Dicen que en política la imagen lo es todo. Pero en Colombia, donde la realidad supera cualquier libreto de teatro absurdo, la reciente cirugía estética del presidente Gustavo Petro ha elevado el debate a otro nivel: al del quirófano nacional.
Mientras el mandatario se somete (según fuentes médicas y periodísticas confiables) a un lifting facial reservado durante la Semana Santa, el país se desangra lentamente por heridas mucho más profundas como la inseguridad y el desmedido aumento de acciones terroristas.
Y es que Colombia no necesita un retoque cosmético, sino una cirugía de alta complejidad al sistema de seguridad y orden público. Una operación a corazón abierto que enfrente de manera decidida el cáncer metastásico del narcoterrorismo, de la criminalidad rampante, de las bandas armadas que hoy actúan con impunidad en múltiples regiones, así como la creciente corrupción al interior del estado y sus instituciones. Esa es la intervención urgente, no el rejuvenecimiento del rostro presidencial.
La paradoja es grotesca: el presidente aparece en televisión con un cuello cubierto estratégicamente por un suéter, con el rostro más terso que nunca, justo cuando los colombianos viven días más tensos que tersos. En redes sociales se viralizan comparaciones entre su antes y después, pero lo que debería viralizarse es la indolencia estatal frente a los territorios tomados por disidencias, clanes, y estructuras criminales que desafían al Estado con una arrogancia escalofriante, mientras este los complace y cada día da más prebendas.
¿Será acaso que el afán por verse bien en cámara tiene un trasfondo más electoral que médico? ¿Estará el presidente (como buen estratega político) proyectando su imagen para futuros tarjetones? ¿Una segunda parte del ‘cambio’ requiere una imagen más televisiva que opaque el sinfín de desaciertos? No lo sabemos, pero el maquillaje político ya no alcanza para cubrir los efectos de una gobernabilidad en cuidados intensivos.
Mientras el rostro presidencial se retoca, el país se deforma. En departamentos como Cauca, Nariño o Chocó, Arauca y los Santanderes la violencia no solo no ha cedido, sino que ha mutado. Las disidencias de las FARC y el ELN (a quienes el gobierno insiste en tratar como si fueran ONG con fusil) han ganado terreno, y la famosa “paz total” ha derivado en un desorden generalizado donde el ciudadano del común siente que está solo, abandonado, expuesto.
A esto se suma la evidente desconexión con la realidad que se percibe en los altos círculos del poder. Mientras se habla de estética presidencial, los líderes sociales siguen cayendo, los transportadores siguen extorsionados, los campesinos desplazados, reiniciaron los secuestros, se multiplican las extorsiones y los jóvenes de barrios populares atrapados entre el microtráfico y la desesperanza.
¿No sería mejor invertir el tiempo, la atención y los recursos del Estado en un lifting institucional a las Fuerzas Armadas, a la Fiscalía, a la inteligencia del Estado? ¿No debería el presidente preocuparse más por levantar al país que por levantar sus pómulos?
Porque, presidente Petro, no se trata de cómo se ve usted en televisión, porque de ser así le aseguro que para eso no hay cirugía, eso sería un milagro; sino de cómo se sienten millones de colombianos que viven con miedo, con rabia, con desilusión. Esa es la cara verdadera del país, la que no se maquilla, la que no se oculta con suéteres ni se alisa en una sala de cirugía.
Hoy más que nunca, Colombia necesita una intervención real, profunda, integral. Necesita que se le escuche, que se le proteja, que se le respete. Lo que no necesita es un nuevo rostro para un viejo problema: la política del espectáculo.
A fin de cuentas, una cara nueva no garantiza un cambio de rumbo. Y la historia ha demostrado que los gobiernos no fracasan por cómo lucen sus presidentes, sino por cómo gestionan sus promesas y cómo responden ante el sufrimiento colectivo. Colombianos la cirugía que necesita Colombia, se hará en las próximas elecciones, hay que erradicar este cáncer que ha sumido al país y que se llama Petro y su gobierno del falso cambio.





