La manera de comunicarnos entre personas, debería ser mediante un diálogo abierto en el que podamos exteriorizar nuestros puntos de vista, intercambiar ideas y reflexionar, por medio de la palabra hablada o la escritura.
El diálogo, que proviene de la antigua Grecia, con los Diálogos de Platón, siguiendo por la antigua Roma y a otras culturas de la historia, es considerado un género literario. En la literatura existen tres tipos de diálogo: el platónico (hallar la verdad), el ciceroniano (dirigido hacia lo político y retórico) y el lucianesco (humorístico y satírico).
Está claro que el lenguaje evoluciona con el tiempo, y que han llegado innovaciones que han transformado el concepto de la comunicación verbal y escrita. La escritura ha sido influenciada por las nuevas tecnologías, pero ha sido internet la que ha provocado cambios vertiginosos en la comunicación inmediata.
En 1982, surgió el recurso de los llamados emoticonos, como apoyo lingüístico a las conversaciones por la red. Un medio rápido de comunicación que se ha institucionalizado a nivel mundial, que nos ha robado la capacidad de gestionar lo escrito con rapidez mental dando paso a un lenguaje mudo y colorido, que nos saca de embrollos ocasionales, sin llegar a ser suficiente.
Pero una cosa es el lenguaje actual de las simpáticas caritas, y otra, el habla, que nos permite expresar ideas, trasmitir conocimientos y compartir experiencias, por ser de naturaleza sociable e ir nuestro desarrollo mental, espiritual y físico, de la mano con la sociedad.
Cuando estamos hablando con otra persona, pasamos de escuchar a oír mientras elaboramos qué vamos a decir cuando el otro acabe, en vez de intentar prestar atención a lo que nos dicen, quedando el diálogo bloqueado por incontinencias verbales. ¿Quiénes nos “amparan” hoy en día, de la incapacidad de dialogar con fluidez? Las caritas o figuritas, que están minando nuestra capacidad mental de reacción.
Saber conversar, no es fácil. Por eso, dichas caritas nos eximen de la vergüenza de no saber que decir. Estamos olvidando el placer de conversar por teléfono y de expresar cara a cara nuestros pensamientos mediante la palabra, aunque no es menos cierto, que el encuentro cara a cara con amigos, en ocasiones se convierte en un desorden de ideas expuestas que dan paso a un conflicto mental confuso y desesperante, por el deseo de hablar todos al tiempo. Un proverbio oriental dice: “Nadie pone más en evidencia su torpeza y mala crianza, que el que empieza a hablar antes de que su interlocutor haya concluido”.
No somos conscientes de la importancia que tiene saber escuchar ni de lo mucho que nos beneficiaría potenciar esta habilidad, ya que oír siempre se oyen cosas, pero escuchar, escuchamos poco, por la escasa atención que prestamos a nuestro interlocutor. Un egoísmo inconsciente y comodón pero envuelto en vida, que revuelca nuestro interior y nos obliga a permanecer activos.
“La escucha es una habilidad que exige apertura, transparencia y ganas de comprender. El justo equilibrio entre saber escuchar y saber hablar produce el dialogo”.
Poco o nada queda de las añoradas sobremesas en las que departíamos en familia durante un ameno rato. Las costumbres han cambiado, todo es más informal, pero no estoy de acuerdo con los que defienden la teoría de que ha sido para mejor.

