Los milagros son a través de la historia, acontecimientos inexplicables o increíbles sucesos extraños, que deben tener testigos para ser aceptados oficialmente por la iglesia. Muchos, llegan a extremos tan inimaginables y sorpresivos, que nos dejan con la mandíbula descolgada y estupefactos ante la incertidumbre de tales revelaciones.
La levitación, esculturas que cobran vida, curaciones de paralíticos, sordomudos, endemoniados, o el caso de la niña colombiana Natalia Andrea García Mora (por poner un ejemplo) entre otros muchos, que a la edad de ocho años después de ser atravesada por una bala disparada por un narcotraficante a la altura de la espalda, recupero totalmente la movilidad, son atribuibles a la veneración de alguna divinidad religiosa.
Numerosas personas confiadas en la evolución científica, esperan que esta certifique la autenticidad de ellos. Uno de tantos apologistas cristianos, C.S.Lewis, reconocido por sus obras de ficción, sostiene que la creencia o increencia en los milagros está al margen de la ciencia, sin importar lo que ésta progrese.
El incrédulo pensará que se trata de figuraciones o hechos naturales por causas desconocidas y descartará la posibilidad de lo sobrenatural. Para la ciencia, el tema siempre será un debate sin fin, ya que achacan dichas alucinaciones a fenómenos naturales o al avance de la medicina, pues todas las enfermedades ofrecen períodos o fases de remisión, contando con la componente psíquica que podía darse en muchos casos.
Los milagros de resurrección, son explicados por la ciencia, como descuidos humanos, ya que en épocas pasadas, los certificados de defunción se expedían por simples apariencias. No es de extrañar que algunos muertos se reanimaran. En la antigüedad, el número de personas enterradas vivas fue considerable. Temiendo un enterramiento vivo, George Washington (1789 y 1797), en su lecho de muerte, hizo que sus sirvientes prometieran no enterrarle hasta tres días después de su muerte.
Caminar sobre las aguas, la multiplicación de los panes o fenómenos sobrenaturales, son declarados por la ciencia como espejismos o cosas semejantes difíciles de concebir.
Para la fe, admitir la existencia de los milagros es importante. Sin ellos, la predicación de los apóstoles, el testimonio de los mártires, la resurrección de Jesús que para los cristianos es el más grande milagro para la humanidad, perderían su sentido. El evangelio sin milagros sería un repertorio de menciones imprecisas.
Parece que las personas que se afanan tanto por enseñar a leer de forma madura el Evangelio, tuvieran miedo de ser tildadas de simplistas por los seguidores del materialismo contemporáneo y hacen gala de un ingenio a veces notable. Pretendiendo normalizar la fe y eliminar de ella todo fenómeno sobrenatural, sugieren asombrosas interpretaciones alegóricas.
No se tiene noticia, de que ninguno de esos expertos haya sufrido alguna de las alucinaciones a las que recurren para explicar el galimatías de los milagros sucedidos a los demás: tendrían que explicarnos cómo pudieron ser tan frecuentes en aquellas épocas de modo colectivo y ante la presencia de personas escépticas.
Pero, si los milagros fueran imposibles, no se podría creer que Dios se hizo hombre, que resucitó, y que subió al cielo (ascensión), milagros centrales de la fe cristiana que se aceptan sin rechistar.
Si creemos en los milagros o si nos consideramos escépticos, la realidad es que de estos sucesos extraños, nacen buenas historias para una conversación en casi cualquier lugar.

