“El que tiene para whisky, tiene para hielo”. Así respondió el alcalde de Cartagena, Dumek Turbay, cuando fue entrevistado y cuestionado por los elevados precios de las embarcaciones para el Festival Náutico de las Fiestas de la Independencia. La expresión fue entendida por distintos sectores como una referencia a que quienes quieran disfrutar de este espectáculo desde una embarcación deben contar con suficiente capacidad económica.
Pero las palabras tienen consecuencias, y esta expresión ha abierto una discusión que va mucho más allá del precio de una lancha. El alcalde, además de señalar que quiere en la bahía turistas con poder adquisitivo, manifestó que no pretende discriminar a nadie.
A partir de esas declaraciones surge una pregunta legítima: ¿se están convirtiendo, o se han convertido ya, las Fiestas de Noviembre, hoy Fiestas de la Independencia de Cartagena, en una celebración para quienes pueden pagar determinadas experiencias?
Una cosa es promover el turismo de lujo, atraer visitantes con capacidad de gasto y procurar que quienes llegan a Cartagena consuman en hoteles, restaurantes, transporte, comercio y otros servicios. Eso puede generar empleo, ingresos y movimiento económico y otra muy diferente es transmitir la percepción de que determinadas experiencias de las fiestas están concebidas fundamentalmente para quienes tienen suficiente dinero para pagarlas. Y ahí aparece el verdadero problema.
Las Fiestas de la Independencia de Cartagena no nacieron en los clubes exclusivos, ni en los yates, ni en los hoteles de cinco estrellas. Nacieron de la historia de Cartagena, de sus barrios, de sus calles, de sus tambores, de sus comparsas, de sus cabildos y, sobre todo, de la participación popular.
Por eso, resulta comprensible que una parte de la ciudadanía interprete las declaraciones del alcalde como una señal de exclusión. No necesariamente porque esa haya sido su intención, sino porque poner el poder adquisitivo en el centro de la conversación sobre una celebración de profundo significado cultural puede generar precisamente esa percepción.
Cartagena necesita turismo y necesita turistas que gasten. Pero también necesita recordar que el turista es visitante y que el cartagenero es protagonista y custodio de una parte esencial de esta identidad cultural. El debate tampoco debería convertirse en una guerra entre ricos y pobres. Ese sería un simplismo peligroso.
Quien tenga dinero para alquilar una lancha, un yate o cualquier otra embarcación tiene todo el derecho de hacerlo. El turismo de lujo también puede formar parte de la oferta de una ciudad internacional como Cartagena. Lo que no puede perderse de vista es que las Fiestas de la Independencia tienen una dimensión pública, histórica y cultural que trasciende el mercado.
Si las embarcaciones tienen precios elevados, corresponde a la Administración explicar con claridad quién los establece, qué servicios incluyen, qué controles existen y qué mecanismos tiene el ciudadano para presentar quejas o denunciar eventuales cobros que considere excesivos.
El propio alcalde señaló que las secretarías de Turismo y del Interior revisarán los casos que sean considerados exorbitantes. Ese es precisamente el camino institucional: reglas claras, información transparente, vigilancia y canales efectivos para que los ciudadanos puedan formular sus reclamaciones. Porque el problema no es el whisky. Tampoco es el hielo.
El problema aparece cuando una expresión popular puede terminar simbolizando una Cartagena en la que unos pocos navegan la fiesta mientras muchos otros solamente la contemplan desde la orilla. La ciudad tiene derecho a recibir al turista de alto poder adquisitivo. Pero el cartagenero también tiene derecho a sentir que sus fiestas son suyas.
La cultura no puede tener estrato. La identidad no puede depender de una tarjeta de crédito. Y las Fiestas de la Independencia no deberían terminar siendo percibidas como la fiesta de quienes pueden pagar.
Cartagena puede y debe recibir al mundo, pero sin perder de vista a quienes hacen parte de su historia y de su identidad. Porque, al mirar hacia la bahía, nadie debería tener que preguntarse si para disfrutar de la fiesta también necesita tener dinero para el whisky… y para el hielo.

