El estruendo de los explosivos ha reemplazado el sonido de la tranquilidad en muchas regiones del país, y el temor se ha instalado en los corazones de miles de familias que hoy no saben si el camino que recorren será seguro o si, en cualquier momento, podrían convertirse en víctimas de una violencia que parece no tener límites. En medio de esta realidad, el alma cristiana no puede permanecer indiferente.
La Escritura nos advirtió que estos tiempos llegarían. En el Evangelio según San Mateo 24:6 se lee: “Y oiréis de guerras y rumores de guerras; mirad que no os turbéis, porque es necesario que todo esto acontezca; pero aún no es el fin.”
Estas palabras, pronunciadas hace siglos, hoy resuenan con una fuerza inquietante sobre nuestra realidad nacional. No es solo el ruido de las bombas lo que escuchamos; es el eco de una humanidad que, poco a poco, se ha apartado de Dios.
Cuando la violencia se desborda y la injusticia parece imponerse, surge una pregunta inevitable: ¿dónde está Dios en medio de todo esto? La respuesta, aunque sencilla, exige fe profunda: Dios no se ha ido. Dios sigue presente. Pero también respeta la libertad del hombre, incluso cuando esa libertad es usada para el mal.
El libro de Isaías 59:2 nos confronta con una verdad incómoda: “Pero vuestras iniquidades han hecho división entre vosotros y vuestro Dios, y vuestros pecados han hecho ocultar de vosotros su rostro para no oír.”
No se trata únicamente de señalar a quienes empuñan las armas o siembran el terror. Se trata también de una reflexión profunda como nación. ¿En qué momento permitimos que la violencia, el odio y la indiferencia echaran raíces tan profundas en nuestra sociedad?
Hoy Colombia necesita, más que nunca, volver sus ojos al cielo. No como un gesto simbólico ni como una tradición vacía, sino como un clamor sincero desde lo más profundo del alma colectiva.
La Biblia nos ofrece una promesa poderosa en 2 Crónicas 7:14: “Si se humillare mi pueblo, sobre el cual mi nombre es invocado, y oraren, y buscaren mi rostro, y se convirtieren de sus malos caminos; entonces yo oiré desde los cielos, y perdonaré sus pecados, y sanaré su tierra.”
Sanar la tierra. Esa es la necesidad urgente de nuestro país.
No podemos ignorar el dolor de las víctimas ni la angustia de quienes hoy sienten que la violencia avanza más rápido que las respuestas institucionales. Tampoco podemos permanecer en silencio ante la ausencia de liderazgos claros en momentos donde la nación exige firmeza, dirección y palabra responsable. Pero más allá de lo humano, existe una dimensión espiritual que no podemos descuidar. Colombia no solo enfrenta una crisis de seguridad; enfrenta también una crisis del alma.
El Salmo 46:1 nos recuerda: “Dios es nuestro amparo y fortaleza, nuestro pronto auxilio en las tribulaciones.”
En medio del caos, esta verdad debe sostenernos. No como un consuelo pasivo, sino como un llamado a la esperanza activa. Porque la fe no es resignación: la fe es resistencia espiritual.
Hoy el llamado es claro: orar por Colombia.
Orar por sus gobernantes, incluso por aquellos con quienes no estamos de acuerdo.
Orar por la Fuerza Pública que arriesga su vida cada día.
Orar por las víctimas, por las familias en duelo, por los territorios olvidados.
Orar incluso por aquellos que han escogido el camino del mal, para que Dios toque sus corazones y los aparte de la violencia.
Romanos 12:21 nos deja una enseñanza que parece difícil en tiempos como estos, pero que es profundamente necesaria: “No seas vencido de lo malo, sino vence con el bien el mal.”
Responder al odio con más odio solo prolonga el ciclo de destrucción. La justicia debe existir, sí, pero sin perder el alma en el intento. Colombia no está perdida. Pero necesita volver a Dios.
Que cada hogar se convierta en un altar.
Que cada colombiano eleve una oración.
Que el clamor de un pueblo unido en fe sea más fuerte que el estruendo de la guerra.
Porque cuando todo parece derrumbarse, es cuando más firme debe ser nuestra fe.
Y hoy, más que nunca, esta nación necesita creer.
“La oración no cambia a Dios, pero cambia a quien ora.” — Søren Kierkegaard



