Cartagena de Indias no es una cifra, es una herida abierta que camina. Mientras desde los despachos oficiales se hablaba de un Plan Titán24 como la salvación de la ciudad, en las calles de Olaya, El Pozón La María, La Esperanza, Escallon Villa incluso en los sectores turísticos el eco de los disparos seguía marcando el ritmo de los días.
Hoy, el reconocimiento del alcalde Dumek Turbay sobre el fracaso de su estrategia insignia no es un acto de humildad política; es la confesión tardía de un naufragio que costó 60 mil millones de pesos y, lo que es imperdonable, cientos de vidas.
- El muro de cristal del «yo camino tranquilo»
Hay frases que se clavan en el alma de un pueblo como una burla. Cuando el alcalde respondió en una oportunidad “¿Cuál inseguridad, si yo camino tranquilo?”, no solo mostró su esquema de seguridad; mostró el abismo que lo separaba de la realidad del cartagenero de a pie.
- El sentir del cartagenero: El ciudadano que sale a las 4:00 a.m. a esperar un bus con el corazón en la boca no camina tranquilo. El taxista que sale en busca de sustento para su familia y no regresa, el padre que reza para que su hijo no sea alcanzado por una bala perdida en un fleteo, no camina tranquilo. Para el local, la frase del mandatario fue un portazo en la cara: la validación de que el gobernante estaba en una burbuja blindada mientras el resto de la ciudad en la selva violenta.
- El sentir del turista: Cartagena vende un sueño de romance y colonia, pero entrega, con demasiada frecuencia, una pesadilla. El turista que viene a buscar la magia del Caribe y termina encañonado en un restaurante, en una estación de servicio, asaltado en una muralla o desaparecido misteriosamente, siente una traición doble. No solo pierde sus pertenencias; pierde la fe en un destino que lo recibe con sonrisas y lo despide con denuncias. Para el visitante, la «tranquilidad» del alcalde suena a una publicidad engañosa escrita con sangre.
Las dolorosas cifras de 2024, 2025 y el inicio de 2026 son un bloque de cemento que hunde cualquier narrativa oficial. 411 homicidios en un año y 410 en el siguiente no es «estabilidad»; es un estancamiento en la tragedia. Si el indicador más crítico —la vida humana— no se mueve, entonces el Plan Titán24 no fue una estrategia, fue un decorado costoso. ¿En qué se fueron los 60 mil millones? La ciudadanía no quiere ver fotos de operativos ni despliegues mediáticos; quiere caminar sin mirar por encima del hombro. En política pública, el tamaño del cheque no exime la culpa; por el contrario, agrava el pecado de la ineficiencia.
El «Piloto» que busca culpables
Es preocupante que, ante el fracaso, el «piloto de la nave» intente diluir la responsabilidad sugiriendo falta de respaldo de sus subalternos. La ciudadanía no votó por un comité, votó por un liderazgo que prometió autoridad. El miedo no se disuelve con excusas burocráticas ni con cambios de tono en el discurso.
«El fracaso estratégico del Plan Titán24 no es una opinión de la oposición; es el veredicto de las calles que siguen oliendo a pólvora y de las familias que siguen vistiendo de luto.»
La realidad no se tapa con decretos. La seguridad no es una percepción, es un derecho. Cartagena no puede seguir siendo la ciudad donde el alcalde «camina tranquilo» mientras sus habitantes y visitantes se esconden tras las rejas del miedo en sus propias casas.
El reconocimiento del fracaso debe ser el inicio de una cirugía profunda, no una simple anécdota de medio término. Porque mientras la administración ajusta su discurso, la ciudad sigue bañada en sangre contando muertos. Y en este tablero, el tiempo se acabó: o se recupera el orden, o la historia recordará este periodo donde la esperanza de Cartagena fue sacrificada en el altar de la improvisación.



