La comida es un vehículo de expresión cultural y un símbolo de nuestra historia. Lo que comemos––junto con nuestras creencias, nuestras costumbres, nuestra manera de hablar––defiende nuestra identidad. En el caribe, que fue un nodo de la diáspora africana, compartimos tradiciones culinarias con nuestros antepasados del otro lado del Atlántico. De hecho, muchos de los frutos que cultivamos en el Caribe son nativos en África occidental y fueron traídos por esclavos cuando llegaron al Nuevo Mundo o fueron importados para alimentar a los esclavos con comida barata.
Esto no quiere decir que la comida y la identidad sean estáticas. Por el contrario, la globalización ha aumentado la fusión de cocinas y, en consecuencia, ha transformado y homogeneizado los rituales de consumo. La globalización ha creado un sistema alimentario global capaz de distribuir comida a velocidades antes impensadas, y de otorgarle significado al consumo de determinados alimentos: la comida se distribuye como lujo, curiosidad, necesidad emocional o marcador de estatus social.
Una de las dieta globales que ha cobrado más adeptos en los últimos años es la dieta basada en plantas, motivada por la salud, el bienestar de los animales y la necesidad de un futuro sostenible. Los veganos no comen animales ni productos de procedencia animal, como carne, pescado, huevos, lácteos, gelatina o miel. También hay vegetarianos, que no consumen animales, pero sí huevos y lácteos. O pesquetarianos, que consumen pescados, huevos y lácteos. Investigaciones clínicas han demostrado que las dietas basadas en plantas reducen el índice de masa corporal, la presión arterial y los niveles de colesterol, reduciendo también la incidencia de enfermedades cardíacas y cáncer.
El auge de estas dietas no es fortuito, pues responde a la necesidad de promover sistemas alimentarios más sostenibles y con menos consecuencias climáticas. Según un artículo publicado en la Revista Science en noviembre de 2020, para poder reducir el calentamiento global a 2 grados centígrados o menos (el objetivo central del acuerdo climático de Paris) es indispensable reducir las emisiones de carbono que provienen de la agricultura, y no solamente las que provienen de combustibles fósiles. Dicho de otro modo: aún si dejáramos de consumir combustibles fósiles inmediatamente, es imposible alcanzar los objetivos del acuerdo de Paris sin reducir las emisiones de gases de efecto invernadero que provienen de la agricultura.
Los modos de producción de alimentos requieren cambios radicales si queremos alcanzar los objetivos del acuerdo de Paris. Y cuando se trata del uso de la tierra y las emisiones de gases de efecto invernadero asociados con la producción de alimentos, la carne de res es la que más recursos consume, seguida los lácteos, las aves, el pescado y los huevos. Si tenemos en cuenta que se estima que la población global se incrementará en 2 billones de personas para el 2050, producir alimentos de manera sostenible es un verdadero desafío. Sin embargo, solamente con limitar el consumo de carnes rojas a una porción y media por semana se podría alimentar a 10 billones de personas en el mundo sin generar más deforestación. ¿Con qué reemplazaríamos la carne? Con más vegetables y granos.
Encaminar el sistema agrícola hacia un futuro más sostenible no es una tarea imposible. Nuestros hábitos alimenticios determinarán el alcance los esfuerzos por diversificar la producción de alimentos. Reduciendo las porciones que consumimos de carnes, quesos y huevos, o limitando su consumo a dos veces por semana, podríamos contribuir a un futuro más sostenible. Podríamos comenzar por liberarnos de los ideales culturales. Es posible ser un vegetariano caribeño. Los guisos de carne y pollo, los sancochos, el pescado frito, el chicharrón y los jugos azucarados para aliviar el calor fueron adecuados en otro momento histórico, pero ahora que la temperatura global ha aumentado más de un grado centígrado en el último siglo podemos encontrar maneras mucho más saludables de disfrutar la comida y defender nuestra identidad.



