El 2026 apenas comienza y el departamento de Sucre ya enfrenta un escenario alarmante en materia de seguridad. Cinco homicidios en menos de una semana, tres de ellos concentrados en un solo fin de semana en Sincelejo y Sampués, marcan un inicio de año violento que trasciende las cifras y expone fallas estructurales en el control del crimen y la respuesta del Estado.
Detrás de cada asesinato emerge un patrón inquietante: todas las víctimas tenían extensos antecedentes judiciales, algunos por delitos de extrema gravedad. Lejos de ser un dato accesorio, este elemento reabre un debate incómodo pero ineludible sobre la reincidencia criminal, la efectividad del sistema judicial y la ausencia de políticas reales de resocialización.
Los homicidios de Jorge Luis Barrios Sánchez, Elkin Rodríguez Villalba y Carlos Arturo Zapa López no ocurrieron de manera aislada ni pueden explicarse como hechos fortuitos. Según información oficial, entre los tres acumulaban más de 30 anotaciones judiciales, que incluían homicidio, tráfico de estupefacientes, porte ilegal de armas, concierto para delinquir, violencia intrafamiliar y delitos sexuales. A pesar de ese historial, los tres se encontraban en libertad al momento de ser asesinados.
Este dato, sin que implique justificación alguna de la violencia, plantea una pregunta de fondo: ¿Qué está fallando para que personas con prontuarios tan amplios sigan inmersas en dinámicas criminales hasta terminar ejecutadas? Reducir la explicación al lugar común del “ajuste de cuentas” no solo resulta insuficiente, sino que suele convertirse en una coartada institucional para cerrar investigaciones y anestesiar a la opinión pública.
El expediente de Jorge Luis Barrios Sánchez, alias “El Chapa”, es particularmente revelador. Con 20 anotaciones judiciales, entre ellas homicidio, fuga de presos y delitos sexuales, su trayectoria evidencia una carrera criminal prolongada sin contención efectiva. Un panorama similar presenta Elkin Rodríguez Villalba, investigado por porte ilegal de armas, hurto calificado y violencia intrafamiliar, además de un grave señalamiento por un delito sexual contra un menor. Carlos Arturo Zapa López, aunque con menos registros, también figuraba en procesos relacionados con narcotráfico y concierto para delinquir.
La repetición de estos perfiles deja en evidencia que no se trata de hechos aislados, sino de un patrón persistente: personas con múltiples antecedentes penales circulando libremente, expuestas a la violencia y, al mismo tiempo, insertas en ella.
Las autoridades confirmaron la captura de dos personas, quienes ya cuentan con medida de aseguramiento intramural. No obstante, el anuncio resulta insuficiente frente a la magnitud del problema. Capturar responsables después del homicidio no equivale a prevenir el delito, ni mucho menos a desarticular las estructuras criminales que operan en barrios urbanos y zonas rurales del departamento.
Mientras tanto, las comunidades donde ocurren estos crímenes permanecen atrapadas entre el miedo, la estigmatización y la normalización de la muerte violenta.
Existe además un impacto social profundo y poco discutido. Cuando las víctimas tienen antecedentes, se instala con facilidad la narrativa de una supuesta “limpieza” entre delincuentes. Esa idea es peligrosa: trivializa la muerte, normaliza la violencia y oculta el drama de comunidades enteras que siguen viviendo bajo la presión de bandas armadas, economías ilegales y microtráfico, alimentados por la falta de oportunidades reales.
No basta con contabilizar homicidios ni con resaltar los antecedentes de las víctimas como explicación automática de su destino. Se requiere una revisión profunda de las políticas de seguridad, del seguimiento judicial a reincidentes y de los programas de prevención que, hasta ahora, parecen insuficientes o inexistentes.
Mientras no se aborde el problema desde una perspectiva integral —que combine control efectivo, justicia oportuna y estrategias sociales sostenidas— el departamento seguirá atrapado en un círculo donde los victimarios de ayer se convierten en las víctimas de hoy, y la violencia continuará marcando el pulso de un territorio que merece algo más que estadísticas y titulares de sangre.

