Mientras Manizales intenta levantarse tras el terremoto, periodistas y equipos de medios afrontan la emergencia desde el otro lado de la noticia: también tienen miedo, familias afectadas y heridas que sanar.
Durante tres días, la capital caldense ha intentado recuperar el aliento. En las calles todavía quedan señales de una ciudad golpeada: edificios que deben ser revisados, viviendas que muestran las huellas del miedo, calles intervenidas y familias intentando entender qué vendrá después.
En medio de ese escenario aparecieron, como siempre ocurre cuando la realidad se rompe, los periodistas. Llegaron con cámaras, grabadoras, teléfonos, libretas y transmisiones en directo. Subieron a los lugares donde otros procuraban salir. Entraron a zonas donde había que medir cada paso. Buscaron testimonios, verificaron información y llevaron a miles de hogares imágenes de una ciudad que, durante horas, parecía no reconocerse a sí misma.
Pero existe una historia que casi nunca aparece en las transmisiones. La historia del periodista que también está asustado. Porque el reportero que pregunta por los daños de una vivienda puede tener una grieta en la suya. El fotógrafo que registra a una familia buscando sus pertenencias quizá todavía no sabe cómo quedó su propio hogar. El camarógrafo que enfoca una pared destruida puede estar pensando en sus padres, sus hijos o sus hermanos y mientras transmite, trabaja.
No hay pausa para procesar lo ocurrido. No siempre existe tiempo para sentarse, respirar y preguntarse cómo está uno mismo. La noticia sigue avanzando y el periodista debe seguir detrás de ella.
En una emergencia, la información adquiere un valor extraordinario. Una noticia puede advertir sobre una vía cerrada, ayudar a localizar a una persona, orientar a una familia o desmontar un rumor que amenaza con generar pánico. Por eso el periodismo no puede detenerse. Pero tampoco debería exigírsele que quienes lo ejercen sean inmunes al dolor.
Durante una catástrofe se construye, casi sin querer, una imagen equivocada del periodista: el profesional que siempre está disponible, que nunca se quiebra, que puede pasar horas entre escombros, escuchar historias desgarradoras, observar escenas difíciles y regresar inmediatamente al micrófono para continuar como si nada hubiera ocurrido. No es así. El periodista siente miedo. Se angustia. Se preocupa por los suyos. Se cansa. También necesita detenerse.
Hay algo particularmente duro en cubrir una emergencia en la propia ciudad. El periodista local no llega desde otra región, cumple una jornada y se marcha. La tragedia ocurre en su barrio, en su calle, frente a lugares que conoce y junto a personas con las que comparte cotidianamente.
Por eso la distancia profesional tiene límites. Uno puede aprender a separar los hechos de las emociones, pero resulta mucho más difícil hacerlo cuando la noticia ocurre en el mismo territorio donde están la familia, los amigos, los vecinos y la propia historia. Después de cada transmisión queda el silencio.
Y en ese silencio aparecen las preguntas que durante la jornada fueron aplazadas: ¿están bien los míos?, ¿cómo quedó mi casa?, ¿qué pasará mañana?, ¿cuánto tiempo tardará la ciudad en recuperarse? Es entonces cuando la carga emocional puede hacerse más evidente.
Quizá la emergencia también debería enseñarnos esto: quienes cuentan una tragedia no están fuera de ella. El periodista que informa desde la zona afectada también necesita protección. Necesita alimentación, descanso, seguridad, acompañamiento y, cuando sea necesario, atención profesional para procesar experiencias potencialmente traumáticas. No se trata de una concesión ni de un privilegio. Es una condición para ejercer un periodismo responsable.
Un periodista exhausto, emocionalmente desbordado o sometido durante días a situaciones traumáticas también puede verse afectado en su capacidad para verificar, contextualizar y tomar decisiones. Cuidar al periodista significa, en consecuencia, cuidar la calidad de la información que recibe la sociedad.
La reconstrucción de una ciudad no consiste únicamente en levantar paredes, reparar carreteras o recuperar servicios. También implica reconstruir la confianza, recuperar la tranquilidad y acompañar a quienes han quedado emocionalmente afectados. Entre ellos están quienes durante estos días han contado la emergencia.
Periodistas que han dormido poco. Que han trabajado durante horas. Que han recorrido zonas afectadas mientras intentaban mantenerse firmes. Que han escuchado relatos que difícilmente podrán olvidar y que, cuando termine la transmisión, deberán regresar a sus propias preocupaciones.
Por eso esta tragedia deja una tarea adicional para los medios, las instituciones y la sociedad: cuidar a quienes tienen la responsabilidad de informar.
Porque el periodista no es una máquina de producir noticias. Es un ciudadano más. Tiene familia. Tiene miedo. Tiene pérdidas. Tiene límites y quizá una de las imágenes más honestas de estos días no sea la del periodista hablando frente a una cámara, sino la de ese mismo periodista, después de apagarla, tratando de encontrar fuerzas para seguir adelante.
Manizales y todas las zonas afectadas por el terremoto tendrá que levantarse. Sus calles serán reparadas. Sus edificios serán reconstruidos. Sus familias intentarán recuperar la normalidad y quienes contamos historias también tendremos que hacerlo. Porque antes que periodistas, somos seres humanos.



