Un día como hoy, hace 26 años, el corregimiento de El Salado, en jurisdicción de El Carmen de Bolívar, fue escenario de una de las masacres más atroces del conflicto armado colombiano. El crimen, perpetrado en plena administración del entonces presidente Andrés Pastrana, marcó de manera irreversible la historia de los Montes de María y se convirtió en símbolo del horror paramilitar en el país.
El 18 de febrero de 2000, hombres armados pertenecientes a las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) irrumpieron en El Salado acusando a sus habitantes de colaborar con la guerrilla.
Durante varios días, el corregimiento fue sometido a un régimen de terror. Las ejecuciones se realizaron de manera pública, en la plaza principal y dentro de viviendas, en medio de torturas, amenazas y actos de extrema violencia.

Alrededor de 60 personas —campesinos, líderes comunitarios y pobladores indefensos— fueron asesinadas. La sevicia de los hechos buscaba enviar un mensaje ejemplarizante: infundir miedo colectivo y consolidar el control territorial. El impacto fue devastador. Prácticamente la totalidad de la población sobreviviente huyó. El Salado quedó convertido en un pueblo fantasma.
El desplazamiento forzado fracturó el tejido social, desarraigó a familias enteras y sumió a la región en años de abandono. Las denuncias posteriores señalaron que existían alertas previas sobre el riesgo inminente y que hubo omisión y falta de protección por parte del Estado.
Con el paso de los años, el Estado colombiano reconoció su responsabilidad parcial por no haber garantizado la protección de la comunidad. Se iniciaron procesos judiciales, actos de perdón público y medidas de reparación integral para las víctimas.
El caso de El Salado trascendió como uno de los episodios más emblemáticos de la violencia paramilitar en Colombia, convirtiéndose en referencia obligada en informes de memoria histórica y en los debates sobre justicia transicional. Hoy, El Salado es un territorio que resiste. Sus habitantes han retornado progresivamente, reconstruyendo viviendas, recuperando tradiciones y reivindicando su derecho a la verdad y la dignidad.
La masacre no es solo un episodio del pasado: es un recordatorio permanente de las consecuencias del conflicto armado y de la urgencia de garantizar la no repetición. Hablar de El Salado es reconocer el sufrimiento de las víctimas, dignificar su memoria y reafirmar el compromiso con los derechos humanos en regiones como los Montes de María, profundamente golpeadas por la guerra.



