Hay que decirlo sin maquillaje y sin miedo a incomodar: la seguridad del Centro Histórico de Cartagena está quedando en entredicho por los hechos, y frente a esta realidad resulta inevitable recordar aquella postura del alcalde Dumek Turbay cuando, ante los cuestionamientos por la inseguridad, llegó a decir que no entendía de qué inseguridad le hablaban porque él caminaba tranquilamente por las calles de la ciudad.
Pues bien, alcalde, tal vez ahí está precisamente el problema: una cosa es caminar como alcalde y otra muy distinta caminar como turista. Una cosa es recorrer Cartagena con reconocimiento, acompañamiento y capacidad de reacción, y otra muy diferente hacerlo como un extranjero que llega confiado a conocer la ciudad y termina con una cadena arrancada del cuello o un celular robado. A ellos no los protege el discurso. Los protegen —o deberían protegerlos— las instituciones. Y los hechos recientes son contundentes.
Una turista extranjera fue víctima de un delincuente que le arrancó violentamente una cadena del cuello a plena luz del día. El hecho quedó registrado por cámaras de seguridad. Días antes, una turista mexicana sufrió el robo de su celular y posteriormente fue capturado el señalado responsable, identificado como conductor de taxi. Y en agosto, Policía y Fiscalía informaron sobre una investigación contra una presunta estructura que habría utilizado taxis para captar turistas extranjeros, desviarlos de sus rutas y despojarlos de sus pertenencias.
Entonces, alcalde, la pregunta vuelve a aparecer: ¿de qué inseguridad estamos hablando? ¿De la que se observa desde una oficina? ¿De la que muestran las estadísticas? ¿O de la que siente una turista cuando un delincuente le arranca una cadena del cuello en el corazón turístico de Cartagena? Porque esa Cartagena que puede parecer tranquila para quien la recorre protegido no necesariamente es la misma Cartagena que enfrenta quien camina desprevenido por sus calles.
Y aquí aparece el capítulo que no podemos pasar por alto: el Plan Titán 24. En febrero de 2024, la Alcaldía anunció una inversión de $30.000 millones y la presentó como una apuesta histórica contra la delincuencia, con cámaras, motocicletas, grupos especializados, presencia policial e investigación. Incluso el propio Plan de Desarrollo lo definió como una estrategia para mejorar la percepción de seguridad y reducir las tasas de criminalidad. Pero hoy la pregunta es inevitable: ¿cuánto cambió realmente la seguridad de Cartagena? Porque un plan puede tener nombre, presupuesto, cámaras, motocicletas, operativos, ruedas de prensa y fotografías. Lo que no puede tener es impunidad frente a los resultados. Y si después de semejante despliegue institucional los turistas siguen apareciendo como víctimas recurrentes de robos en el Centro Histórico, entonces alguien tiene que explicar qué funcionó, qué no funcionó y qué se hizo con cada peso invertido.
No basta con capturar al delincuente después del robo. No basta con mostrar las cámaras cuando ya ocurrió el delito. No basta con publicar fotografías de operativos. La verdadera pregunta es cuántos delitos se evitaron antes de que ocurrieran. Porque una cámara que graba un atraco no impidió el atraco. Una captura posterior no elimina la existencia de la víctima. Y una estadística de capturas no puede utilizarse como sustituto de una política efectiva de prevención.
Lo más preocupante es que la discusión parece haberse quedado en los anuncios y las estadísticas mientras la realidad sigue golpeando la puerta. Cartagena de Indias continúa promocionándose como destino internacional, pero también está exportando otra imagen: la del turista que llega a disfrutar y termina contando que fue robado en pleno Centro Histórico. Y eso tiene un costo. Lo paga el hotel, el restaurante, el guía, el taxista honrado, el comerciante y lo paga Cartagena.
Por eso este debate no es contra los policías que persiguen delincuentes. Todo lo contrario. Hay que reconocer a quienes capturan, investigan y recuperan lo robado. El problema está en una política de seguridad que debe ser evaluada por su capacidad de prevenir, no solamente por su capacidad de reaccionar. Y aquí el alcalde tiene que responder políticamente ante la ciudad: ¿cuánto dinero se ejecutó realmente? ¿En qué se gastó? ¿Cuántas cámaras funcionan? ¿Cuántos delitos contra turistas se registraron? ¿Cuántos fueron evitados? ¿Qué resultados judiciales produjeron las investigaciones? ¿Y cuánto mejoró realmente la percepción de seguridad?
Porque si después de la gran apuesta anunciada en 2024 un delincuente todavía puede acercarse a una turista y arrancarle una cadena del cuello a plena luz del día, la pregunta ya no es si existe inseguridad. La pregunta es qué está fallando.
Alcalde Turbay usted puede caminar tranquilo por Cartagena. Pero el ciudadano común, el comerciante y, sobre todo, el turista no tienen por qué vivir la ciudad con el mismo nivel de protección o confianza que tiene un mandatario. Gobernar no es mirar la ciudad desde la comodidad de quien tiene seguridad alrededor. Gobernar es garantizar que quien camina solo por el Centro Histórico también pueda hacerlo sin miedo. Y si la gran promesa de seguridad terminó convertida en una sucesión de anuncios, contratos, operativos y estadísticas, mientras los hechos siguen contradiciendo el discurso, entonces Cartagena merece una explicación mucho más seria.
No se trata de preguntar cuánto se anunció. Se trata de saber cuánto cambió la realidad. Porque la seguridad no se mide por la cantidad de cámaras instaladas ni por el número de delincuentes capturados después del delito. Se mide por la cantidad de ciudadanos y turistas que pueden caminar tranquilos sin convertirse en víctimas. Y hoy los hechos obligan a formular una pregunta que no puede seguir esquivándose: ¿quién está cuidando al turista en Cartagena? Y todavía más importante: ¿quién está cuidando a Cartagena? Porque mientras el Centro Histórico siga apareciendo en las noticias por turistas atracados, cadenas arrancadas, celulares robados y presuntas modalidades criminales dirigidas contra extranjeros, no hay discurso que pueda esconder la realidad.
Cartagena necesita seguridad, prevención y control territorial. Y, sobre todo, necesita que sus gobernantes respondan por los resultados. No más anuncios. No más maquillaje. No más estadísticas como respuesta. la ciudad necesita resultados.

