Hay fechas que no pertenecen solamente al calendario. Hay fechas que se convierten en heridas de la nación, en memoria colectiva y en páginas que ningún colombiano debería permitirse olvidar.
El 30 de agosto de 1996, en la Base Militar de Las Delicias, jurisdicción de Puerto Leguízamo, Putumayo, Colombia conoció una de las jornadas más dolorosas de aquella guerra que durante décadas desangró al país. Cerca de medio millar de integrantes de las entonces FARC atacaron la unidad militar durante horas. El saldo fue estremecedor: decenas de soldados asesinados y heridos, y 60 militares secuestrados, quienes permanecieron en cautiverio durante meses.
Hoy, treinta años después, no se trata simplemente de recordar un combate. Se trata de mirar hacia atrás para comprender cuánto le costó a Colombia llegar hasta aquí.
Las Delicias fue mucho más que una derrota militar. Fue un campanazo histórico que mostró, con toda su crudeza, la dimensión que había alcanzado el conflicto armado interno. Las estructuras guerrilleras habían adquirido una capacidad operacional que les permitía concentrar cientos de hombres, atacar posiciones militares y convertir el secuestro de uniformados en un instrumento de presión política.
Era una Colombia distinta. Una Colombia golpeada por el narcotráfico, el terrorismo, el secuestro, las masacres, los desplazamientos y la presencia de organizaciones armadas ilegales que pretendían disputar territorios y autoridad al Estado.
En aquel momento, muchos jóvenes colombianos vestían el uniforme militar porque habían elegido servir a la patria o porque el deber constitucional los había llevado a las filas. En Las Delicias, esos jóvenes encontraron el rostro más brutal de la guerra. Y allí está, precisamente, la dimensión humana de esta historia.
Detrás de cada soldado había una madre esperando, un padre, una esposa, unos hijos, unos hermanos. Cuando un militar cae en combate, no solamente muere un integrante de la Fuerza Pública: una familia entera aprende a vivir con una ausencia que jamás podrá ser reemplazada.
Por eso, hablar de los héroes de Las Delicias exige solemnidad. No fueron cifras. Fueron hombres. Fueron soldados. Fueron colombianos. Y quienes sobrevivieron tampoco regresaron iguales. El cautiverio dejó profundas marcas físicas y psicológicas. Los sobrevivientes han cargado durante décadas con el recuerdo de aquella tragedia y con las secuelas de los meses de secuestro.
Las Delicias también marcó un punto de inflexión para la institución militar. Aquella etapa de la guerra obligó al Ejército a transformarse, a revisar sus capacidades, su doctrina, su inteligencia, su movilidad y su manera de enfrentar organizaciones armadas que habían pasado de la guerra de guerrillas a operaciones de mayor envergadura. Estudios históricos del propio Ejército han identificado Las Delicias como uno de los grandes reveses militares de la segunda mitad de los años noventa.
Después vendrían Patascoy, El Billar, Miraflores, Mitú y otros episodios que estremecieron al país. Colombia estaba atrapada en una espiral de violencia donde la vida humana parecía perder valor. Pero la historia también demuestra que las instituciones aprenden, se transforman y sobreviven.
El Ejército de hoy no es el mismo Ejército de 1996. Detrás de sus capacidades actuales existen décadas de sacrificios, errores corregidos, aprendizajes y, sobre todo, sangre derramada por hombres y mujeres que cumplieron su deber en los momentos más difíciles de la República.
Por eso, la memoria de Las Delicias no debe utilizarse para alimentar odios ni para reabrir heridas con propósitos políticos. Debe servir para comprender.
Comprender que una sociedad que olvida su pasado está condenada a repetirlo. Comprender que la paz no puede significar impunidad para quienes asesinaron, secuestraron y destruyeron vidas. Comprender también que la reconciliación nacional solamente puede construirse cuando existen verdad, memoria, justicia y reconocimiento de las víctimas.
Treinta años después, Las Delicias nos obliga a formular una pregunta incómoda: ¿hemos aprendido realmente las lecciones de aquella guerra?
Cuando todavía existen grupos armados ilegales, cuando continúan los asesinatos de integrantes de la Fuerza Pública, los desplazamientos, las extorsiones y el control territorial de organizaciones criminales, la respuesta no puede ser complaciente. Colombia tiene el deber de defender la democracia y sus instituciones y, en esa tarea, las Fuerzas Militares tienen una misión constitucional que no puede ser relativizada por las coyunturas políticas.
Hoy, cuando las nuevas generaciones conocen la guerra solamente a través de libros, fotografías o documentales, debemos decirles que hubo una época en la que miles de soldados caminaron por las selvas de Colombia sin saber si regresarían a casa.
Las Delicias debe permanecer en la memoria. Por aquellos que murieron. Por aquellos que sobrevivieron. Por sus familias. Por los veteranos que todavía cargan recuerdos que el tiempo no ha podido borrar y por una nación que tiene derecho a vivir en paz, pero que jamás debe olvidar cuánto costó defenderla.
Esta columna termina como debe terminar todo homenaje a nuestros caídos: con silencio, con respeto y con gratitud. Que Dios reciba en su gloria a los héroes de Las Delicias. Que conceda fortaleza a sus familias. Que bendiga a quienes sobrevivieron y que Colombia nunca vuelva a necesitar otra generación de jóvenes para pagar con su sangre el precio de una guerra que la sociedad y sus instituciones tienen el deber de impedir.
Treinta años después, sus nombres siguen vivos. Porque mientras Colombia recuerde a sus héroes, ellos jamás habrán muerto.
