El consumo de productos de segunda mano no solo significa ahorro directo en el presupuesto familiar sino menos emisión de CO2 a la atmósfera y ahorro global también de recursos. Y eso es serio e importante.
La disposición de los alemanes a adquirir, por compra, canje u obsequio, productos de segunda mano contrasta fuertemente con nuestra vergüenza cultural para hacerlo. Para ellos es muy fácil deshacerse de cosas que ya no necesitan y que ocupan espacio, así como sentirse cómodos adquiriendo un objeto de segunda mano.
Desde poco después de llegar acá descubrí la aplicación Nebenan (o Tienes sal?), sobre la que escribí una columna hace unos meses, y grupos de Facebook en cada ciudad llamados «Free your stuff», en los que se comparten, casi siempre gratuitamente o a veces a cambio de una chocolatina o una invitación a tomar un café, artículos tan diversos como tiquetes del transporte público, alimentos y bebidas, bicicletas, ropa y zapatos, utensilios de cocina, adornos, joyas, electrodomésticos, muebles de todo tipo y un larguísimo etcétera.
He compartido y recibido por medio de esas redes muchísimas cosas. Miro alrededor de mi escritorio y veo tantas cosas que he recibido gratuitamente porque alguien ya no las necesitaba: El televisor, el sofá, el piano, libros, CDs, el casco de mi bicicleta, mi bicicleta, el reloj de pared…
Pero no se trata sólo de deshacerse de lo que no se necesita o de ahorrarse unos euros. La empresa Milanuncios elaboró un estudio conjuntamente con el Instituto de Investigación Medioambiental de Suecia (IVL) y la consultora especializada en medioambiente Ethos Internacional sobre el efecto medioambiental del mercado de segunda mano en 2020 y los resultados son asombrosos:
El mercado de segunda mano ahorra tanto CO₂ en un año como dejar una gran ciudad sin tráfico vehicular durante los 365 días. Y el ahorro no solo se contabiliza en emisiones contaminantes sino en todos los recursos, que son a menudo escasos y caros, y que no van a ser aún más sobreexplotados, puesto que se reutilizan productos ya existentes. En concreto, en un año se puede ahorrar tanto plástico como el utilizado para fabricar las bolsas que circulan en 1,3 años; y tanto acero como el necesario para constituir la mitad de la red ferroviaria. Por sectores, Motor, Hogar y Jardín, Informática, Telefonía y Bicicletas son los que más han ayudado a reducir la emisión de CO2.
La práctica del consumo de productos de segunda mano está extendida en todas las clases sociales. En eso radica en parte su riqueza: saben lo que vale realmente un peine. No van a gastar por aparentar, sino que van a darle a cada cosa su justo valor, que no depende necesariamente de cuándo fue fabricado ni de si ha sido usado, sino de muchos otros factores en juego.
El caso de la ropa es algo especial. Mi esposa, mitad alemana y mitad francesa, ha recibido para nuestra bebé casi toda su ropa. Para ella es un honor que nuestra bebé use ropa de los hijos de sus mejores amigos y de sus familiares, y cada vez que se va a encontrar con alguno de ellos la selecciona y es tema de conversación durante la reunión. Para ella es mucho mejor llevar ropa usada por gente querida, que ropa sin historia ni memoria.
Suecia es un país que está a la vanguardia en protección medioambiental. Ellos inventaron el concepto de “vergüenza de viajar en avión” (flygskam, en sueco) así como la “vergüenza de comprar ropa nueva” (köpskam, también en sueco), ambas motivadas por el impacto negativo de estas dos actividades sobre el medio ambiente. Y así las volvieron parte de su cultura.
La segunda mano es realmente una escapatoria muy digna para poder proveerse de lo necesario sin castigar aún más al planeta.

