La doble moral es, sin dudas, lo que ha caracterizado nuestra sociedad en estos últimos tiempos en sus diversos estamentos, inclusive en la Iglesia, parece más que nunca vigente el dicho: miras lo que digo y no miras lo que hago.
Somos estrictos a la hora de valorar las acciones ajenas y permisivas cuando nosotros mismos actuamos incorrectamente. Básicamente, no siempre coinciden nuestras ideas con nuestras acciones. Mantener la coherencia personal no es una tarea sencilla. Es muy probable que nos escandalicemos con la corrupción política, pero si nosotros somos los beneficiarios nos parece legítima.
Las mentiras de los demás nos resultan inaceptables, pero las nuestras suelen tener alguna justificación poderosa. Las infidelidades de los demás son escandalosas, pero las nuestras no son cosas del otro mundo. Las bromas y los memes ajenos son divertidos, pero no toleramos que nadie se ría de nosotros.
Uno exige a la sociedad que perdone por décadas el derramamiento de sangre, pero los victimarios no son capaces de enfrentar sus responsabilidades gozando de inmensos beneficios en detrimento de las víctimas.
Muchos que opinaban de determinada manera hace unos meses, cambiados los protagonistas o puestos, hoy opinan de un modo totalmente diferente y en los mismos casos que antes eran críticos implacables. Muchos que se presentan como los protectores y defensores de la vida, hoy aprueban el aborto. Somos defensores de la paz y de la no violencia pero cuando se trata de perdonar somos intransigentes.
De alguna manera, todos practicamos la doble moral. Cuando se piensa en el bien común, muchos lo usan como una coartada para sus fines más escabrosos. Aparecen términos que tienen la apariencia de un amor inmenso por la humanidad o un desmesurado cariño por el prójimo y la Patria. Incluso, camuflados como llamados a la virtud, son predicados públicamente con gestos premeditadamente conmovedores. Entonces, usan palabras como “es por el bien del país”, “lo hacemos por tu futuro”, “nos preocupamos por ti”, “te representamos”, “lo hacemos por tu bien”, “es por la democracia”, etcétera. Suelen usar una cadena de frases hechas, de palabras vaciadas o distorsionadas totalmente de significado, en la que no importa lo real, sino los oscuros objetivos que están detrás de ello.
Aquí sucede una fractura entre lo que se dice y lo que realmente se hace. Las palabras son usadas como pretextos tácticos en los que la conciencia sobre sus acciones ya perdió cualquier rasgo de pudor. Es una forma del cinismo más despiadado.
Pueden fingir solidaridad con poblaciones vulnerables, toman la foto para las redes sociales, el registro visual para instagram y, terminada la puesta de escena, se olvidan completamente de ellos. Tal vez tengan hasta oficinas de responsabilidad social, de voluntariado, alguna forma para calmar la conciencia; sin embargo, simultáneamente destruyen el medioambiente, abusan de sus trabajadores y permiten la discriminación.
Hoy en día la gente solo se preocupa de sus derechos o intereses aun eso signifique pisotear los derechos de los demás y destruir su dignidad. No deberíamos olvidar que somos personas íntegras cuando lo que pensamos y lo que hacemos van en la misma dirección, sin que eso signifique hacerle daño a uno mismo o a los demás.

