Por momentos, una conversación periodística puede perder fuerza no por la calidad de las preguntas ni por la importancia del invitado, sino por la manera en que el entrevistador decide dirigirse a él.
Hace unos días observaba un programa de entrevistas en el que dos médicos conversaban sobre un tema de enorme interés para la salud pública. El contenido era valioso, los argumentos estaban bien sustentados y el conocimiento de ambos era evidente. Sin embargo, hubo un detalle que terminó llamando más mi atención que las propias respuestas: el entrevistador tuteaba permanentemente a su invitado.
No se trataba de una conversación privada ni de un podcast entre amigos. Era un espacio de divulgación dirigido al público, donde el entrevistado intervenía como especialista y autoridad en la materia. Paradójicamente, el exceso de familiaridad terminó restándole solemnidad a una charla que, por su naturaleza, exigía transmitir rigor, respeto y credibilidad.
Puede parecer un asunto menor. Después de todo, el español permite tanto el «tú» como el «usted» y ninguna de las dos formas es incorrecta por sí misma. Sin embargo, en comunicación, las formas también comunican. El lenguaje no solo transmite información; también proyecta actitudes, jerarquías, cercanía e incluso la percepción de independencia entre quienes participan en un diálogo.
Durante décadas, el periodismo encontró en el tratamiento de «usted» una fórmula sencilla para preservar la distancia profesional con las fuentes. No era una barrera, sino un mecanismo de equilibrio. El periodista no entrevistaba a un amigo, sino a una persona que comparecía ante la opinión pública para explicar decisiones, compartir conocimientos o responder preguntas de interés general.
Hoy los formatos han cambiado. Los podcasts, las redes sociales y las plataformas digitales han acercado el lenguaje al de las conversaciones cotidianas. Esa transformación tiene aspectos positivos: hace las entrevistas más naturales y conecta mejor con ciertas audiencias. Pero también entraña un riesgo cuando la búsqueda de cercanía termina diluyendo el carácter institucional o académico del espacio.
No todas las entrevistas son iguales. Una conversación con un cantante, un actor o un creador de contenido puede desarrollarse perfectamente en un tono informal. En cambio, cuando quien habla es un médico explicando una enfermedad, un magistrado interpretando una sentencia, un científico presentando una investigación o un comandante informando sobre la seguridad de una región, el tratamiento adquiere otra dimensión. El entrevistado no habla únicamente como individuo; representa un conocimiento, una institución o una responsabilidad pública.
El caso de las entrevistas entre médicos resulta especialmente ilustrativo. Es normal que dos colegas, acostumbrados a trabajar juntos o a compartir escenarios académicos, se tuteen en el ámbito privado. Pero cuando esa conversación se traslada a un medio de comunicación, ya no dialogan solo entre ellos. Existe un tercer protagonista: la audiencia. Y esa audiencia espera recibir información con el mayor grado posible de profesionalismo.
El respeto no se expresa únicamente mediante el contenido de las preguntas. También se manifiesta en el lenguaje, en el tono y en las formas. Comenzar una entrevista utilizando el «usted» no implica frialdad ni distancia emocional. Significa reconocer el papel institucional del entrevistado y preservar el carácter periodístico del encuentro. Si la conversación evoluciona hacia un ambiente más cercano o el propio invitado propone el tuteo, el cambio puede producirse con absoluta naturalidad.
En ocasiones se confunde la informalidad con autenticidad. Se cree que tutear hace la entrevista más humana o más amena. No siempre ocurre así. Muchas veces sucede exactamente lo contrario: la excesiva confianza termina restando autoridad al diálogo y hace que el espectador perciba la conversación como un intercambio entre conocidos, en lugar de un ejercicio periodístico pensado para informar.
Quizá por eso aquella entrevista que observé me dejó una sensación extraña. No era un problema de contenido. Tampoco de preparación. Era una cuestión de formas. Y en periodismo, las formas importan.
La credibilidad de un medio no depende únicamente de investigar bien o formular preguntas incisivas. También se construye a partir de pequeños detalles que reflejan respeto por la fuente y por quienes están al otro lado de la pantalla.
Porque una buena entrevista no necesita parecer una conversación entre amigos para resultar cercana. Necesita, sobre todo, que el entrevistado sea escuchado con atención, tratado con respeto y que el público sienta que está frente a un diálogo serio, donde la confianza nunca sustituye al profesionalismo. Ese equilibrio, tan sencillo como difícil de lograr, sigue siendo una de las mejores virtudes del buen periodismo.

