Colombia ha tenido malos gobiernos, no hay duda. Pero ninguno como este. El gobierno de Gustavo Petro ha logrado lo que parecía imposible: superarse a sí mismo en errores, escándalos, improvisaciones y retrocesos. Lo malo fue el comienzo, lo más malo fue su consolidación… y lo peor es que todavía le queda un año y medio. Bienvenidos a la tragicomedia nacional del “Gobierno del Cambio”, que terminó siendo el mayor chiste de mal gusto que ha sufrido nuestra democracia.
Empecemos por lo malo: la conformación de su gabinete. Como si se tratara de un reality show ideológico, Petro nombró a activistas sin experiencia, a personajes que desconocen el Estado, a figuras que confunden la función pública con una asamblea estudiantil. Ministros que no sabían el nombre de su cartera, otros que duraron menos que un tinto en la mañana, y unos cuantos que usaron sus cargos como plataforma para politiquear o defender causas personales. ¿Quién recuerda los tres ministros de Minas en menos de un año? ¿O los cinco cancilleres? Parece una competencia de velocidad, no un gobierno.
Pasemos a lo más malo: la política pública. O mejor, la ausencia de ella. Porque Petro no gobierna: tuitea, teoriza, improvisa y se contradice. Cada día lanza una nueva propuesta sin sustento, sin cifras, sin estudios técnicos. De la salud a la educación, de las pensiones al transporte, todo lo convierte en una cruzada ideológica, desmantelando lo que funciona y reemplazándolo por ideas de laboratorio. Las reformas no se construyen, se imponen. Y cuando no pasan, culpa a la “oligarquía”.
En seguridad, la cosa es grave. Petro desmanteló la estrategia militar y de inteligencia que contenía a los grupos armados, creyendo que con discursos se desarman fusiles. El resultado: masacres, secuestros, territorios perdidos, y una Fuerza Pública arrinconada. “Paz total” es ahora sinónimo de “impunidad total”.
Ahora hablemos de lo peor: la corrupción. Ah, sí. Porque este gobierno, que llegó a moralizar la política, terminó embarrado hasta el cuello. El escándalo de su hijo Nicolás Petro, acusado de recibir dinero de dudosa procedencia para la campaña. La exjefa de gabinete Laura Sarabia con polígrafo en mano y maletines de dólares sin control. El caso del embajador en Venezuela, Benedetti, y sus grabaciones explosivas. Los contratos amañados, la mermelada progresista y los nombramientos clientelistas. Todo esto mientras Petro posa de redentor.
Y si eso no fuera suficiente, tenemos las salidas en falso del presidente. Sus discursos desordenados, sus trinos incendiarios, sus peleas con todo el mundo. Petro ha insultado a periodistas, empresarios, iglesias, campesinos, estudiantes, madres cabeza de hogar, la prensa internacional, y hasta al mismo Congreso que lo sostiene. A la crítica responde con insultos. A los problemas, con victimismo. Y cuando no tiene salida, inventa conspiraciones y “golpes blandos”.
La diplomacia es otro show. Rompe relaciones con Israel por Twitter, elogia dictaduras como la de Nicaragua y Cuba, y llama fascista al presidente de Argentina. Nuestros aliados históricos ya no confían en nosotros, y nuestros nuevos “amigos” son gobiernos con problemas de derechos humanos. La política exterior se maneja como un blog personal.
Y no olvidemos los errores de información: cifras falsas en discursos oficiales, datos mal citados, manipulaciones estadísticas, anuncios que luego desmienten sus propios ministros. Una desinformación deliberada que busca confundir y dividir.
Al final, lo que nos queda es la sensación de que estamos en manos del gobernante más improvisado, narcisista y destructivo de la historia republicana. Un presidente que llegó diciendo que representaba a “los nadies”, y terminó montado en el lomo del Estado para volverlo trizas.
Petro no está cambiando a Colombia; la está desmontando. Parte por parte. Sin prisa, pero sin pausa. Y mientras tanto, el país se ahoga en el desempleo, el hambre, la desconfianza y el miedo.
Por eso, cuando alguien le pregunte qué ha sido lo malo del gobierno Petro, no se limite a señalar un error. Dígale que lo malo fue su llegada, lo más malo su permanencia… y lo peor es que aún no se va. Colombia no merece esta pesadilla. Que llegue pronto el 7 de agosto de 2026, y que nunca más repitamos semejante error.



