Los seres humanos somos sociales por naturaleza. Nos realizamos en la medida de nuestra interacción con otros. Hacemos parte de una malla social la cual llamamos humanidad y lo que somos y hacemos genera un impacto en todo lo que nos rodea, pero principalmente en los demás.
Se espera en términos normales que nuestro vínculo con otros sea para: construir, edificar, colaborar, compartir etc. y nuestro acierto en la manera como nos relacionamos con los demás, es una buena medida de lo que es verdaderamente el éxito.
La versatilidad, esa capacidad de ajustar nuestro comportamiento para interactuar con todo tipo de personas, es un distintivo de crecimiento y madurez.
Lo otro es evitar, hacer el quite a cierto tipo de personas que de manera natural ya sea por nuestras características de temperamento, formación académica, condición social, aspecto generacional etc. no calzan con lo que más no gusta o más nos conviene. Pero aprender a reconocer en cada ser humano su alta estima y dignidad a pesar de nuestras diferencias, es ante todo una cuestión de verdadero amor.
Amar lo que nos rodea, todo lo que está contenido en la creación es importante, amar la naturaleza, las plantas, los animales es hermoso, pero no es el más alto desafío, pues normalmente nada de ello nos hiere. Amar al ser humano es otra cosa, pues solo será posible con el amor Ágape, del Griego A que significa sin y Gape o Gapo que significa barreras) Sin Barreras, es decir sin prejuicios, condicionamientos, estigmatizaciones etc.)
La Madre Teresa decía que este tipo de amor, el amor Ágape, implica dolor, porque no necesariamente una vez que lo damos nos es devuelto, y porque además este amor se mantiene a pesar de los muchos golpes, las muchas heridas que normalmente acumulamos a lo largo de la vida y que nos duelen profundamente porque han sido ocasionadas muchas veces por los más cercanos.
Afortunadamente tenemos la posibilidad de ser restaurados cada vez que lo necesitemos para poder mantenernos como canales que comuniquen esta clase de amor.
Esa posibilidad solo es real en la medida que estemos conectados, en permanente relación con la única y genuina fuente de amor que es Dios mismo. Dios es amor. Si no partimos de allí, aunque tratemos, no podremos, pues es imposible dar de lo que no tenemos.
Podemos volvernos artistas, y aparentar con maneras externas que amamos, pero al final tarde que temprano se hará evidente que solo fue un esfuerzo fallido. Cuando nos acerquemos a otros, es bueno que nos preguntemos para qué? Estoy dispuesto a dar, o mi pretensión es solo recibir?
Nos equivocamos cuando pensamos que otro ser humano tan limitado, frágil, débil y necesitado como yo, puede suplir las expectativas integrales que tengo también como ser humano.
Si esa es la motivación, inevitablemente vamos a perder y no solo eso, pues acumulando frustraciones por no tener respuesta a mis más sentidas necesidades, correremos el riesgo de volvernos implacables, vengativos, rencorosos y crueles.
Nos volveremos inquisidores y justicieros inclusive por un mínimo fallo, un error, o una pequeña falta y que decir cuando constatamos el enorme déficit que los demás tienen y que impide que puedan dar de lo tampoco tienen y que de todas maneras igual demandamos de ellos.
Por esta razón, cultivar mi relación personal con Dios debe ser lo no negociable en mi vida, mi mayor prioridad. Y esto nada tiene que ver con religión, es simplemente aceptar que necesito beber de esa genuina fuente del verdadero amor y entonces aunque nos duela, no temeremos experimentarlo, portarlo y compartirlo, porque habré entendido que amar solo tiene sentido en la medida que los demás sean el objeto donde yo pueda comunicar el amor que he recibido y en el que he sido formado.
El único temor valido que debemos sentir respecto del amor es cuando nos desprendemos de él, cuando creemos que no es necesario, que ya estamos completos, cuando cometemos el gravísimo error de dejarnos a merced de nosotros mismos.



