Los hombres no lloran. Los hombres traen el pan a la casa. El macho más macho es el que más mujeres tiene. Somos criados en esta sociedad machista para ser piedras impenetrables y zorros irresponsables.
Las consecuencias la podemos ver en una cultura de la objetificación: la mujer es usada y después desechada. No hay responsabilidad de las emociones y situaciones desencadenadas: embarazos tempranos, madres cabeza de hogar. Una cultura de la objetificación en donde se encuentran como víctimas principales nuestras hermanas y sus hijas. Una cultura donde a través del lenguaje se normaliza la tragedia de la violación ‘me violó el examen de matemáticas’ ‘ese partido de fútbol fue una violada’.
Además de la seguridad de niñas, adolescentes y mujeres, a Colombia y al mundo le conviene la equidad de género a nivel económico. La inequitativa distribución en las labores del hogar y el cuidado de los niños reduce la productividad remunerable de las mujeres, que se ven obligadas a una doble jornada laboral: en la empresa y en la casa. De acuerdo a cifras del Banco Mundial, las mujeres realizan el 75% del trabajo no remunerado. La brecha salarial también está entre mujeres y hombres con la misma productividad en las empresas. El mismo trabajo, diferentes salarios.
En el sector público como en el empresarial, somos los más beneficiados de este sistema patriarcal. Solo por ilustrar una realidad evidente, 81 de 106 senadores son hombres. Todavía no tenemos la primera presidenta mujer y el gabinete de ministros/as de Duque, que él había prometido iba a ser paritario, ahora solamente 5 de 18 ministerios son ocupados por mujeres.
Todavía no tenemos la primera presidenta mujer y el gabinete de ministros/as de Duque, que él había prometido iba a ser paritario, ahora solamente 5 de 18 ministerios son ocupados por mujeres.
Enseñarle a los hombres a ser seres fuertes e invulnerables, donde no tenemos espacios seguros para expresarnos, no hace más que crear una sociedad violenta. Desde las bases hasta las posiciones de liderazgo, las inseguridades en nuestra masculinidad llevan a peleas infantiles con costos incalculables para nosotras y nosotros. Hay un orgullo en nuestra masculinidad. Pero no cuando esta se convierte en un motivo para la violencia, la dominación y el abuso. Comencemos la conversación para reconstruir esa imagen glorificada del macho y busquemos, en cambio, nuestra propia definición de una masculinidad saludable.

