La violencia marcó su infancia en Rincón del Mar, pero no logró arrebatarle la esperanza. Hoy es intendente, madre y está a un paso de convertirse en abogada.
Aquel hombre no tenía fortuna, ni tierras, ni una cuenta bancaria donde guardar las esperanzas de sus hijos. Tenía unas manos acostumbradas al trabajo, un salario de vigilante y un corazón que se le deshacía cuando escuchaba llorar a su niña. Desde Medellín, Marianella Salgado Ortiz le había llamado para decirle que no aguantaba más. Apenas llevaba dos meses en la Escuela de Policía Carlos Eugenio Restrepo y la nostalgia, el cansancio y las exigencias físicas estaban acabando con sus fuerzas.
—Hija, vente, yo trabajo para pagar la carrera de abogada —le respondió su papá, también entre lágrimas.
Ella conocía las necesidades de su casa, las cuentas pendientes y las privaciones de sus viejos. Se quedó llorando y, antes de que la tristeza terminara por derrotarla, alcanzó a decirle:
—No, papi, yo puedo, voy a terminar.
Colgó porque él seguía llorando. Aquella conversación ocurrió en 2010. Ninguno de los dos imaginaba cuánto cambiaría sus vidas.
Mucho antes de conocer la disciplina de una escuela de formación, Marianella había aprendido a convivir con el miedo. Nació en Rincón del Mar, un pedacito del Caribe sucreño donde las olas llegan mansitas a besar la arena, aunque durante años la violencia no tuvo ninguna consideración con sus habitantes.
Los grupos armados ilegales habían sembrado el terror y sus padres temían por la integridad de las niñas, especialmente ante los riesgos de violencia sexual. Mientras la infancia debería estar hecha de juegos, travesuras y libertad, la suya estuvo rodeada de advertencias y prohibiciones. No comprendía entonces por qué debía permanecer tan protegida. Con el tiempo, descubrió que aquellas restricciones eran la manera desesperada que tenían sus progenitores de mantenerla a salvo.
En esa misma tierra aprendió que la pobreza no siempre hace ruido. A veces se manifiesta en una madre que sale a trabajar como empleada doméstica en una cabaña turística o en un padre que vigila una finca para conseguir el sustento de cinco muchachos. Su hermana mayor había logrado ingresar a la universidad y los tres menores todavía necesitaban estudiar. Marianella también quería una profesión: soñaba con ser abogada, conocer las leyes y defender a quienes necesitaran justicia. Pero sabía que, en su hogar, cada peso tenía un destino. Por eso decidió aplazar aquella ilusión y buscar otro camino.
La Policía Nacional apareció como una oportunidad de independencia y servicio comunitario. Se marchó lejos de los suyos sin saber que, detrás de aquel uniforme, encontraría una segunda familia y una existencia llena de desafíos.
La institución le enseñó a mantenerse firme, pero también le mostró que existen dolores para los cuales nadie recibe entrenamiento. Uno de ellos llegó con la muerte de Harold Meléndez, su compañero del Tránsito Urbano de Cartagena. Todos lo conocían cariñosamente como «Satur». Era alegre, servicial y tenía esa disposición de ayudar que vuelve inolvidables a ciertas personas. Una mañana, la noticia de su fallecimiento por suicidio dejó a Marianella frente a una realidad que jamás había imaginado.
Comprendió que la tristeza puede esconderse detrás de una sonrisa y que el sufrimiento emocional no siempre se advierte a simple vista. Desde entonces, procura mirar a sus compañeros más allá del uniforme, porque sabe que escuchar sin juzgar también puede ser una manera de cuidar la vida.
Después llegó Juan José y, con él, una forma de amar que no se parece a ninguna otra. Su hijo tiene doce años y ocupa ese lugar del alma donde una madre guarda lo más sagrado. Sin embargo, criar mientras se cumple el servicio policial significa aprender a vivir con el corazón dividido. Marianella no estuvo en su segundo cumpleaños. Tampoco pudo acompañarlo en la fecha prevista para su primera comunión, que tuvo que aplazarse. Ha perdido celebraciones familiares y momentos que el calendario no devuelve.
Confiesa que muchas veces la persigue la sensación de no dedicarle suficiente tiempo. Es una culpa silenciosa que conocen numerosas mujeres uniformadas. Aun así, encuentra consuelo en la madurez de su muchacho y en la esperanza de que algún día comprenda que cada ausencia estuvo acompañada del deseo de brindarle un futuro digno.
El destino, que en ocasiones parece olvidar las promesas hechas a los niños, terminó abriéndole una puerta que llevaba años cerrada. Aquella carrera de Derecho, postergada por amor a su familia, volvió a convertirse en una posibilidad. Gracias al respaldo de superiores que comprendieron sus aspiraciones, logró culminar académicamente sus estudios en la Universidad Rafael Núñez. Ahora adelanta un diplomado en Derecho Administrativo y de la Gestión Pública para cumplir los requisitos de grado.
Su experiencia demuestra el valor de una institución que ofrece oportunidades de formación y acompañamiento a sus integrantes, en consonancia con los lineamientos del director general de la Policía Nacional para consolidar una Policía profesional, protegida y respaldada. Para Marianella, ese apoyo tiene un significado especial: le permitió acercarse a la profesión que había guardado durante tantos años en el rincón más terco de su memoria.
Su padre tenía una costumbre que ella jamás olvidó. Cuando veía por televisión las ceremonias de ascenso de los policías, contemplaba los uniformes y decía con admiración: —Niña, qué bonito debe ser eso.
Por eso, cuando llegó el momento de convertirse en intendente, Marianella quiso que la celebración tuviera un significado familiar. En 2025 recibió sus nuevas insignias en la Escuela Rafael Núñez de Corozal, municipio donde nació su progenitor y donde vive parte de su familia paterna. Allí estuvo él, acompañado por su esposa y su nieto Juan José, contemplando a la muchacha que años atrás había querido regresar derrotada de Medellín. Verla caminar orgullosa, vestida con su uniforme azul, por las calles de su tierra fue una alegría inmensa. No hacía falta pronunciar grandes discursos. La emoción de aquel trabajador humilde decía mucho más que cualquier ceremonia.
En Rincón del Mar existe otra prueba de ese orgullo. Su abuelita conserva una fotografía enorme de su nieta policía en la sala de su vivienda. La imagen ocupa un lugar especial, como si aquella pared también quisiera contar la historia de una familia que nunca dejó de creer. Marianella se convirtió en la primera mujer de su pueblo en ingresar a la Policía Nacional, una distinción que asume con gratitud.
En el marco de la conmemoración del Día de la Mujer Policía, su recorrido adquiere un sentido que trasciende lo personal. Es el testimonio de una colombiana que logró abrirse camino después de crecer entre dificultades y que hoy puede servir de inspiración a otras niñas de su comunidad. Porque algunas conquistas comienzan mucho antes de recibir una insignia: nacen cuando alguien se atreve a imaginar una vida diferente.
Fuera de las responsabilidades del servicio, sus mayores anhelos son sencillos. Quiere una casa propia, un refugio donde Juan José pueda crecer tranquilo y ambos disfruten de esa paz que tantas veces les ha hecho falta. Dice que son los dos luchando por su porvenir. Habla de él con una ternura inmensa y reconoce que, pese a su corta edad, muchas veces termina enseñándole lecciones de vida.
También agradece a quienes la han acompañado durante los momentos difíciles: compañeros que estuvieron pendientes de su salud y que llegaron hasta su residencia para llevarla al hospital cuando lo necesitó, así como familiares que, desde la distancia, nunca han dejado de hacerle sentir su cariño. Son afectos que no necesitan medallas y gestos que permanecen cuando las jornadas terminan.
Han transcurrido dieciséis años desde aquella llamada que comenzó entre sollozos y terminó con una promesa. El hombre que ofreció trabajar todavía más para pagarle la carrera de Derecho a su hija pudo verla ascender a intendente; la muchacha que pensó abandonar la escuela está cerca de obtener el título de abogada.
Pero la vida le reservó una coincidencia más profunda: hoy Marianella comprende, desde la maternidad, lo que significaban los desvelos de su padre. Él luchaba para que ella tuviera oportunidades; ahora es su turno de construirle un mañana a Juan José.
Quizás por eso, cuando regresa del servicio y encuentra a su muchacho, descubre que la felicidad no siempre está en las grandes victorias. A veces cabe entera en una casa que todavía se sueña, en el abrazo de un hijo y en la tranquilidad de saber que valió la pena continuar.
Y si algún día vuelve a sentir que las fuerzas le faltan, tendrá una razón para recordar aquella respuesta que le dio a su papá: —No, papi, yo puedo, voy a terminar.



