Estar a solas y sentirse solo son dos cosas diferentes. Uno puede estar a solas sin sentirse solo, y también se puede sentir solo en una habitación repleta de gente. La soledad es, pues, un estado de ánimo, una emoción provocada por sentimientos de separación de otros seres humanos. La sensación de aislamiento se siente profundamente por los que están solos. La palabra hebrea traducida «desolado» o «solo» en el antiguo testamento significa «único, solo uno; uno que es solitario, abandonado, miserable». No hay tristeza más profunda que en algún momento venga a la mente la idea de que estamos solos en el mundo, que no tenemos un amigo, que no le importamos a nadie, que nadie se preocupa por lo que nos pudiera ocurrir, o que a nadie le importaría si llegáramos a morir.
Para nosotros la soledad de Jesús en la Cruz es nuestro modelo, no es una soledad estéril, vacía, ni una soledad egoísta, es una soledad que rompe en vida, que nos abre a todos a una nueva vida y que está preñada de esperanza.
Jesús comparte su soledad en la cruz con su madre, que se abre a una maternidad que abarca a toda la humanidad, por eso, no podemos sentirnos nunca solos, ni desamparados. La soledad así entendida se transforma en luminosa vida, una vida que se parte y reparte para todos. Sin embargo, los datos de las personas que se sienten solas, nos interpelan, no nos pueden dejar indiferentes. Por ello, una sociedad que no cuida, que no protege, que no acompaña, que abandona, es una sociedad enferma. Una Iglesia que no sostiene, que no abraza, que no se hace cercana es una estructura vacía, hueca. Pero Jesús si responde, suple en tantos cirineos que nos llevan de su mano, nos dan su calor, su confianza y su amistad. En Jesucristo, Dios ha compartido la soledad del mundo y del hombre, a quien ha creado justamente para ser su compañero. De este modo, ha unido su destino al nuestro.
El teólogo Olegario González de Cardedal, nos recuerda en su obra, Jesucristo, soledad y compañía, qué en Jesucristo, Dios ha compartido la soledad de los pobres y de los marginados, de los descartados…. Pero al mismo tiempo en el mismo Jesucristo muchos se sienten cada día acompañados. Quienes seguimos a Jesús, entramos en relación, en comunión con muchos, en este espacio la soledad no tiene lugar.
Antonio Machado recogió en un famoso poema una copla popular “¿Quién me presta una escalera?” e hizo una bella y subjetiva reflexión sobre el modo que los creyentes tenemos de vivir la religión. Machado parece que critica que nos fijamos solo en el significado doloroso de la Cruz, que refleja todos nuestros sufrimientos, que nos identificamos más con la soledad de Jesús en la Cruz, que con él Jesús de los milagros “que andaba en la mar”.
Pero es él mismo Jesús, Él que caminaba por los caminos polvorientos, Él que daba de comer a multitudes, Él que guardaba silencio cuando le acusaban, Él que sudo sangre, Él que entregó su vida al Padre, Él que resucitó y nos da una vida nueva cada día. No podemos decir que estamos solos, Jesús nos acompaña siempre. Somos nosotros los que dejamos a muchos abandonados en los caminos de su existencia, en ocasiones a nosotros mismos. Jesús, el Eterno Acompañado, nos atrae de nuevo, en la soledad sonora de la Cruz, ahora que estamos en el Triduo Pascual para decirnos, mirándonos a los ojos, que no estamos solos.

