Expresarse por medio del habla o la escritura en su justa medida, no es fácil. Muchas veces solemos hacerlo con abundancia de palabras insustanciales, sin mesura o influenciados por el lenguaje callejero.
Son términos que hacen trizas el idioma y que escuchamos a diario en la calle, en televisión, en la radio y en diferentes escritos. Este tema, que siempre está presente en nuestro pensamiento, lo abandonamos quizá por pereza. Hay quienes por desconocimiento exageran en la verborragia, pretendiendo demostrar su preparación intelectual, o su mérito.
Comunicarse bien, es un arte que deberíamos estudiar en colegios y universidades, para nuestro buen desempeño futuro tanto en la vida profesional, amorosa, o en conversaciones con cualquier ser humano y en cualquier sitio público o privado. El buen entendimiento o comprensión y el buen desempeño, van ligados a la manera de comunicarnos en la vida diaria.
Son muchos los entendidos que se han interesado en este tema. Casi todos condenaron la verborragia, la elocuencia excesiva, la suntuosidad verbal y concluyeron que se debe ser simple y breve en el habla. Según ellos, las personas afectadas en su verbo, se verán afectadas en otras situaciones de la vida.
El lenguaje debe ser simple y sin artificios, ya que lo importante es el entender al otro, para que haya mejor comprensión de lo dicho.
El diccionario está para emplearlo, pero sin hacer acopio de palabrería. Digo lo mismo, para el diccionario callejero, que día a día va añadiendo frases o palabras solo entendidas por ellos, y en su gran mayoría, no reconocidas por la RAE: “está que te cagas, guay, me la suda, accesar (acceder), más moderno y que para algunos es correcto (les hace parecer cultos), cuando no lo es.
Palabras que en su mayoría, son producto de la influencia tecnológica, redes sociales, videos en línea, y entre otras cosas, algunos barbarismos: ven antes (de) que salga, andé por anduve, conducí por conduje, y vulgarismos: diabetis, por diabetes, agarré y me fuí, movistes por moviste etc.
“El filósofo Montaigne (1533 – 1592) dedicó brillantes líneas al tema. Montaigne contó dos historias instructivas y divertidas: los embajadores de una ciudad griega trataban de convencer al rey de Esparta para que se uniera a un esfuerzo de guerra. El espartano les dejó hablar largo y tendido. Luego dijo: «No recuerdo el comienzo ni la mitad de tu discusión. En cuanto a la conclusión, simplemente no me importa».
En la otra historia, dos arquitectos atenienses se disputaron el honor de construir un gran edificio. El público al que correspondía la elección escuchó un extenso discurso del primer arquitecto. La gente ya se inclinaba hacia él cuando el segundo solo dijo: «Señores atenienses, lo que éste acaba de decir, lo voy a hacer».
Son muchos los políticos sobre todo de América Latina, que con su elocuencia exagerada, pretenden decir mucho sin decir nada, para confundir a quienes creen que el verbo incomprensible, es sinónimo de preparación.
Montaigne: “Me gusta un lenguaje sencillo y puro, la escritura breve y concisa, no delicada y rubia, sino vehemente y abrupta, sin afectación, expresiva en todas sus vertientes, no una lengua pedante, fraile o abogada, pero preferiblemente soldadora como Suetonio, historiador y biógrafo romano, calificó la de Julio César”. Celebre político, asesinado. Conquistó a Cleopatra y casi el imperio romano.

