En Bojayá, zona de Chocó, el tiempo no pasa igual. Hay días que no avanzan, que se quedan suspendidos como el humo que aquella tarde cubrió el cielo. Han pasado 24 años desde la Masacre de Bojayá, pero hay dolores que no entienden de calendarios, que no obedecen a aniversarios ni a discursos. Hay dolores que simplemente se quedan.
El 2 de mayo de 2002 no terminó. Sigue ocurriendo, una y otra vez, en la memoria de quienes sobrevivieron, en el silencio de quienes se fueron, en las paredes de una iglesia que ya no protege, que ya no consuela. Allí, donde más de 300 personas buscaron refugio, cayó la muerte sin aviso, sin compasión, sin posibilidad de escape. Un cilindro bomba rompió no solo el espacio, sino el sentido mismo de humanidad.
Más de cien vidas quedaron atrapadas en ese instante. Niños que no alcanzaron a entender el miedo, madres que no pudieron proteger, ancianos que murieron aferrados a la fe. No hubo tiempo para despedidas. Solo quedó el estruendo. Y después, el silencio. Ese silencio espeso que llega cuando ya no queda nada que decir.
Desde entonces, Bojayá aprendió a vivir con ausencias. Las casas se reconstruyeron. Las calles volvieron a llenarse. La vida, terca, siguió su curso. Pero hay cosas que no regresan: las voces, las risas, los nombres que ahora solo existen en la memoria. Y en medio de esa reconstrucción, la comunidad ha hecho algo que parece imposible: resistir sin dejar de recordar.
Porque en Bojayá el perdón no fue un acto de olvido, sino de cansancio. Cansancio de la guerra, de la muerte, de esperar justicia y mientras las víctimas han tenido que aprender a convivir con el vacío, el país ha seguido adelante con una rapidez que a veces duele. Algunos de los responsables han cambiado de escenario, de lenguaje, de vida. Las armas quedaron atrás, pero no siempre la verdad. La selva fue reemplazada por la política, pero las preguntas siguen intactas. ¿Qué se hace con un dolor que no ha sido reparado?
Colombia ha intentado responder a través de procesos como la Jurisdicción Especial para la Paz, un mecanismo que promete verdad y reconciliación. Pero en Bojayá, la palabra “justicia” aún suena lejana, incompleta, insuficiente. Porque no basta con reconocer: hay heridas que exigen algo más que relatos.
La resignación ha empezado a parecerse peligrosamente a la normalidad y eso es lo que más pesa. No solo lo que ocurrió, sino lo que vino después: la lentitud, las verdades a medias, la sensación de que el país aprendió a convivir con la impunidad como si fuera parte del paisaje. Como si el horror pudiera archivarse, como si el tiempo tuviera la capacidad de absolver.
Pero en Bojayá no hay olvido posible. Cada aniversario no es una conmemoración: es una repetición. Es volver a nombrar a los muertos para que no desaparezcan del todo. Es insistir, aun cuando nadie escucha igual. Es sostener la memoria como un acto de dignidad, aunque duela, aunque canse, aunque no cambie nada.
Porque hay algo más fuerte que la resignación: la necesidad de no dejar que todo haya sido en vano. Bojayá no grita. Ya no tiene fuerzas para gritar. Bojayá susurra y en ese susurro hay una verdad incómoda: que el país aún no ha estado a la altura de su dolor. Veinticuatro años después, la herida sigue abierta, no sangra como antes pero tampoco cicatriza y quizás eso es lo más duro de aceptar que en Colombia, a veces, el olvido no llega pero la justicia tampoco.




