Dumek Turbay podía estar orgulloso de una obra como el Malecón del Mar, promover un espacio público o invitar a los ciudadanos a conocerlo. Pero las circunstancias exigían otra prioridad. Mientras en sectores de Villa Rosita, Olaya Herrera, El Pozón, Fredonia, San Fernando, Nelson Mandela, Cerros de Albornoz, Policarpa y Las Palmeras los habitantes enfrentaban los efectos de las lluvias, la invitación al encuentro recreativo tomando una taza de café proyectaba un contraste difícil de digerir. ¿en que Cartagena estaba pensando el alcalde mientras otra luchaba contra las inundaciones?
El problema no era el café, sino el momento, el mensaje y la sensibilidad política que exigían las circunstancias. No se trata de pedirle al mandatario que se moje para demostrar que gobierna, sino de esperar que comprenda cuándo la ciudad necesita respuestas antes que celebraciones y soluciones antes que promoción.
Para las familias afectadas, la inundación no es una fotografía pasajera. Es el colchón perdido, el electrodoméstico dañado, la ropa empapada y la angustia de no saber cuánto costará recuperar lo perdido. Frente a esa realidad, la comunicación de un gobernante debe priorizar la información útil, la atención a los damnificados y las acciones concretas.
Las redes sociales pueden proyectar una gestión, pero no reemplazan la gestión misma. En una emergencia, los ciudadanos necesitan saber qué equipos están trabajando, dónde solicitar ayuda, qué medidas se adoptan y cómo se evitará que el problema vuelva a repetirse.
El episodio del cafecito reabrió una discusión de fondo sobre las prioridades de inversión pública y las soluciones que Cartagena necesita para enfrentar las inundaciones recurrentes. El Gran Malecón del Mar, cuya inversión se ha situado en cerca de $200.000 millones, representa una apuesta por el espacio público y el turismo. Cartagena necesita este tipo de proyectos, pero también requiere sistemas de drenaje eficaces, obras de mitigación y barrios donde las familias puedan afrontar la temporada de lluvias sin temer por sus viviendas.
No se trata de afirmar que todo el dinero invertido en el malecón debió destinarse a los drenajes. Se trata de exigir transparencia y resultados sobre las inversiones destinadas a prevenir las inundaciones. ¿En qué estado se encuentra el Plan de Drenajes Pluviales? ¿Qué obras se han ejecutado y cuáles siguen pendientes? ¿Cuánto se ha invertido en prevención y qué cronograma existe para los sectores afectados recurrentemente?
La administración distrital debe responder con presupuestos, fechas, avances verificables y responsables. Los ciudadanos no pueden conformarse con anuncios cada vez que las lluvias vuelven a poner en evidencia problemas que reclaman soluciones estructurales. La lluvia puede ser inevitable; la planificación, la prevención y la preparación institucional son responsabilidades del gobierno.
- Una ciudad que no puede vivir de postales
Cartagena proyecta al mundo sus atractivos turísticos, sus grandes obras y sus espacios renovados. Sin embargo, las inundaciones vuelven a mostrar la realidad de comunidades que necesitan atención y soluciones duraderas.
El turismo genera oportunidades económicas y las obras públicas pueden mejorar la ciudad. Pero el desarrollo no puede medirse únicamente por lo que se construye y se promociona, sino también por los problemas que se resuelven y las condiciones de vida que mejoran.
La modernidad no se demuestra solamente con malecones y avenidas, sino con la capacidad de proteger a los ciudadanos y garantizarles condiciones dignas.
El norte turístico y los barrios populares forman parte de una misma ciudad. Ambos necesitan inversión, planificación y presencia institucional. La lluvia no distingue entre sectores privilegiados y comunidades vulnerables; las políticas públicas tampoco deberían hacerlo.
Dumek Turbay tiene derecho a promover las obras de su administración, pero los cartageneros también tienen derecho a cuestionar sus prioridades y exigir resultados. La crítica pública no es un ataque contra el gobierno: es un ejercicio legítimo de control democrático.
Por eso, la controversia no debería agotarse en una publicación ni convertirse en una discusión pasajera sobre si el alcalde podía invitar a tomarse un café. El debate esencial es qué está haciendo su administración para que las familias no tengan que volver a sacar agua de sus viviendas cada vez que llueve con fuerza.
El sábado 24 de octubre pudo ser una oportunidad para informar sobre la atención a las familias afectadas, explicar las medidas adoptadas y presentar avances en la prevención de inundaciones. Sin embargo, la invitación al Gran Malecón del Mar terminó concentrando la atención en el contraste entre la promoción de una obra y la emergencia que enfrentaban distintos sectores.
El costo político de una publicación puede ser pasajero. El costo social de las inundaciones lo asumen las familias que pierden sus pertenencias, los comerciantes afectados y las comunidades obligadas a reconstruir su cotidianidad después de cada aguacero.
Cartagena necesita respuestas concretas, obras eficaces y compromisos verificables. El malecón puede ser un espacio valioso, pero su brillo no puede ocultar las necesidades de los barrios. Cartagena no necesita que sus gobernantes renuncien a promover sus obras. Necesita que no confundan la promoción de la ciudad con la solución de sus problemas.
Al final, el problema nunca fue el café, sino las prioridades de un gobierno frente al drama de su gente. Mientras cientos de familias luchaban por salvar sus pertenencias del agua, el alcalde proyectaba una imagen que contrastaba dolorosamente con la angustia de los damnificados. Porque una ciudad inundada no necesita gobernantes concentrados en promocionar postales de progreso, sino autoridades capaces de dar la cara, responder con hechos y ofrecer soluciones. Y cuando vuelva a llover —porque volverá a llover—, los cartageneros no preguntarán qué publicó Dumek Turbay ni a quién invitó a tomarse un café. Preguntarán dónde están las obras, qué se hizo con los recursos públicos y por qué, después de tantas promesas, el agua sigue entrando a sus casas. Ese día, ninguna fotografía del malecón, ningún discurso triunfalista y ningún cafecito podrán disimular la pregunta que verdaderamente importa: ¿hasta cuándo los barrios de Cartagena tendrán que pagar con sus pérdidas la factura de los problemas que el gobierno no ha logrado resolver?



