El compositor de El Tablazo hizo de la poesía su mejor equipaje. Le cantó a la provincia, al amor, a sus hijas, a Valledupar y a la paz, dejando un legado que continúa vivo en el corazón del vallenato colombiano.
Hernando José Marín Lacouture nació para convertir la vida en canción. Antes de que el vallenato lo consagrara como uno de sus más grandes poetas, ya caminaba por los polvorientos senderos de El Tablazo con los bolsillos llenos de silencios y el alma rebosante de versos que aún no sabían que algún día recorrerían Colombia entera.
El viento de La Guajira fue su primer maestro. Entre trupillos retorcidos, cardones desafiando el sol, chivos buscando la sombra escasa y turpiales anunciando el amanecer, descubrió que la naturaleza también componía melodías. Solo había que aprender a escucharla. Mientras otros veían paisajes, él encontraba metáforas. Mientras otros regresaban a casa con las manos llenas de tierra, él volvía con el corazón lleno de canciones.
Sin saberlo, aquel niño estaba aprendiendo el idioma secreto de la provincia, ese que no aparece en los libros, pero que vive en el silbido del viento, en el crujir de la leña, en el canto del arriero y en las historias contadas bajo un palo de mango. Allí comenzó la verdadera escuela de Hernando Marín: la escuela de la vida.
El capítulo de «Mis muchachitas» puede conmover aún más: Fue entonces cuando entendió la derrota más hermosa que puede sufrir un padre: descubrir que los hijos crecen aunque uno no quiera. Anacelis y Ana Tatiana dejaban poco a poco de ser las niñas que corrían por la casa para convertirse en mujeres. Ningún padre está preparado para ver cómo el tiempo le arrebata, sin violencia pero sin permiso, aquellos pequeños instantes que parecían eternos. Hernando quiso detener los calendarios. No pudo. Entonces hizo lo único que sabía hacer cuando la vida le dolía: escribió una canción. Así nació «Mis muchachitas», un abrazo convertido en vallenato.
El pasaje de «Canta conmigo» también puede elevarse: Mientras Colombia se desangraba entre la guerra, Hernando Marín decidió responder con un acordeón. Otros levantaban fusiles; él levantó una canción. En tiempos donde el odio parecía tener más eco que la esperanza, escribió uno de los manifiestos más hermosos de la música vallenata. No pidió riquezas. No pidió fama. Apenas soñó con un país donde los colores de la piel dejaran de ser frontera y donde la paz volviera a ser una palabra posible.
Hoy Hernando Marín ya no camina por los polvorientos caminos de El Tablazo. Hace años emprendió un viaje del que nadie regresa. Sin embargo, quienes creen que murió jamás han escuchado un acordeón en una madrugada de parranda, porque Hernando sigue vivo.
Está en el padre que, con lágrimas discretas, dedica «Mis muchachitas» a sus hijas. Está en Valledupar cuando miles de voces cantan «Valledupar del alma». Está en quienes todavía sueñan con una Colombia reconciliada mientras suena «Canta conmigo». Está en cada campesino que descubre que la grandeza también puede escribirse desde la sencillez de un rancho. Hay compositores que escriben canciones, Hernando Marín escribió memoria, escribió identidad, escribió patria y mientras exista un acordeón capaz de estremecer el alma, un cantor dispuesto a pronunciar sus versos y un guajiro que mire el horizonte con nostalgia, el poeta de El Tablazo seguirá regresando con el viento, guitarra al hombro, recordándonos que algunas personas no mueren cuando dejan de respirar, sino cuando dejan de ser cantadas.



