Por estos días escuché a la diputada Diana Arévalo y al diputado Carlos Carrascal referirse a la dura realidad por la que atraviesa el municipio de Sincelejo. Según lo expresado por los diputados, la capital del departamento de Sucre estaría enfrentando una de las peores crisis administrativas y morales de su historia. Una afirmación que debería encender las alarmas de todos los sincelejanos.
Mientras se habla de falta de recursos para sacar a Sincelejo del subdesarrollo en el que permanece sumido, también han surgido cuestionamientos sobre la manera en que se estarían manejando los recursos públicos y sobre la existencia de una estructura política dedicada a defender al alcalde frente a las críticas.
Tan delicado resulta el ambiente que, según los señalamientos conocidos, algunos jóvenes estarían siendo utilizados para intimidar a quienes se atreven a denunciar presuntas irregularidades en la administración municipal. Incluso se ha hablado de la preparación de pasquines destinados a desprestigiar a algunos diputados que han decidido levantar la voz y cuestionar lo que consideran un manejo inadecuado de los recursos públicos.
Si estas denuncias tienen fundamento, estaríamos frente a una situación que no puede ser tomada a la ligera. La democracia no puede funcionar bajo amenazas, intimidaciones ni campañas de desprestigio contra quienes ejercen el control político.
Independientemente de que el alcalde cuente con un grupo de seguidores dispuestos a defender su gestión, utilizando las llamadas bodegas digitales y algunos creadores de contenido para responder a sus críticos, la ciudadanía tiene derecho a conocer qué está ocurriendo realmente con los recursos públicos y con el futuro de la ciudad.
Sincelejo no puede convertirse en una ciudad donde quien denuncia sea señalado y quien guarda silencio sea premiado. Mientras tanto, buena parte de la ciudadanía observa en silencio. Muchos prefieren mantenerse al margen para no convertirse en blanco de señalamientos. Poco a poco, el ciudadano activo parece desaparecer y, con él, se debilita la capacidad de la sociedad para reclamar por aquello que considera injusto.
¿Dónde están esos ciudadanos capaces de organizarse y reclamar por su ciudad? ¿Dónde están quienes estén dispuestos a levantar la voz, como lo hicieron Gandhi o Martin Luther King en sus respectivas luchas, guardando, por supuesto, las proporciones y las diferencias históricas?
Sincelejo necesita una ciudadanía despierta, organizada y pacífica. Una ciudadanía que no permita que el miedo sustituya a la participación y que entienda que reclamar por los derechos colectivos no es un acto de rebeldía, sino una responsabilidad democrática.
No se trata de paralizar una ciudad por paralizarla. Se trata de despertar a una sociedad que parece haberse acostumbrado a ver cómo pasan los gobiernos mientras los problemas permanecen. Sincelejo merece más.
Merece autoridades que gobiernen con transparencia, ciudadanos que participen y una clase dirigente capaz de pensar más allá de las próximas elecciones. Si los sincelejanos despiertan y se organizan pacíficamente para defender su ciudad, ningún gobernante podrá ignorarlos.
Porque una ciudad que pierde la capacidad de reclamar termina perdiendo también la esperanza y si seguimos de brazos cruzados, corremos el riesgo de que aquella capital que tanto queremos termine convertida, poco a poco, en una pequeña aldea y entonces, quizá, ya sea demasiado tarde.
