La política tiene una regla no escrita: antes de disparar, hay que estar seguro de no dejar el flanco descubierto. El pasado 20 de julio, durante la instalación del nuevo período legislativo, el entonces presidente del Congreso, Lidio García Turbay, decidió convertir un acto institucional en un escenario de confrontación con el presidente Gustavo Petro. El resultado, para muchos observadores, fue exactamente el contrario al que parecía buscar.
La instalación del Congreso es uno de los actos más solemnes de la democracia colombiana. Es el momento en el que las instituciones envían un mensaje de estabilidad, equilibrio entre poderes y respeto por las diferencias. Sin embargo, el discurso de despedida de García Turbay tomó un rumbo distinto cuando decidió cuestionar al jefe de Estado por, según él, «hacer denuncias sin pruebas».
No fue un comentario improvisado. Fue una afirmación política lanzada frente al propio presidente de la República y ante todo el país.
Pero si existe un terreno donde Gustavo Petro se siente cómodo es precisamente el de las denuncias públicas. Su carrera política no comenzó en la Casa de Nariño; se construyó durante años en el Congreso, donde protagonizó algunos de los debates de control político más recordados de las últimas décadas. La respuesta llegó de inmediato.
Petro recordó que muchas de las denuncias que realizó como congresista terminaron sustentando investigaciones que condujeron a procesos judiciales contra dirigentes vinculados con el paramilitarismo y la llamada parapolítica. No necesitó elevar el tono. Le bastó con acudir a un episodio ampliamente conocido de su trayectoria para desmontar el señalamiento. En ese instante cambió el libreto.
Quien pretendía poner contra las cuerdas al Presidente terminó dándole la oportunidad de reivindicar uno de los capítulos más fuertes de su carrera política.
En política, no basta con lanzar frases de impacto. Hay que medir el escenario, conocer al adversario y calcular las consecuencias. Petro podrá despertar profundas diferencias ideológicas, pero resulta difícil desconocer que posee una enorme capacidad para responder en debates públicos. Entrar en una confrontación directa sobre su historial como denunciante era, quizás, uno de los peores terrenos para intentar desacreditarlo.
El episodio también deja otra reflexión sobre el papel que deben desempeñar quienes presiden el Congreso. Esa dignidad institucional exige actuar con prudencia y preservar el carácter republicano de la ceremonia. Cuando el discurso institucional se convierte en una tribuna para ajustes de cuentas políticos, el protagonismo termina desplazando el verdadero sentido del acto.
Lidio García Turbay, además, no es un dirigente ajeno al escrutinio público. Como cualquier figura con una larga trayectoria política, ha enfrentado cuestionamientos y controversias que forman parte del debate nacional. Precisamente por ello, cualquier acusación contra un adversario exige un alto nivel de solidez argumentativa.
Las palabras en política nunca son inocentes. El intercambio del 20 de julio dejó una imagen difícil de ignorar: un presidente del Congreso que intentó deslegitimar al jefe del Estado y un mandatario que respondió utilizando uno de los activos políticos que mejor conoce: su pasado como congresista de oposición.
La historia demuestra que en política las victorias no siempre dependen de quién habla primero, sino de quién responde mejor y esta vez, guste o no guste el estilo de Gustavo Petro, fue él quien terminó imponiendo el relato del momento. Porque hay debates que no se ganan con aplausos, sino con memoria. Y cuando la memoria entra al recinto, la improvisación suele pagar un alto costo.



