, acostumbrado a los estadios, a narrar goles, celebraciones y emociones que terminaban en aplausos. Nunca había estado frente a una tragedia de esa magnitud, donde el silencio y los gritos se mezclaban en un mismo escenario.
Recordé entonces lo que alguna vez dijo un periodista veterano: que el periodista deportivo es un profesional polifacético, capaz de cubrir cualquier información sin quedarse paralizado. Ese día entendí el verdadero significado de esas palabras. Sin preparación para enfrentar una tragedia, me lancé a describir lo que veía, improvisando cada detalle, tratando de convertir el caos en información útil para quienes escuchaban”, recuerda hoy Roberto.

Debajo de esa montaña de escombros, el tiempo se detuvo. Los familiares se agolpaban tras las cintas amarillas de “Peligro”, con rostros que eran una mezcla brutal de fe y terror. Cada vez que salía una camilla, se hacía un silencio sepulcral. Vimos cuerpos sin vida, pero también presenciamos milagros que nos devolvían el aliento.
Al caer la noche, la oscuridad no trajo alivio, solo más angustia. Los reflectores iluminaron el desastre como una escena congelada en el tiempo. Llegaron los perros rescatistas; verlos olfatear entre las grietas, buscando señales de vida en medio de aquel silencio brutal, es algo que todavía me persigue en sueños.
Hay un recuerdo, sin embargo, que no se borra: el rostro de una mujer embarazada. Su esposo llevaba apenas tres días trabajando en la obra. Tres días. Lo contrataron de palabra, sin ARL, sin garantías. Cuando finalmente hallaron su cuerpo, el silencio fue absoluto. En ese vientre, la vida seguía, pero el futuro se había quedado bajo el concreto.
- La caída de la ética
Con el paso de los días, la verdad emergió tan cruda como el desplome. El edificio fue levantado en cuatro meses: una velocidad criminal. Los planos decían cuatro pisos; ellos construyeron seis y un semisótano. Más peso,
más codicia, más negligencia.
La estructura no colapsó solo por el concreto; colapsó por decisiones irresponsables. El nombre de Wilfran Quiroz empezó a repetirse, y con él, la revelación de un sistema podrido: los llamados Hermanos Quiroz habían levantado al menos 16 edificios iguales sin licencias y sin verdaderos controles. Ese día entendimos que el edificio no se cayó; lo dejaron caer.

- Nueve años después: el deber de recordar
Hoy, 27 de abril de 2026, la ciudad sigue marcada por esa cicatriz de cemento. Algunos de esos edificios siguen en pie, habitados por necesidad o vacíos por miedo. Pero todos guardan la memoria de 22 fallecidos y 21 heridos.
Nueve años después, el polvo sigue cayendo, pero ahora sobre expedientes judiciales. Las familias buscan justicia: una declaración de responsabilidad institucional que confirme que el colapso fue ético y político antes que estructural.
Como periodista que estuve allí, que respiré ese polvo y narré cada rescate con el nudo en la garganta, entiendo que mi labor no terminó cuando se apagó el micrófono porque el periodismo no solo informa, el periodismo recuerda. Porque olvidar sería permitir que otro edificio se construya sobre la misma negligencia.

Con el correr de los días entendimos que aquel edificio no cayó únicamente por fallas estructurales. Se desplomó porque, mucho antes de que cedieran las columnas, ya se había fracturado la ética del control urbanístico en Cartagena, vendida al mejor postor entre permisos dudosos y silencios convenientes. La muerte de los 22 obreros no fue un accidente ni un hecho aislado: fue la consecuencia directa de una ciudad que, durante demasiado tiempo, decidió mirar hacia otro lado mientras el peligro crecía piso sobre piso.
Desde entonces, cada año, las víctimas del colapso del Blas de Lezo II regresan al mismo punto donde la obra de seis pisos —que nunca tuvo licencia de construcción— se convirtió en tumba. Allí se reúnen para nombrar, uno a uno, a los 22 hombres que quedaron atrapados bajo los escombros, como una forma de impedir que el tiempo borre sus rostros y sus historias. Porque mientras sus familias sigan regresando a ese lugar, la tragedia no será solo un recuerdo: será un recordatorio permanente de que la memoria también es una forma de justicia cuando la verdad se niega a caer en el olvido.

Nada anunciaba el desastre. Hasta que mi celular vibró con una insistencia violenta. Era Roberto Cassiani, periodista deportivo. Su voz no era la de siempre; estaba rota. —¡Jota, se cayó un edificio en Blas de Lezo!


