En Cartagena de Indias, la inseguridad no descansa y los asesinatos selectivos se han vuelto rutina en cualquier parte de la ciudad incluso casi frente a las narices de la Policía y mientras algunos medios aliados resaltan la popularidad del alcalde Dumek Turbay y sus continuas apariciones en redes sociales, en las comunidades más golpeadas por la pobreza retumba otra verdad: una ciudad que se siente sola frente a la delincuencia, la extorsión y el terror.
¿Liderazgo real o espectáculo político? Tener buena imagen en las encuestas —influidas por la pauta y el manejo mediático— no siempre refleja una gestión efectiva. Los cartageneros reclaman más que discursos bien editados: piden acciones concretas frente a la crisis de seguridad que los afecta a diario.
En sectores donde la precariedad es norma y donde muchas niñas caen en redes de explotación bajo engaños, la ciudadanía no necesita un mandatario con frases ensayadas ni apariciones virales, sino uno que represente al Estado de manera efectiva. ¿Dónde está ese liderazgo cuando en barrios como El Pozón, Olaya, Nelson Mandela o La Esperanza se reportan homicidios por vacunas o amenazas a comerciantes con notas extorsivas?
Mientras los atracos en moto se disparan, los robos a turistas se hacen virales y comerciantes consideran protegerse por cuenta propia, el alcalde es visto celebrando efusivamente un gol de Real Cartagena o pronunciando frases de cajón en eventos públicos. Todo esto, mientras la sangre corre en las esquinas, en medio del silencio institucional.
En lo que va de 2025, ya se han registrado 137 crímenes en la ciudad. 102 de estos han sido ejecuciones bajo la modalidad de sicariato, lo que confirma que el crimen organizado no solo está presente: está ganando terreno.
A esto se suman 18 muertes en riñas, 6 en atracos y 11 casos bajo circunstancias aún no aclaradas. Pero en lugar de respuestas estructurales, lo que se ve desde la Alcaldía es una narrativa maquillada, ruedas de prensa complacientes y promesas recicladas. ¿Qué percepción positiva puede tener una ciudad donde te matan por decir la verdad o por negarte a pagar una extorsión?
Cartagena no necesita más discursos, necesita presencia real del Estado en los barrios que hoy son dominados por el miedo, donde los líderes comunitarios deben esconderse o exiliarse, y donde el silencio ya no es prudencia: es supervivencia. La verdadera percepción ciudadana no está en una encuesta; está en los callejones donde suena una moto, y la gente corre porque teme que sea la última vez que vea el sol.
La grave situación de inseguridad que enfrenta Cartagena de Indias no se resuelve con cemento, maquetas o eventos de farándula criolla. Hace falta decisión frente al crimen organizado, acciones firmes contra las estructuras que controlan los barrios y, sobre todo, una inversión decidida en el tejido social. Los jóvenes no necesitan discursos; necesitan oportunidades, protección y esperanza.
El verdadero liderazgo se construye en la calle, escuchando al pueblo sin tanto show mediático. Porque si el respaldo popular se limita a encuestas y likes, y no se traduce en resultados concretos para la gente, entonces no estamos hablando de liderazgo, sino de estrategia política con fines electorales.
Cartagena, que se aproxima a celebrar sus 500 años de historia, merece algo mejor: un alcalde que vele por una ciudad segura, digna y en paz.



