- “Nadie tiene mayor amor que este: que uno ponga su vida por sus amigos.” Juan 15:13
- “Esforzaos y cobrad ánimo; no temáis ni tengáis miedo de ellos, porque Jehová tu Dios es el que va contigo; no te dejará ni te desamparará.” Deuteronomio 31:6
Hoy escribo desde el sentimiento profundo de un cristiano que mira a su país y siente dolor. Un dolor verdadero. Un dolor que no nace solamente de la política, sino de ver cómo Colombia sigue caminando entre lágrimas, miedo y sangre en momentos en los que debería reinar la esperanza.
La reciente muerte de Roger Mauricio Devia y Fabián Cardona, en los llanos del Ariari, no puede verse únicamente como un episodio más de violencia electoral. Son vidas humanas. Son hijos de Dios. Son padres, hermanos, amigos y compañeros que hoy ya no están, porque en Colombia todavía hay quienes creen que la intimidación, el miedo y las armas pueden decidir el destino de la nación.
Y entonces uno se pregunta: ¿hasta cuándo, Señor? ¿Hasta cuándo tendremos que seguir enterrando colombianos por pensar distinto?, ¿Hasta cuándo las campañas políticas seguirán manchándose de sangre en Colombia?, ¿Hasta cuándo los violentos seguirán sembrando terror mientras millones de ciudadanos honestos solamente quieren trabajar, vivir tranquilos y sacar adelante a sus familias?.
Hoy el corazón del tigre está herido. La manada llora a dos de los suyos. Pero también es un momento para que Colombia haga silencio por un instante, mire hacia el cielo y reflexione seriamente sobre el país que estamos construyendo. Porque, más allá de colores políticos, movimientos o campañas, aquí está en juego el alma misma de la nación.
Estamos entrando en una recta final electoral marcada por el odio, la polarización y el miedo. Las palabras se volvieron agresiones permanentes. Las redes sociales parecen trincheras de guerra. Y mientras unos compran conciencias con la chequera del Estado, otros intentan imponer miedo en las regiones donde todavía la democracia se ejerce bajo la amenaza de las armas de los bandidos, esos mismos que no tienen Dios ni ley.
Eso no puede normalizarse. No podemos aceptar, como pueblo cristiano y como ciudadanos de bien, que el futuro de Colombia se siga negociando entre corrupción, intimidación y violencia. No podemos permitir que nos roben la esperanza. No podemos entregar el destino de nuestros hijos y nietos por un contrato, un mercado, un subsidio o una promesa vacía.
La conciencia de una nación no puede ponerse en venta. Hoy, más que nunca, Colombia necesita despertar espiritualmente. Porque cuando un pueblo pierde sus principios, pierde también el rumbo. Y pareciera que muchos todavía no comprenden la gravedad del momento histórico que estamos viviendo.
Nos vendieron un supuesto “cambio” que terminó convirtiéndose, para muchos colombianos, en incertidumbre, división y desesperanza. Un presente donde la inseguridad crece, donde las regiones sienten abandono y donde nuevamente aparecen los fantasmas de la violencia política que tanto dolor dejaron en generaciones enteras.
Por eso esta columna no nace desde el odio. Nace desde la preocupación sincera de un colombiano creyente que ama profundamente a su patria. Dios mío, abre los ojos de tus hijos.
No permitas que el engaño, la manipulación ni el miedo dominen el corazón de los colombianos. Danos discernimiento para votar con responsabilidad y conciencia. Permite que cada ciudadano entienda que una elección no define solamente cuatro años de gobierno; define el futuro moral, económico y espiritual de una generación entera.
Que nadie venda el mañana de sus hijos por necesidades momentáneas.
Que nadie entregue su libertad por conveniencia.
Que nadie permita que el odio lo convierta en enemigo de su propio hermano.
Porque Colombia no necesita más rabia. Colombia necesita reconciliación con Dios. Y también necesita valentía. Valentía para defender la democracia sin violencia. Valentía para denunciar a quienes quieren intimidar al pueblo.
Valentía para no guardar silencio frente al deterioro institucional y moral que vive el país. Valentía para seguir creyendo que todavía es posible construir una nación distinta.
A los integrantes de la manada, a los defensores de la patria y a todos los colombianos de bien, sean del partido que sean: cuídense. Esta campaña ya dejó señales claras de que hay zonas donde la prudencia será tan importante como la firmeza. No es tiempo de ingenuidades. Hay que caminar con pasos seguros, con sabiduría y con la protección de Dios.
Pero jamás con miedo. Porque, como dice la Escritura: “Jehová tu Dios es el que va contigo; no te dejará ni te desamparará”. Y aunque hoy haya tristeza, aunque haya incertidumbre y aunque muchas familias lloren a sus muertos, también debemos recordar algo fundamental: Colombia sigue siendo una tierra bendecida. Esta patria todavía tiene hombres y mujeres trabajadores, familias creyentes, jóvenes con sueños y ciudadanos honestos que se levantan todos los días para sacar adelante esta nación, a pesar de las dificultades.
Yo todavía creo en un país milagro. Creo en una Colombia donde las campañas no terminen en cementerios. Creo en una Colombia donde la política vuelva a hacerse con ideas y no con amenazas.
Creo en una Colombia donde nuestros hijos puedan crecer sin miedo.
Creo en una Colombia donde el trabajo honrado valga más que la corrupción.
Creo en una Colombia tomada de la mano de Dios.
Por eso hoy la oración debe ser colectiva.
Señor, protege a Colombia.
Protege a sus regiones olvidadas.
Protege a quienes hacen política sin armas y sin odio.
Consuela a las familias de los caídos.
Y no permitas que más inocentes sigan muriendo en esta tierra que tanto ha sufrido.

