La soledad no es un problema nuevo, ni menor; afecta a millones de personas en el mundo y se ha convertido, ayudada por el aislamiento ocasionado por el Coronavirus, en lo que algunos líderes mundiales consideran como la epidemia del siglo XXI.
Desde el aspecto psicológico, la soledad, extraña en un mundo cada vez más interconectado, no se trata realmente de estar solo, sino de sentirse solo.
Vemos entonces personas cuya vida familiar no los llena porque se sienten utilizados, incomprendidos, maltratados o infravalorados, hombres y mujeres cuyas únicas amistades están en su trabajo o su entorno o, simplemente, seres sin familia ni amigos cercanos a quienes acudir, situaciones que se han incrementado durante el aislamiento al que nos hemos visto obligados, especialmente en las personas de edad más avanzada, debido a sus dificultades físicas y menores habilidades de conectividad digital.
Este sentimiento, que carcome lentamente a quienes lo padecen y consume su energía e impulso para seguir adelante, ocasiona que se agraven problemas de salud como la ansiedad, la depresión, la demencia, el alzhéimer, la hipertensión y las cardiopatías y aparezcan sentimientos negativos, estrés y disminución del autoestima y de la capacidad para relacionarse socialmente con los demás, con lo cual el vacío y la desesperanza se convierten en el problema central.
En Colombia, según el Censo Nacional de Población y Vivienda realizado por el DANE en 2018, cerca de 2,6 millones de personas vivían solas (57,9 % hombres y 42,1 % mujeres), de las cuales el 54,4 % son mayores de 46 años, algunos con situaciones de discapacidad por enfermedad o por edad avanzada; y, según la Gran Encuesta Integrada de Hogares del DANE, realizada en 2020, el 30,8 % de las personas en hogares unipersonales respondieron sentirse solas, estresadas, preocupadas o deprimidas, frente al promedio total de 23 %.
El tema es tan grave y recurrente que, en los últimos años, Japón y Gran Bretaña crearon ministerios de la soledad para ayudar a la población que lidia con esta problemática en sus países; en el nuestro, aunque tenemos el documento CONPES 3992 – Estrategia para la promoción de la salud mental en Colombia, este no contempla la soledad en ningún aspecto de su diagnóstico ni de su desarrollo e implementación.
¡Hay que hacer algo! Además de los esfuerzos aislados de algunos actores estatales y de la sociedad civil, se requiere establecer y ejecutar un plan completo con acciones conjuntas para frenar esta creciente sensación de vacío y desesperanza.
Como sociedad, educarnos para poder vivir tranquilamente en soledad, crear redes de acompañamiento y apoyo emocional, establecer programas de terapia social, desarrollar actividades recreativas comunitarias y construir proyectos productivos focalizados para personas solitarias, pueden ser algunas de ellas.
Como individuos, hagamos una pausa en nuestra vida diaria y llamemos a ese familiar o amigo que nos necesita, invitémoslo a una reunión virtual, juguemos en línea… La forma de conectarnos es irrelevante, solo necesitamos saber que interactuar de manera amorosa, abierta y comprensiva con quien lo necesita puede alejarlo del abismo de la soledad y devolverle la esperanza.
Recordemos que aunque vaya contra la concepción misma de la palabra, para abrazar no se necesitan brazos, tan solo el deseo profundo y verdadero de hacerlo.



