La salud prostática en Colombia enfrenta una crisis silenciosa impulsada por el tabú y el miedo. Las cifras son contundentes: 1 de cada 8 hombres será diagnosticado con cáncer de próstata en su vida, siendo este el tumor más común en el país y el tercero más letal. El panorama empeora porque el 50 % de los casos se descubre cuando ya está avanzado.
A esto se suma la hiperplasia prostática benigna (HPB), un agrandamiento no cancerígeno que afecta a la mitad de los hombres en su madurez, alterando su día a día con severos problemas urinarios. Más allá de las alarmantes estadísticas, el verdadero desafío está en romper el silencio antes de que la enfermedad apague la salud y la vida íntima.
Existe un miedo generalizado a que los tratamientos «arruinen» la masculinidad, pero la realidad es que la desinformación es el peor enemigo del placer. Los problemas de próstata alteran la función sexual de dos formas: por los síntomas de la enfermedad misma o como efecto secundario de los tratamientos.
Por un lado, los síntomas obstructivos de la HPB (como la necesidad urgente de ir al baño, orinar a mitad de la noche o sufrir escapes de orina) generan fatiga, ansiedad y una carga psicológica que, inevitablemente, desploma el deseo sexual.
Por otro lado, están los tratamientos médicos. En el caso del cáncer, intervenciones como la cirugía radical (retirar toda la próstata), la radioterapia y la terapia hormonal pueden dañar los delicados nervios y vasos sanguíneos responsables de la erección. La gravedad de la disfunción eréctil dependerá de qué tan extendido estaba el tumor y del tipo de intervención.
Es vital aclarar que, en el caso del agrandamiento benigno (HPB), no se extrae toda la próstata, sino que se utilizan técnicas mucho más conservadoras. En el pasado, la clásica resección transuretral de próstata (RTUP) podía generar lesiones térmicas por el calor empleado, afectando la erección. Sin embargo, la ciencia ha avanzado: las tecnologías actuales utilizan energías más precisas que han demostrado preservar mucho mejor la función eréctil.
Lo que sí debes saber es que, independientemente de la técnica utilizada para la HPB y del uso de algunos medicamentos, suele presentarse una secuela común: la disminución o ausencia de eyaculación. Es completamente inofensiva para la salud, pero el paciente debe conocerla para no alarmarse.
En la consulta de sexología es dolorosamente común escuchar a hombres arrepentidos tras haberse operado para mejorar sus síntomas urinarios: «Si hubiera sabido que perdería mi capacidad sexual, no me opero».
Este sufrimiento nace de la falta de comunicación previa. La enfermedad prostática no tratada destruye la calidad de vida e incluso puede causar la muerte; por ende, operarse suele ser necesario. El gran secreto es que el impacto en la sexualidad puede prevenirse y tratarse incluso antes de la cirugía. Hoy existen múltiples alternativas de rehabilitación y tratamientos médicos eficaces para recuperar la actividad sexual, como los inhibidores de la fosfodiesterasa tipo 5 (medicamentos como el sildenafilo o el tadalafilo), las inyecciones intracavernosas o los dispositivos de vacío.
- Hay un camino de regreso a la erección.
La intimidad en la madurez tiene beneficios físicos y mentales incalculables. Está demostrado que el encuentro erótico, incluso el no penetrativo (besos, caricias o cercanía física), libera endorfinas que reducen el dolor y aumentan el bienestar emocional, fortaleciendo además el vínculo de pareja.
Asimismo, urge derribar un mito histórico: la eyaculación y el orgasmo no son lo mismo. Separar estos dos conceptos quita un peso enorme de encima. Aunque no haya emisión de semen tras una cirugía, la sensación de placer orgásmico permanece intacta, porque el órgano sexual más importante no está entre las piernas: está en el cerebro.
Para evitar la frustración del paciente, los profesionales de la salud tenemos la obligación de abordar la sexualidad sin rodeos. Es indispensable realizar una evaluación de la función sexual del paciente en el periodo previo a la cirugía.
Comprender el contexto cultural y los temores del paciente respecto a su masculinidad permite blindarlo emocionalmente y establecer expectativas reales frente al postoperatorio. El desconocimiento de estos miedos es, casi siempre, la principal razón de insatisfacción después de una cirugía exitosa. Cuidar la próstata es vital, pero cuidar el derecho al placer también lo es.

