‘Mi gran amigo’ nació del dolor por la muerte de Felipe Namén Fraija y terminó convertida en una de las páginas más sentidas del vallenato. Más de medio siglo después de su grabación por Jorge Oñate y Los Hermanos López, Camilo Namén todavía encuentra a su padre cada vez que vuelve a sonar aquel merengue.
En Chimichagua, donde la Ciénaga de Zapatosa guarda historias entre el agua, el viento y la memoria, Camilo Namén Rapalino aprendió desde niño que la vida también podía convertirse en canción. Nació allí el 22 de junio de 1944 y creció rodeado de un paisaje que, con los años, aparecería una y otra vez en sus composiciones. Su primer juguete, según ha recordado, fue un carrito elaborado con totumo. Mucho antes de imaginar que sería compositor, ya tenía a su alrededor suficientes historias para llenar una vida de versos.
A los 18 años, en 1962, se atrevió a escribir su primera canción. La llamó ‘Chicho’ y era una guaracha. Después llegarían el vallenato, las parrandas y una extensa obra musical construida a partir de recuerdos, personajes, paisajes y vivencias. A sus 82 años, Camilo Namén contabiliza 110 composiciones y alrededor de 80 grabadas, entre ellas ‘Recordando mi niñez’, ‘La ceiba del puerto’, ‘Encuentro con el diablo’, ‘Las canas de mi vieja’ y, por encima de todas, aquella que terminó marcando su vida para siempre: ‘Mi gran amigo’.
Pero antes de existir la canción estuvo Felipe Namén Fraija. Para Camilo no era solamente su padre. Era compañero, consejero, amigo y refugio. Entre ambos existía una relación construida sobre gestos sencillos que el compositor jamás olvidó. Cada encuentro terminaba en abrazos y besos. “Si él se veía conmigo 10 veces, las mismas veces me besaba”, recordó décadas después. Era una cercanía tan profunda que, cuando llegó la muerte, no solamente perdió a su padre: perdió también a uno de sus grandes amigos.
El 19 de enero de 1970, todo cambió. Felipe Namén murió en un accidente mientras Camilo se encontraba lejos. Al recibir la noticia emprendió el regreso con esa esperanza inútil que suele acompañar las tragedias, como si llegar rápido pudiera detener lo inevitable. Pero la muerte ya había ocurrido. Frente a aquella realidad, sintió que algo se quebraba para siempre. Años después lo resumiría con una frase desgarradora: aquel día, el alma se le partió en dos y entonces hizo lo que muchas veces hacen los compositores cuando las palabras habladas ya no alcanzan: convirtió el dolor en música.
No escribió pensando en fabricar un éxito ni en conquistar las emisoras. Escribió para Felipe. Para el padre que jugaba con él, para el hombre que luchó por educar a sus hijos y para el amigo que de repente había desaparecido de su vida. De aquella herida nació ‘Mi gran amigo’, una elegía vallenata con una particularidad que inicialmente sorprendió hasta a su propia familia: Camilo decidió vestir la tristeza con el ritmo de un merengue.

Hasta su hermano Ismael se preguntó cómo podía una historia de semejante dolor convertirse en merengue. Camilo sostuvo que así le había nacido. Y quizás allí está uno de los secretos de la canción: mientras el acordeón avanza con fuerza y movimiento, la letra lleva encima el peso de una ausencia. Es el Caribe expresando el dolor a su manera: poniendo música donde hubo lágrimas y convirtiendo la nostalgia en memoria compartida.
La canción encontró después dos aliados definitivos: Jorge Oñate y Los Hermanos López. En 1972 fue incluida en el álbum ‘El Jardincito’, en una época en la que aquella unión musical comenzaba a escribir algunas de las páginas fundamentales de la historia del vallenato. En el mismo trabajo aparecieron composiciones como ‘Amor sensible’, de Freddy Molina; ‘Campesino’, de Alfonso Zuleta, y ‘El Jardincito’, de Hugo Araujo. Pero aquella historia de un hijo hablando con el recuerdo de su padre comenzó a abrirse camino hasta instalarse en la memoria de los amantes del vallenato.
Ese mismo 1972 tuvo además un significado especial para Camilo Namén. Ganó el concurso de Canción Vallenata Inédita del Festival de la Leyenda Vallenata con ‘Recordando mi niñez’, otra obra marcada por la nostalgia. De un lado estaba el niño que quería regresar a los días de Chimichagua; del otro, el hijo que habría querido abrazar nuevamente a su padre. Dos canciones diferentes, pero alimentadas por una misma materia prima: la memoria.
Con el paso de los años, ‘Mi gran amigo’ dejó de pertenecer solamente a Camilo Namén. Comenzó a sonar en homenajes, reuniones familiares, emisoras y encuentros donde alguien recordaba a un padre ausente. Cada oyente terminó poniendo su propia historia dentro de la canción. Y fue entonces cuando aquella composición adquirió una dimensión que probablemente su autor nunca imaginó: había sido escrita para Felipe Namén, pero terminó hablando por miles de hijos que también habían perdido a sus padres.
Camilo continuó componiendo. Le cantó a Chimichagua, a la niñez, a los pueblos, a las mujeres, a la familia y a esas pequeñas escenas de la vida cotidiana que encontraba en el camino. Su materia prima, ha explicado, han sido la naturaleza, la tierra, los problemas familiares y las vivencias. Por eso muchas de sus canciones parecen fotografías convertidas en música de una época en la que el vallenato tenía también algo de periódico oral: alguien vivía una historia y otro encontraba la manera de cantarla.
Hoy, a sus 82 años, continúa regresando con la memoria a aquel Chimichagua de su infancia y al padre que todavía vive en una canción. Los años y algunos quebrantos de salud lo han alejado de las parrandas, pero no de la composición ni de su amor por el vallenato raizal. Su deseo ahora es sencillo y, al mismo tiempo, enorme: permanecer en el corazón de la gente. “Quiero quedarme en el amor de la gente”, dijo recientemente al hacer cuentas de su larga vida musical y quizás ya lo consiguió.
Porque mientras en alguna casa del Caribe un hijo recuerde a su viejo y vuelva a poner aquella grabación de Jorge Oñate y Los Hermanos López, Felipe Namén volverá a estar presente. Y Camilo, por unos minutos, volverá a encontrarse con él.
El acordeón seguirá andando. La voz volverá a estremecer la memoria. Y ‘Mi gran amigo’ cumplirá nuevamente su milagro: hacer que un padre que murió hace más de medio siglo vuelva a abrazar a su hijo cada vez que comienza la canción. Porque algunas canciones se escuchan. Otras, sencillamente, se sienten y hay canciones que logran algo todavía más grande: hacer que los muertos vuelvan a vivir en la memoria de quienes los amaron.

