“Esperemos que no le hagan conejo al presidente De la Espriella; es una práctica que, lamentablemente, suele repetirse en nuestro Parlamento”.
Con la iniciativa anunciada por el presidente electo Abelardo De la Espriella de presentar un proyecto para que Barranquilla sea reconocida como capital alterna de Colombia, vuelve a tomar fuerza una vieja aspiración de muchos habitantes del Caribe: la creación de una República Independiente de la Costa.
La historia de los pueblos cambia y se transforma de acuerdo con las circunstancias del pasado, los desafíos del presente y las expectativas del futuro. Colombia no ha sido ajena a grandes debates sobre su organización política y administrativa, especialmente frente al modelo centralista que, durante décadas, ha generado inconformidades en las regiones.
Esta discusión no es nueva. La memoria histórica recuerda que desde 1809, durante el Virreinato de la Nueva Granada, Cartagena reclamaba mayor autonomía frente al poder concentrado en Santa Fe de Bogotá. Ese enfrentamiento entre centralistas y federalistas marcó una época que posteriormente desembocó, entre 1812 y 1815, en el periodo conocido como la “Patria Boba”, producto de las divisiones políticas y la guerra civil entre ambos sectores.
Más adelante, en 1863, con la creación de los Estados Unidos de Colombia, impulsada tras la transformación política promovida por el general Tomás Cipriano de Mosquera, se estableció un modelo federalista que buscaba otorgar mayor autonomía a las regiones. Sin embargo, con la Constitución de 1886 se desmontó ese sistema y se consolidó nuevamente un Estado centralizado.
La historia del Caribe colombiano continuó escribiéndose. En 1919, cansados del abandono y del excesivo centralismo, líderes regionales promovieron la Liga Costeña, un movimiento que exigía al Gobierno Nacional mayores inversiones y atención para los territorios del Caribe. No obstante, las divisiones internas, los intereses políticos y las disputas por el poder terminaron debilitando la iniciativa hasta su desaparición en 1922.
En 1934 surgió otro intento de integración regional con la Asamblea Interdepartamental de la Costa, realizada en Cartagena. Desde entonces, las voces que reclaman mayor autonomía para el Caribe han aparecido en diferentes momentos de la historia, aunque siempre han enfrentado obstáculos políticos y económicos provenientes tanto del poder central como de sectores regionales.
Uno de los episodios más recordados ocurrió el 14 de marzo de 2010 con la consulta popular conocida como “Tarjetón Caribe”, impulsada desde la sociedad civil. La iniciativa logró más de dos millones de votos a favor de la autonomía regional y generó preocupación en los sectores centralistas. Sin embargo, según sus críticos, muchos de los dirigentes que promovieron aquel proceso terminaron alejándose del propósito inicial entre acuerdos políticos, contratación pública y espacios burocráticos.
La defensa del modelo centralista continúa vigente. Para sus críticos, una alianza entre sectores políticos nacionales y élites regionales ha mantenido un sistema que concentra decisiones económicas, sociales y administrativas lejos de las regiones, desconociendo las particularidades culturales, sociales y productivas del Caribe colombiano.
Mientras tanto, los defensores de una mayor autonomía argumentan que los departamentos costeños poseen una enorme riqueza en recursos naturales, turísticos y económicos, pero paradójicamente enfrentan altos niveles de desigualdad y rezago social.
Durante años, la región ha cargado con estigmas que califican a sus habitantes de manera injusta, mientras —según sus dirigentes autonomistas— el verdadero problema ha sido la falta de oportunidades, inversión, educación, empleo y planificación desde el poder central.
“Se acabó el abandono centralista. En pocos días, un hijo del Caribe se sentará en el solio de Bolívar. Gobernaré desde las regiones. Por eso, uno de mis proyectos legislativos será convertir a Barranquilla en la capital alterna de Colombia”, manifestó Abelardo De la Espriella durante una intervención pública.
Ahora el reto será que esta propuesta no quede archivada en los debates del Congreso. La historia política colombiana demuestra que muchas iniciativas regionales han enfrentado resistencias y obstáculos cuando buscan modificar el tradicional esquema centralista.
Los costeños, al igual que las demás regiones del país, tienen intereses legítimos que defender. El debate está abierto y será el momento de decidir si Colombia avanza hacia un modelo con mayor autonomía territorial o mantiene el esquema centralizado que ha predominado durante más de un siglo.
Las cartas están sobre la mesa. Cada región defenderá sus intereses, pero el futuro de Colombia dependerá de encontrar un equilibrio entre unidad nacional y autonomía territorial.



