En un mundo de mentiras, hipocresía y falsedad no es fácil aceptar y defender la verdad, mucho menos cuando la verdad es inspirada por Dios en las reflexiones teológicas, bíblicas, espirituales y en el ejercicio del ministerio que se ejerce. Cuando la mentira es la herramienta para lograr los objetivos de poder y la manipulen para engañar a los más ingenuos, no es fácil aceptar que te digan la verdad pues pueden destruir las satánicas pretensiones.
Le guste o no, el Papa Benedicto XVI fue un apasionado por la permanente búsqueda y defensa de la verdad por encima de todas las modas o tendencias progresistas, aun en el interior de la propia Iglesia, pues no hay ninguna verdad teológica que puede ser cierta, si esta no está fundamentada e inspirada en una cuidadosa exegesis bíblica y estudio profundo de la tradición.
La ortodoxia doctrinal de la Iglesia Católica, que tanto se critica porque dicen ser demasiado conservadora, no tiene otra origen y fuente que la misma Palabra de Dios y su verdad debe ser defendida sin titubeos ni tibieza, le guste o no a este mundo que lo quiere permitir todo con la estrategia de la mentira.
El propio cardenal Ratzinger, en su autobiografía «Mi Vida» («Aus meinen Leben. Enrinnerungen 1927-1977»), confesaba que la elección del lema episcopal «Colaborador de la verdad», que tomó para sí en 1977 al ser nombrado arzobispo de Múnich-Frisinga, y que viene a ser como la síntesis de su programa de vida, obedecía entonces y ahora a la continuidad entre su tarea anterior de teólogo y la de obispo que comenzaba.
«Porque con todas las diferencias que se quieran se trataba y se trata siempre de lo mismo: seguir la verdad, ponerse a su servicio. En el mundo de hoy, el argumento de la verdad casi ha desaparecido, porque parece demasiado grande para el hombre. Sin embargo, si no existe la verdad todo se hunde».
Efectivamente, la búsqueda y afirmación de la verdad ha sido el empeño vital e intelectual de la trayectoria de Benedicto XVI, su permanente trabajo de reivindicar la capacidad de la razón humana de acceder a la verdad y, en consecuencia, su insustituible y valioso papel en el acto de fe y en la auténtica reflexión teológica y vivencia religiosa. Todo esto avala que Benedicto XVI no haya perdido la ocasión para señalar de forma inequívoca y con sentido positivo que muchas de las causas del mal en el mundo de hoy al menos las más profundas están precisamente en el olvido de la verdad de Dios y la verdad del hombre, así como en la fractura o daño antropológico y social que han propiciado determinadas ideologías, mediante lo que el entonces cardenal decano y después Papa definiera como «dictadura del relativismo» y sus reacciones, entre las que se encuentran los más variados fundamentalismos y absurdo libertinaje.
Por ello el Papa reclamaba la necesidad que tiene el mundo actual de reencontrar una sólida fundamentación, tanto en la vida de las personas como en la entera sociedad civil e internacional, que preserve la dignidad humana y sus derechos inalienables, así como el auténtico progreso y la convivencia de los pueblos en paz y en libertad. Esto sólo es posible para Benedicto XVI si se cimienta en la verdad que tiene a Dios y a su Ley, inscrita en la naturaleza humana, como cimiento y fundamento último.
Se quiera aceptar o no, el diagnóstico del Papa y los remedios que proponía resultaban honestos y certeros. Otra cosa es que muchos, por desgracia, no estén ya ni tan siquiera capacitados para percibirlo.
Por eso mismo, llevar a los hombres a descubrir su capacidad de conocer la verdad y de un sentido último y definitivo de su existencia constituyen, sin duda, uno de los desafíos y servicios más importantes que el Papa Benedicto XVI ha buscado realizar en su ministerio petrino: «Hacer la verdad en la caridad, como fórmula fundamental de la existencia cristiana. La caridad sin verdad sería ciega; la verdad sin caridad, sería como un címbalo que retiñe», como él mismo dijera en la misa de inicio del Cónclave del que salió elegido como Papa. Sin dudas el Papa apasionado por la Verdad.



