Dice el refrán popular: “Genio y figura, hasta la sepultura.” Así es Abelardo Jr., una personalidad tan definida como impredecible. Los insultos de sus detractores —acomplejados o envidiosos— los convierte en vino, queso y pastel, para reírse de ellos con una carcajada genuina. La crítica le resbala; le brota el caribeño a flor de piel para responder con elegancia, sarcasmo y humor a las finuras del centralismo bogotano o a los juicios infundados de sus opositores.
Nada de eso lo perturba. Que digan lo que quieran. Esa irreverencia y autenticidad son, precisamente, su sello. El hoy candidato independiente ha sabido mostrar su vida familiar como reflejo de sus principios. Junto a su esposa e hijos transmite armonía, unión y afecto: su primer mensaje al país fue honrar la familia.
Su espíritu empresarial y su talento multidisciplinario lo llevan a compendiar artes, negocios y derecho penal. Como abogado defensor de la libertad, cree firmemente en la presunción de inocencia, la justicia y los derechos humanos. Para él, la abogacía, como la medicina, tiene una deontología clara: el abogado defiende derechos y libertades; el médico, la vida.
¿Por qué el pueblo se identifica con Abelardo De La Espriella? Porque es un estratega nato. Su visión de país se asemeja a una visión empresarial: productividad, eficiencia y generación de empleo.
Sus videos —a veces excéntricos— han provocado todo tipo de reacciones: admiración, crítica, curiosidad. Pero algo es indiscutible: su nombre nunca pasa desapercibido. Aparece cada día en conversaciones nacionales e internacionales. Su estilo de vida no debería ser motivo de juicio, sino de reconocimiento a su originalidad y disciplina. Mientras algunos se dejan dominar por la envidia, él crece en confianza y admiración.
El apellido De La Espriella resuena en ciudades como Cartagena y Montería, asociado a intelectuales, músicos, abogados y escritores de agudeza admirable. Su padre, don Abelardo, es símbolo de esa chispa costeña: un contador de anécdotas inolvidables, siempre acompañado de una copa de Ron Defensor On the Rocks, encendiendo las tertulias con sabrosura y humor.
Los psicólogos lo llamarían fenómeno del carisma: esa atracción natural que genera simpatía incluso entre quienes al principio lo criticaban. Abelardo Jr. transforma la antipatía en admiración, convirtiéndose en un imán social y político.
Su genialidad lo llevó a trascender como abogado, escritor y músico, combinando el arte, la espiritualidad y la gestión profesional. En sus escritos y columnas dejó huella como analista brillante, dueño de un verbo agudo y de un pensamiento libre. Su vida está rodeada de elegancia, cultura y pasión: vino, música, familia y patriotismo, elementos que se entrelazan con su sentido del deber y su amor por Colombia.
El emblema del Tigre no solo se convirtió en su sello político, sino también en un ícono que fascina a grandes y chicos. Representa fuerza, audacia y liderazgo, en contraste con una política tradicional desgastada y “prostituida”, como dice el pueblo. Abelardo ha sabido aprovechar la psicología de la propaganda, conquistando a los confundidos, a los que no creen en nada, y a quienes buscan un líder con carácter y autenticidad.
De la música pasó a la oratoria, del arte a la política, manteniendo un propósito claro: servir al ciudadano, fortalecer las familias, promover el patriotismo y devolverle a Colombia la libertad con orden y justicia con equidad. Por eso, como bien lo dice su lema, Abelardo De La Espriella no quiere ser un político más: quiere ser el gerente del país.



