Hay domingos en los que el alma necesita algo más que noticias. Necesita silencio. Necesita detenerse por unos minutos, apartarse del ruido de las redes sociales, de las preocupaciones, de las discusiones políticas, de las dificultades económicas y de tantas incertidumbres que diariamente nos roban la tranquilidad. Hay momentos en los que el corazón simplemente necesita recordar que, por encima de todo lo que ocurre en este mundo, Dios continúa teniendo el control.
Llegamos a este domingo con muchas preguntas. Algunas tienen respuesta; otras, todavía no. Hay familias que celebran, pero también hay hogares que lloran en silencio. Hay quienes agradecen por una nueva oportunidad, mientras otros enfrentan enfermedades, dificultades económicas, pérdidas, conflictos familiares o incertidumbre frente al futuro y es precisamente allí donde aparece la fe.
La fe no significa que no tendremos problemas. La fe significa que, aun en medio de ellos, no caminamos solos. La Palabra de Dios nos recuerda en el Salmo 46:1: “Dios es nuestro amparo y nuestra fuerza, nuestra ayuda segura en momentos de angustia”. Qué poderosa promesa para quienes hoy sienten que las fuerzas comienzan a agotarse.
A veces creemos que Dios está ausente simplemente porque no responde en el momento que nosotros queremos. Pero el silencio de Dios no significa abandono. Muchas veces significa que debemos aprender a esperar. Otras veces significa que está obrando en lugares que nuestros ojos todavía no pueden ver. Dios no llega tarde. Dios llega en el momento perfecto.
Quizás alguien que lee estas líneas necesita escuchar esto hoy: no renuncies. No abandones la esperanza. No tomes una decisión definitiva por causa de una circunstancia temporal. Esa puerta que hoy parece cerrada puede no ser el final del camino.
El profeta Isaías escribió una de las promesas más hermosas de las Escrituras: “Los que esperan en el Señor renovarán sus fuerzas; levantarán alas como las águilas” (Isaías 40:31).
Esperar en Dios no significa quedarse de brazos cruzados. Es continuar caminando aun cuando no vemos claramente el destino. Es seguir haciendo el bien cuando otros han decidido hacer el mal. Es conservar la integridad cuando la corrupción parece premiar al deshonesto. Es perdonar cuando el orgullo pide venganza. Es orar cuando la desesperanza dice que ya no vale la pena. Eso es fe y Colombia necesita fe.
Necesitamos recuperar la capacidad de arrodillarnos antes de señalar. Necesitamos aprender a orar antes de juzgar. Necesitamos volver a mirar al prójimo no como enemigo, sino como ser humano. Necesitamos hogares donde los padres enseñen a sus hijos que el éxito no se mide únicamente por lo que se posee, sino también por la honestidad con la que se vive.
Necesitamos una sociedad que entienda que la seguridad, la justicia y la autoridad son importantes, pero que ninguna transformación será completa si no existe también una transformación del corazón. Porque una nación puede cambiar sus gobernantes, sus leyes y sus instituciones, pero si no cambia el corazón de sus ciudadanos, los problemas simplemente cambiarán de rostro.
Por eso, este domingo también debe ser una oportunidad para orar por Colombia. Por quienes tienen la responsabilidad de gobernar. Por nuestros soldados y policías que cumplen su misión en lugares donde otros no quieren estar. Por las familias que esperan a sus seres queridos. Por los campesinos y ganaderos que trabajan desde el amanecer. Por los jóvenes que buscan oportunidades. Por quienes hoy están privados de la libertad y necesitan una oportunidad para reconstruir sus vidas. Y, especialmente, por quienes atraviesan momentos difíciles y sienten que nadie escucha su clamor. La Biblia nos enseña en Jeremías 33:3: “Clama a mí y yo te responderé”.
Qué hermoso saber que existe un Dios que escucha incluso las oraciones que pronunciamos entre lágrimas. Este domingo, antes de pedirle a Dios que cambie nuestras circunstancias, pidámosle que cambie nuestro corazón. Antes de pedirle que nos dé más, agradezcámosle por lo que ya tenemos. Antes de pedir justicia para otros, revisemos nuestras propias acciones.
Antes de exigir que el mundo sea mejor, preguntémonos qué estamos haciendo nosotros para hacerlo mejor. Y si hemos caído, levantémonos. Si hemos fallado, pidamos perdón. Si hemos sido heridos, aprendamos a perdonar. Si hemos perdido la esperanza, volvamos a mirar hacia el cielo. Porque nuestra historia no termina en el capítulo que estamos viviendo.
Hay capítulos que duelen, pero no son el final. Hay noches largas, pero después de la noche siempre llega el amanecer y cuando nuestras fuerzas no alcancen, recordemos las palabras de Jesús en Mateo 11:28: “Vengan a mí todos ustedes que están cansados y agobiados, y yo les daré descanso”.
Ese es el verdadero descanso que necesita el alma. Por eso, en este domingo, hagamos una pausa. Cerremos por un instante los ojos. Demos gracias. Pidamos perdón. Oremos por nuestros hogares. Oremos por Colombia y entreguemos nuestras preocupaciones a Dios.
Porque quizá no podamos controlar lo que ocurrirá mañana, pero sí podemos decidir en quién depositamos nuestra confianza y yo prefiero confiar en Dios. Porque cuando todo cambia, Él permanece. Cuando los amigos se alejan, Él permanece. Cuando las circunstancias se oscurecen, Él permanece. Cuando parece que no existe salida, Él permanece. Y cuando nuestras fuerzas se terminan, descubrimos que precisamente allí puede comenzar a manifestarse la fuerza de Aquel que nunca nos abandonó.
Que este domingo Dios visite cada hogar, sane cada corazón herido, fortalezca al que está cansado, consuele al que llora y devuelva la esperanza a quien siente que la ha perdido. Que nos dé sabiduría para enfrentar los días que vienen, valentía para hacer lo correcto y humildad para reconocer que no somos autosuficientes. Y que nunca olvidemos esta verdad: Dios sigue en el trono. Por eso podemos respirar. Podemos seguir. Podemos esperar. Podemos creer. Porque donde el ser humano ve un final, Dios todavía puede estar escribiendo un nuevo comienzo. Amén.
