Posiblemente, desde la publicación de la “Humanae vitae” por San Pablo VI, el Vaticano no había publicado un texto que levantara tanta polémica como ha hecho la Declaración “Fiducia supplicans” (FS). De todos modos hay que dejar claro tres aspectos fundamentales de la declaración. En primer lugar en el documento la doctrina del matrimonio permanece inalterable, en segundo lugar no se permite bendecir ninguna unión ilícita ni tampoco ningún pecado y, en tercer lugar, la declaración fija su mirada sobre las personas, aunque pueda generar confusión y objeciones, no es un documentos herético.
También hay que dejar claro, que en la Iglesia Católica es inaceptable cualquier tipo de discriminación y de prejuicios. Los que lo practican, impiden el proceso de conversión de un fiel que quiera acercarse a la misericordia de Dios y lo aleja de la Iglesia. La Iglesia es inclusiva, es de todos y para todos, pero el que quiere hacer parte de ella debe conocer y aceptar su doctrina y los valores que la cimientan y que tienen su raíz y fundamento en la Palabra de Dios y en el Magisterio de la Iglesia.
Dios es infinitamente misericordioso. En la caridad pastoral hay una llamada a que todos los pecadores podamos ser bendecidos, pero no a bendecir nuestro pecado. Este fue el proceder de Jesús de Nazaret, quien ‘dijo-bien’ de la mujer pecadora a quien querían apedrear, pero no por ello bendijo sus acciones pecaminosas de adulterio (Juan 8, 11).
En consecuencia, el Evangelio nos invita a que bendigamos a cuantos se abren al don Dios, incluidos quienes viven en situaciones afectivas irregulares; mientras que no nos otorga potestad alguna para bendecir sus uniones contrarias al designio de Dios. Dios bendice a los pecadores pero no los pecados. ¿Y en el caso de las parejas que viven en forma irregular y no quieren cambiar su estado, ni pretenden convertirse es lícito bendecirlas?
Es aquí donde reside mi duda y objeción. Se argumenta que la bendición a parejas irregulares se hace movidos por la caridad hacia ellas, para que se sientan acompañados por la Iglesia, y con el deseo de que puedan descubrir el plan de Dios para ellos. Dice la declaración: “Quien pide una bendición se muestra necesitado de la presencia salvífica de Dios en su historia, y quien pide una bendición a la Iglesia reconoce a esta última como sacramento de la salvación que Dios ofrece. Buscar la bendición en la Iglesia es admitir que la vida eclesial brota de las entrañas de la misericordia de Dios y nos ayuda a seguir adelante, a vivir mejor, a responder a la voluntad del Señor”(FS 20) y “Estas formas de bendición expresan una súplica a Dios para que conceda aquellas ayudas que provienen de los impulsos de su Espíritu para que las relaciones humanas puedan madurar y crecer en la fidelidad al mensaje del Evangelio, liberarse de sus imperfecciones y fragilidades y expresarse en la dimensión siempre más grande del amor divino” (FS 31).
Esa práctica sería válida si fuera la apertura una sincera conversión. Pero eso supone que el sujeto -en este caso la pareja- quiere cambiar, quiere dejar de ser lo que es, y la bendición es una seguridad de que Dios está allí para ayudar, como en la mujer adúltera, vete y no vuelves a pecar, Jn 8, 11. Eso supondría que, las parejas irregulares o mono género que piden la bendición de Dios, se comprometerían a convertirse, a caminar en la gracia de Dios, y aceptar la doctrina de la Iglesia.
Teniendo en cuenta que el término pareja está intrínsecamente conectado con un tipo de relación y que en la mayoría de los casos de las parejas que piden la bendición viviendo en situación irregular no tiene intención de dejar su estado y pretenden seguir intencional y conscientemente viviendo en ese estado, personalmente, no creo sea pastoralmente correcto bendecirlas como pareja. Aunque no debemos olvidarnos que Dios siempre imparte su bendición sobre cada persona por medio de sus ministros independientemente de su credo, raza, tendencia afectiva etc.



