Hoy quiero presentar un análisis crítico, con un enfoque histórico y comparativo, sobre cómo se celebraba el Día Mundial del Trabajo en los años 70 frente a la forma en que hoy es interpretado y politizado por ciertos sectores sindicales en Colombia.
EL PRIMERO DE MAYO: UN SÍMBOLO UNIVERSAL
El Día Internacional del Trabajo se originó en la lucha de los Mártires de Chicago en 1886. Óigase bien: fue en Estados Unidos donde nació esta fecha, como un espacio de reivindicación, memoria obrera y confrontación ideológica.
En Colombia, durante varios años, esta fecha se vivió con profundo respeto y movilización genuina de la clase trabajadora. Sin embargo, no sabemos con certeza en qué momento ese sentido original fue reemplazado por un discurso antiestadounidense. En medio de las arengas de «¡Fuera el imperialismo yanqui!», se desdibujó el verdadero sentido de esta lucha norteamericana. La conmemoración pasó a estar marcada por repeticiones ideológicas y apropiaciones políticas que distorsionaron su propósito original.
LOS AÑOS 70: LA ÉPOCA DORADA DE LAS LUCHAS SINDICALES
En los años 70, Colombia vivía un contexto de convulsión social. Las grandes centrales sindicales como la CTC, la CSTC, y una naciente CUT empezaban a consolidarse. Era común ver extensos desfiles de trabajadores del sector público y privado. Se vivían auténticos conflictos laborales en sectores clave como el petrolero, ferroviario, portuario, educativo y de la construcción.
Durante esas décadas, el Primero de Mayo era un día de conmemoración y aprendizaje. Se recordaban luchas locales e internacionales. Los discursos giraban en torno a condiciones laborales dignas, seguridad social y justicia humana.
Líderes como Luis Eduardo Nieto Arteta, Gerardo Molina o incluso el padre Camilo Torres encabezaban estas marchas. Eran ideólogos comprometidos que hablaban a una clase trabajadora politizada, sí, pero también consciente y conectada con los debates nacionales. Las demandas eran claras: estabilidad laboral, aumento del salario mínimo, derecho a huelga y una legislación laboral moderna.
A pesar de las afinidades ideológicas (comunismo, socialismo, cristianismo social), el verdadero protagonista era el trabajador, no los partidos políticos.
DEL PROGRESO A LA CRISIS: EL ESTANCAMIENTO SINDICAL
En las décadas de los 80 y 90, el sindicalismo comenzó a fracturarse. La violencia política, la infiltración del narcotráfico en la economía, el asesinato de líderes y la crisis industrial con el cierre de numerosas empresas minaron su legitimidad. El Primero de Mayo perdió fuerza como jornada de unidad y se contaminó con el transfuguismo político, debilitando la seriedad de muchos dirigentes sindicales.
El conflicto armado también erosionó la percepción del sindicalismo, al ser señalado —muchas veces de forma injusta— como cercano a la insurgencia. Muchos sindicalistas, que antes eran liberales o conservadores auténticos, terminaron absorbidos por promesas de izquierda que ofrecían una supuesta mejora en la calidad de vida… que nunca llegó.
Hubo casos graves: líderes sindicales del sector educativo desviaron recursos de los propios maestros para apoyar campañas políticas que luego incumplieron por completo, sin que se alzara una voz firme de protesta, a pesar del maltrato que hoy sufre ese gremio, incluso en materia de salud.
UNA CONMEMORACIÓN SECUESTRADA POR LA POLÍTICA
En la última década, el Primero de Mayo se ha llenado de una narrativa política y partidista que incluye:
- Uso del Día del Trabajo como tarima electoral.
- Intervención de políticos de izquierda y autodenominados “progresistas” con discursos populistas.
- Marchas donde el trabajador ha pasado a un segundo o tercer plano y es usado como simple vehículo de una causa ideológica.
Los sindicatos se han fragmentado y ya no representan las causas laborales reales. La CUT, Fecode y otras centrales se comportan como operadores políticos, llevando a sus afiliados de gira por las promesas del político de turno, olvidando su rol como defensores gremiales.
Las convocatorias se han vuelto repetitivas, cargadas de eslóganes antiempresariales y antiinstitucionales, sin propuestas técnicas ni modernas.
RETÓRICA VACÍA Y AUSENCIA DE FUTURO
Las arengas siguen evocando la “lucha de clases” y la “revolución”, pero esa revolución mal entendida ha resultado en el deterioro de la clase trabajadora. Se hace un uso superficial del marxismo o del lenguaje bolivariano, sin comprender las condiciones económicas actuales. Se ataca a la empresa, como si fuera el enemigo, sin entender que de ella depende el sustento de muchas familias.
Los discursos no se ajustan a los tiempos. No se habla de teletrabajo, transición energética, automatización, reforma pensional o empleo informal. Se repite un guion de los años 70, ignorando que estamos en plena cuarta revolución industrial.
El Primero de Mayo se ha convertido en un campo de enfrentamientos, vandalismo y choques con la fuerza pública. Eso aleja a los verdaderos trabajadores y a la ciudadanía, disminuyendo el impacto de las marchas.
TRABAJADORES INVISIBILIZADOS
Paradójicamente, quienes más sufren en el campo laboral —los vendedores ambulantes sin seguridad social, los domiciliarios sin contrato, los trabajadores informales— son los más invisibles. Muchos terminan en las marchas llevados por necesidad y por las arengas vacías, siguiendo la lógica del dicho popular: “van para donde va Vicente”.
Ya no hay sentido de unidad. Se perdió la mística del trabajador como constructor de nación. Y lo más importante: se ha perdido el respeto por el Primero de Mayo como fecha de reflexión.
RECUPERAR LA DIGNIDAD DEL TRABAJO
Aún estamos a tiempo de recuperar la dignidad del trabajo como un valor universal. Urge un verdadero diálogo entre trabajadores, empleadores y el Estado. El sindicalismo necesita volver a sus raíces: la verdad, el servicio y la modernidad. No se trata de politizar, sino de reconstruir dignidad.
Las centrales obreras deben recordar que Colombia necesita, con urgencia, recuperar el espíritu original del Día del Trabajo: una jornada de unidad, memoria y construcción. Hay que arrancarle el oportunismo político y devolverle el protagonismo al trabajador, verdadero motor del desarrollo nacional.
El Primero de Mayo debe dejar de ser un grito vacío. Necesitamos convertirlo en una conversación seria sobre el presente y el futuro del trabajo en Colombia.




