Hay días en los que Colombia despierta con una noticia y hay otros en los que despierta con una advertencia. Esta mañana, a las 7:34, no fue un político, ni un gobierno, ni una crisis económica quien puso al país en alerta. Fue la tierra. Un fuerte movimiento telúrico, con epicentro en San José del Palmar, Chocó, y una magnitud de 7,4, sacudió buena parte del territorio nacional.
El movimiento fue sentido en ciudades como Manizales, Bogotá, Cali, Barranquilla, Cartagena y Bucaramanga, provocando evacuaciones, miedo y una pregunta que, más allá del susto de los primeros minutos, debería convertirse hoy en una discusión nacional: ¿está realmente preparado Colombia para enfrentar un terremoto de grandes proporciones?
Porque el problema no es solamente que la tierra tiemble. El verdadero problema comienza cuando descubrimos que nosotros no estábamos preparados. Durante unos segundos, miles de colombianos abandonaron oficinas, viviendas y edificios. Algunos salieron con sus hijos, otros cargaron a sus mascotas y muchos bajaron escaleras a toda velocidad, mientras otros permanecieron paralizados por el miedo intentando entender qué estaba ocurriendo. En esos segundos desaparecieron las diferencias entre el ejecutivo y el obrero, entre el empresario y el vendedor ambulante, entre el funcionario y el ciudadano común, entre el poderoso y el humilde. Cuando tiembla la tierra, todos somos vulnerables.
Pero mientras las imágenes de las evacuaciones comienzan a multiplicarse en las redes sociales, el país no puede quedarse únicamente con el susto. Hay que mirar mucho más allá, porque mientras Bogotá, Cali, Manizales, Barranquilla, Cartagena y otras ciudades sintieron el estremecimiento, el epicentro estuvo en el Chocó, y allí la pregunta adquiere otra dimensión. Estamos hablando de un territorio extraordinario en riqueza natural y humana, pero también marcado históricamente por profundas dificultades de infraestructura, conectividad y presencia efectiva del Estado. Un territorio donde las distancias, las condiciones geográficas y la precariedad de algunas vías pueden convertir una emergencia en una tragedia de enormes proporciones.
San José del Palmar, además, no es un lugar ajeno a las amenazas naturales. Existen antecedentes y estudios que han advertido sobre riesgos relacionados con movimientos en masa y deslizamientos. Entonces la pregunta vuelve a aparecer, incómoda pero inevitable: ¿cuánto hemos hecho para prevenir lo que sabemos que puede ocurrir?
Porque Colombia tiene instituciones, organismos de socorro, sistemas de monitoreo y protocolos. Tiene estudios de riesgo y funcionarios encargados de la gestión del riesgo. Pero tener documentos, protocolos y planes no significa necesariamente estar preparados. La verdadera prueba llega cuando se va la luz, cuando se cae una carretera, cuando falla una comunicación, cuando un hospital queda parcialmente afectado y cuando cientos o miles de personas necesitan ayuda al mismo tiempo. La naturaleza no concede plazos, no espera una reunión de gabinete, no necesita autorización, no consulta presupuestos y no pregunta quién gobierna. La tierra simplemente se mueve y, cuando lo hace, pone a prueba todo lo demás.
Por eso, este terremoto no debería convertirse solamente en una noticia de un día. Debería convertirse en una pregunta incómoda para todos los gobiernos: ¿cuántas de nuestras ciudades están realmente preparadas para un gran terremoto? ¿Cuántos hospitales podrían continuar funcionando? ¿Cuántas escuelas podrían ser evacuadas correctamente? ¿Cuántas viviendas cumplen las condiciones necesarias? ¿Cuántos puentes resistirían? ¿Cuántas vías permanecerían transitables? ¿Cuántas comunidades rurales podrían recibir ayuda rápidamente? ¿Cuánto tardaría en restablecerse el servicio de agua potable? ¿Tenemos suficientes equipos de rescate, ambulancias y albergues? ¿Tenemos comunicaciones alternativas si colapsan las redes? Y, sobre todo, ¿cuántos colombianos saben qué hacer cuando vuelva a temblar?
Porque sí, puede volver a temblar. Esa posibilidad no puede seguir siendo tratada como una eventualidad remota que solamente recordamos cuando sentimos el primer movimiento. Colombia tiene una peligrosa costumbre: reaccionar con intensidad después de la tragedia y olvidar con rapidez cuando desaparece de los titulares. Nos indignamos, prometemos, investigamos, anunciamos y después seguimos adelante como si nada hubiera ocurrido. Ese ciclo tiene que terminar.
La prevención no puede ser una fotografía de una rueda de prensa, una carpeta archivada en una oficina ni un discurso pronunciado después de una tragedia. La prevención tiene que estar en las obras, en las escuelas, en los hospitales, en las viviendas, en las carreteras y en la cultura ciudadana. Porque hay una verdad que Colombia debe asumir de una vez por todas: un terremoto puede ser inevitable, pero una catástrofe de grandes proporciones, muchas veces, no. La diferencia puede estar en una construcción segura, en un hospital preparado, en una carretera que resista, en una comunidad entrenada, en una alerta que funcione, en un sistema de comunicaciones alternativo y en un Estado que haya hecho su tarea antes, y no después.
También hay una batalla que debemos librar en las redes sociales. Cada terremoto trae consigo una segunda sacudida: la de la desinformación. Videos antiguos, fotografías de otros países, audios sin verificar, supuestas cifras de muertos, supuestos edificios colapsados y supuestas órdenes de evacuación comienzan a circular a una velocidad mucho mayor que la información oficial. Hay que decirlo sin rodeos: la desinformación también puede matar. Una persona que abandona un sitio seguro por seguir un rumor puede ponerse en peligro; una familia que recibe una cifra falsa puede entrar en pánico y una comunidad que recibe instrucciones equivocadas puede tomar decisiones fatales. En una emergencia, informar es una responsabilidad, pero no desinformar también lo es.
Hay otra dimensión que tampoco podemos ignorar. Los terremotos no solamente destruyen estructuras; también rompen la sensación de seguridad de las personas. Los niños sienten miedo, los adultos mayores pueden tener dificultades para evacuar, las personas que viven solas pueden quedar expuestas, las familias entran en angustia y nuestros animales de compañía también sufren. Por eso, la emergencia no puede medirse únicamente en edificios averiados, kilómetros de carretera afectados o viviendas destruidas. También debe medirse en el sufrimiento de quienes necesitan protección, información, atención y acompañamiento.
Colombia ya conoce el precio de los terremotos y nuestra memoria debería ser suficiente. Sabemos que después del primer movimiento pueden llegar réplicas, que existen daños estructurales que no se ven a simple vista, que un deslizamiento puede bloquear una carretera y que una comunidad aislada puede tardar horas o días en recibir ayuda. Por eso hay que entender algo fundamental: cuando la tierra deja de moverse, la emergencia no necesariamente termina. En ocasiones, apenas comienza.
Es entonces cuando empieza la búsqueda, la evaluación, la atención de los heridos, la recuperación de las comunicaciones, el restablecimiento de los servicios públicos, la identificación de las comunidades aisladas y la protección de los damnificados. Y allí, precisamente allí, se mide la verdadera capacidad de un Estado. No en la cantidad de comunicados, sino en la velocidad con que llega la ayuda. No en las declaraciones, sino en las vidas que logra proteger. No en las promesas de prevención, sino en las obras que se hicieron antes de que ocurriera la tragedia.
Hoy Colombia tiene que mirar hacia el Chocó, pero no para mirarlo con lástima. Tiene que mirarlo con responsabilidad, porque la vulnerabilidad de una región también es una responsabilidad nacional. No podemos seguir construyendo un país donde la capacidad de sobrevivir a un desastre dependa del lugar donde nació una persona. No podemos aceptar que una comunidad rural tenga que esperar horas, días o semanas por una ayuda que en una gran ciudad llegaría en minutos. No podemos permitir que la pobreza, el aislamiento geográfico o la precariedad de la infraestructura conviertan un fenómeno natural en una condena.
Porque la naturaleza no tiene ideología, pero la vulnerabilidad sí puede tener causas políticas, económicas e institucionales. Y ahí está la discusión que realmente importa. La tierra no distingue entre ricos y pobres, no distingue entre gobernantes y gobernados, no distingue entre quienes tienen poder y quienes apenas tienen lo necesario para sobrevivir. Cuando tiembla, todos somos iguales. Pero después del terremoto, las desigualdades vuelven a aparecer. Algunos tienen viviendas resistentes y otros no. Algunos tienen acceso inmediato a hospitales y otros viven a horas de distancia. Algunos pueden evacuar y otros dependen de una carretera que puede quedar destruida. Algunos pueden recibir información en segundos y otros pueden quedar incomunicados. Por eso, prevenir también es combatir la desigualdad.
Esta mañana la tierra nos recordó nuestra fragilidad. Ahora corresponde al Estado demostrar su fortaleza y a la sociedad demostrar su madurez. Que nadie convierta el miedo en pánico, que nadie convierta una emergencia en espectáculo y que nadie convierta las redes sociales en una fábrica de rumores. Pero, sobre todo, que nadie vuelva a olvidar esta sacudida cuando llegue la calma.
Porque Colombia tiene una oportunidad. Puede limitarse a respirar aliviada porque esta vez el daño no fue mayor o puede preguntarse qué habría ocurrido si el epicentro hubiera coincidido con una gran ciudad, si los daños estructurales hubieran sido mayores, si los hospitales hubieran quedado comprometidos o si varias regiones hubieran quedado simultáneamente incomunicadas.
La pregunta no es si volverá a temblar. La pregunta es qué tan preparados estaremos cuando ocurra. Porque la tierra no avisa, la naturaleza no negocia y la tragedia no pide permiso. La tierra habló esta mañana y nos recordó que el poder humano tiene límites, que la riqueza no garantiza seguridad, que ningún cargo público protege de un terremoto y que, debajo de nuestras ciudades, nuestras carreteras, nuestras casas y nuestras certezas, existe una fuerza que no controlamos.
Ahora nos corresponde decidir qué hacemos con esa advertencia. Podemos olvidarla cuando pase el miedo o podemos convertirla en prevención. Porque si esperamos a que vuelva a temblar para prepararnos, ya será demasiado tarde.



