En mi último viaje a Bogotá, un hombre con camisa, chaleco y corbata- cachaco- me preguntó cómo me había parecido la capital y cuál había sido lo más emocionante. Le respondí muy confiado: «lo más emocionante es poder regresar a Sincelejo». Fui por seis días a la feria del libro, pero sólo me aguanté cuatro.
Resulta que Llevé a mis hijas al aeropuerto El Dorado. Melissa iba a Cartagena de Indias y Orieta para Montería. Le expresé a la agencia de viajes que quería adelantar mi regreso, tuve que pagar una multa de 200 mil pesos, que salían más baratas que regresar al hotel por dos días más. Pero más allá de acompañar a mis hijas, lo que más quería era estar en Sincelejo, donde llevo 31 años. Ya no me voy de aquí ni si me echan, aunque han tratado.
Actualmente no figuro en la lista de protocolo de ninguna entidad y en el museo Manuel Huertas mi foto de escritor, con un premio nacional de novela y dos de cuentos, sin mencionar los de crónica, fue la primera que desapareció. No figuro en la lista de escritores de los entes de la cultura ni en sus protocolos.
Pero más allá de las malas querientes, como las brujas de que los hay los hay por todas partes, Sincelejo es el mejor vividero del mundo. Caminar sus calles rápidas pateando piedrecitas con las manos en los bolsillos, tomar una moto y desaparecer con la brisa aún sin privatizar de las tres de la tarde en una esquina o tertuliar en los parques, no lo cambio ni por San Jacinto, Bolívar, que fue donde nací. Tuve esa suerte, de nacer en San Jacinto, pero disfrutar de Sincelejo. Me formé en Barranquilla, he trabajado en todas las capitales del Caribe, pero a Sucre le he dado lo mejor de mi talento.
Sincelejo y Cartagena de Indias me dieron tres hijas profesionales. Si San Jacinto me dio la cuna, Sincelejo me regaló su brisa. Ahora comprendo por qué tanta gente foránea se queda en Sincelejo y ya tienen dos metros de tierra en el parque de la 20. Allí quieren que los entierren.
La última vez que intenté ir a Bogotá me dejó el avión y no me perdí de nada. Salí caminando a sacar plata en un cajero y me detuve a hablar como con veinte amigos y allí se me pasó el tiempo. Cuando llegue al aeropuerto de Corozal ya habían despachado el avión.
El sincelejano raizal se volvió una minoría. El 90% de los periodistas viejos no son de aquí. El único es Orlando Álvarez. Ninguno de los acordeonistas y músicos famosos nacieron aquí. Fortunato Chadid era de Toluviejo. Calixto y Eliecer Ochoa de Valencia, César. Rubén Darío Salcedo de Morroa , Alfredo Gutiérrez de Palo Quemao, Lisandro Meza de El Piñal, Demetrio Guarín de Corozal, Pello Torres de Calamar, Miguel Durán de Caucasia, Gilberto Torres del Carmen de Bolívar.
Propiamente de aquí Justo Almario y de los nuevos William Torres, Nelson Álvarez los hermanos Gutiérrez y los hijos de Calixto Ochoa. Pero no solo músicos. Sincelejo está lleno de Paisas, Vallunos, rolos y cachacos que ya no se irán. Uno de ellos es el doctor Edwin Carrillo, gerente del Banco de la República, de excelente labor.
Algunos, como el ex banderillas Guillermo González, que vino de Medellín, de 78 años, un hombre colorido y de pelo blanco, de buen porte, elegante, con boina vasca, no se aquerencia en Medellín ni Bogotá. De noche no sale ni a qué ni para qué, con esas calles tan oscuras y con tanto frío.
Su mujer es de Ciénaga de Oro Córdoba y ella quería vivir en Montería. Prefiere Sincelejo por la calidez de su gente. En Sincelejo todavía hay direcciones de boca. Cualquier persona te lleva a la dirección que buscas, cerca de las vacas o el zapatico rojo, o la Cruz de Mayo o la Plaza de Majagual.
Sin duda, hay una conexión espiritual con Sincelejo, hay conocimiento y memoria, y eso es el territorio. Somos terrones con dos patas.



