El cerebro, con su asombrosa propiedad de plasticidad, se moldea y adapta a las nuevas tendencias. Esto ha dado paso al surgimiento del cerebro digital, que probablemente representa el siguiente paso en la evolución humana. Sin embargo, también emergen movimientos que promueven una desescalada tecnológica, reivindicando la importancia del papel y el bolígrafo como herramientas fundamentales en el aprendizaje.
En medio de una sociedad cada vez más tecnodependiente y visual, resulta sorprendente presenciar una partida de cartas o una clase basada en lectura impresa. Es, quizás, el reflejo de escuelas cuya filosofía pedagógica valora el esfuerzo como motor del aprendizaje. En varios países se han destinado fondos para reducir el uso de tecnología en las aulas, y no pocas asociaciones de padres solicitan que los teléfonos móviles sean excluidos del entorno escolar.
El cerebro del siglo XXI es una realidad. Pertenece a los llamados nativos digitales, y se encuentra en transformación constante. El uso excesivo de dispositivos digitales ha dado lugar a fenómenos preocupantes: impulsividad creciente, fluctuaciones emocionales ligadas a la dopamina y una fuerte dependencia de la validación externa, especialmente visible en los adolescentes, cuyo estado de ánimo parece moverse al ritmo de los “likes”.
Estudios recientes revelan una disminución del coeficiente intelectual, particularmente en capacidades como el lenguaje y la atención sostenida. Investigaciones en Hong Kong, por ejemplo, muestran pérdidas en la capacidad lingüística y en el enfoque atencional. Curiosamente, algunos estudios también reportan mejoras en la función ejecutiva, lo que plantea una interesante controversia.
Tres hallazgos clave destacan en este campo:
- Impacto en la corteza prefrontal, encargada del juicio, el comportamiento y el control de los impulsos.
- Alteraciones en el surco intraparietal, vinculado con la coordinación motora y la memoria visual.
- Cambios en las redes neuronales de la corteza cerebral, incluyendo la amígdala, que regula los estados emocionales.
Observar el cerebro hoy es como mirar el mar y sus ondulaciones. En su superficie emerge el neocórtex, con la corteza prefrontal como centro del análisis y la toma de decisiones. En sus pliegues se asoma el surco interparietal, que empuja y separa el área motora. En lo profundo, el sistema límbico se revela como epicentro de nuestras emociones, con la amígdala siempre alerta y el cuerpo estriado anticipando recompensas.
Frente a esta complejidad, surge la pregunta esencial: ¿formamos al cerebro con papel o con pantallas? No es una decisión sencilla. Hoy, 6 de cada 10 adolescentes usan videojuegos no aptos para su edad, el 98,5% está registrado en una red social, y el 57,5% lleva el celular a clase. La formación del cerebro se da en medio de esta realidad, que no se puede ignorar.



