Alfredo Gutiérrez Vital, hijo ilustre de Paloquemao, corregimiento de Sabanas de Beltrán, en el departamento de Sucre, recibió recientemente un homenaje que llena de orgullo a su tierra y al país. El Parlamento Andino y la Universidad de Sucre le otorgaron la Distinción Gabriela Mistral, en reconocimiento a sus notables aportes a la cultura colombiana y andina, así como a su papel fundamental en la consolidación de la música corralera como patrimonio musical, cultural e inmaterial de nuestra región.
No se trata de un reconocimiento más. Esta distinción dignifica a uno de los últimos grandes juglares del folclor y de nuestra costa Caribe: un artista integral —cantante, compositor y acordeonero— cuyo talento no tiene parangón. Alfredo Gutiérrez ha sido un verdadero embajador cultural, llevando con orgullo las banderas de la región sabanera por Colombia y el mundo.
Tres veces Rey Vallenato (1974, 1978 y 1996), ha hecho historia como el único artista en lograr esa proeza, por lo que se le conoce como el Trirrey. Además, ha recibido tres Congos de Oro en el Carnaval de Barranquilla, el Trébol de Oro y el Califa de Oro en México, y fue dos veces Campeón Mundial de Acordeón en Alemania (1991 y 1992). Estamos, sin duda, ante una leyenda viva.
Sin embargo, como admirador y defensor del arte auténtico y de nuestros verdaderos íconos culturales, no puedo ocultar mi indignación ante el desdén que ha mostrado el Festival de la Leyenda Vallenata en Valledupar, al no rendirle un homenaje en vida al maestro Gutiérrez, como sí lo han hecho con otros exponentes del género. Ha pesado más la «rosca vallenata» que los méritos indiscutibles del maestro. Que Alfredo Gutiérrez no sea oriundo del Cesar, sino de Sucre, parece ser una «falta imperdonable» para ciertos círculos cerrados que dominan ese festival.
La región sabanera, cuna de tantos talentos, ha sido históricamente marginada de este espacio, a pesar de su inmenso aporte al folclor. Es una injusticia cultural que debe ser señalada con claridad y firmeza. Lo más lamentable sería que, de no hacerle justicia ahora, se pretenda enmendar la omisión cuando ya no podamos decirle “gracias” al artista que tanto nos ha dado.

El maestro, por su parte, ha sido coherente y sabio. En una entrevista reciente afirmó: “Para mí el único homenaje que interesa es el que mi público me ha dado, me da y me seguirá dando hasta que pueda”. Con esa frase reafirma su humildad y su grandeza: sabe que el cariño del pueblo es el reconocimiento más puro y verdadero.
A lo largo de su extensa carrera, Alfredo Gutiérrez nos ha regalado canciones inolvidables como La paloma guarumera, Ojos negros, Festival en Guararé, entre muchas otras. Cada nota de su acordeón, cada interpretación suya, ha sido un canto a la tierra, al amor, a la nostalgia y a la fiesta.
Hoy, Sucre entero celebra con júbilo esta merecida distinción. La Universidad de Sucre y el Parlamento Andino han hecho justicia histórica al reconocer en vida la obra de uno de los más grandes músicos que ha dado Colombia. Que esta distinción sea también una invitación a las nuevas generaciones para conocer y valorar el legado del Rebelde del Acordeón, y un llamado a las instituciones culturales para actuar con equidad y sin regionalismos mezquinos.
El homenaje que hoy recibe Alfredo Gutiérrez es un acto de reivindicación para la música sabanera, para la cultura popular y para el folclor auténtico. Felicitaciones, maestro. Sucre, Colombia y toda América Andina lo aplauden de pie en señal de reverencia.
