Mientras el gobierno de Iván Duque le ponía los últimos detalles a su proyecto de reforma tributaria para enfrentar los efectos de la pandemia, en medio de esta dos países del vecindario dieron pasos decisivos para escoger nuevo gobernante en comicios que sirven para hacer comparaciones y que encienden alarmas para Colombia.
En Ecuador, con alrededor de cinco puntos porcentuales de diferencia, el exbanquero de derecha Guillermo Lasso se impuso en segunda vuelta a Andrés Arauz, el exministro y joven candidato del correísmo, con lo cual se desactivó el riesgo de una crisis mayor en ese país, que a una calamitosa situación económica y social hubiera agregado una inestabilidad política mayor, provocada por una administración de tintes más que populistas.
Ecuador prefirió darle la oportunidad de gobernar a un dirigente veterano que había intentado tres veces llegar a presidencia y no a un hombre de poca carrera política que podría haberse convertido en títere del expresidente Rafael Correa, quien en los buenos tiempos del petróleo se quiso convertir en amo y señor del Ecuador con una democracia izquierdizada e intimidante para los medios de comunicación.
El punto aquí es que esta vez, en segunda vuelta, primaron los intereses del país sobre los de muchos partidos y del propio gobierno para armar una especie de ‘Todos contra Correa’.
Sin embargo, en la primera vuelta hubo riesgo de que esto no pasara. Lasso estuvo a muy poco de perder con el candidato del movimiento indígena,Yaku Pérez, que quizá no hubiera logrado reunir todo el voto anticorreísta.
La lección en este caso para los políticos en Colombia que tanto temen una llegada de la izquierda radical al poder es que probablemente es mejor acudir a alianzas antes de la primera vuelta y no dejar todo para hacerlas a otro precio en la segunda.
Es importante llegar, así sea de segundos, con un candidato fuerte electoralmente para no dejar que se marquen diferencias que dejen al primero casi como un ganador inevitable. Arauz en algún momento lo pareció.
Habría que decir que tuvo suerte Ecuador esta vez: el correísmo seguirá vivo, pero no en el poder. Eso sí, Lasso tendrá que hacer un esfuerzo enorme en términos políticos y económicos en su periodo, que empieza en mayo, para que la próxima vez el turno no sea de nuevo para el expresidente Correa o uno de sus amigos.
En cambio, no tuvo tanta suerte Perú, que en medio de la crisis política que dejó cuatro presidentes en cuatro años, y entre 18 candidatos de todos los pelambres, escogió como opciones para la segunda vuelta, el próximo mes, a Pedro Castillo, un profesor y líder del magisterio, declarado comunista pero a la vez muy conservador en temas de familia y demás, y a Keiko Fujimori, la hija del popular ex presidente Alberto Fujimori, quien quiso ser un autócrata y perpetuarse en el poder, y hoy está pagando 25 años de prisión por corrupción. Castillo obtuvo menos del 20 por ciento de los votos y Keiko, alrededor del 14 por ciento.
Lo primero que salta a la vista es el fenómeno de Castillo. Se trata de un hombre salido de la provincia que fue a votar en caballo y que se hizo más o menos conocido por haber liderado en 2017 una huelga nacional de maestros. Este hombre de sombrero y poncho fue candidato porque el jefe de su partido -una organización sin mayor historia, por cierto- fue condenado por corrupción. Ahora se debate en Perú sobre los presuntos vínculos del profesor con la guerrilla de Sendero Luminoso.
Castillo propone estatizar la minería y casi todo lo demás, acabar con el tribunal constitucional y hacer una nueva constitución. También dijo que indultaría a su jefe político.
Su victoria del domingo es vista como la respuesta de la provincia olvidada al poder económico y político concentrado en Lima y ahora ese mismo poder tendrá que apostarle seguramente a Keiko Fujimori, rechazada por lo que hizo su padre -otra sorpresa electoral extraña en los 90-, para evitar un gobierno estilo Evo Morales o Nicolás Maduro. En últimas escoger el mal menor.
Si esos partidos con más tradición hubieran entendido que conservar la democracia es también reducir los desequilibrios, mantener la confianza popular en sus instituciones partidistas y formar líderes con carreras impecables, Perú ni ningún país que quiera llevar ese rótulo estaría en estas.
Castillo, para sorpresa de todos, ganó la primera vuelta porque había mucha atomización política y sus compañeros profesores en todo el país le hicieron la campaña y en muchas provincias, sobre todo las más pobres de la sierra, ganó con amplia diferencia.
Colombia también es un país centralista, aunque menos que otros, pero sobre todo es una país que poco a poco ve como sus partidos tradicionales se convierten en cascarones que no sirven más que para negociar avales. Y las nuevas son cada vez más personalistas: más que a ideas están pegados a un apellido.
Al paso que vamos, no sería raro que un día nos toque escoger también con qué veneno nos suicidamos, políticamente hablando.
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