En un abrir y cerrar de ojos, pasamos de la primaria a la cotidianidad de las responsabilidades que nos asigna la vida en la edad adulta; no me quiero imaginar cuánto tiempo durará ese otro abrir y cerrar de ojos que nos pondrá de vuelta en el Cosmos; sin embargo, seguimos dedicados a posponer, como si mañana fuera eterno y suspensivo. Recuerdo como si fuera ayer a Poli, mi abuela materna, diciéndome: Mijo, ponte a hacer algo, no pierdas tiempo. Mientras yo meditaba en una mecedora. Increíble, tanto tiempo después entendí su sugerencia y me entró la prisa por cobrarme el tiempo, que evidentemente, estaba “desperdiciando” en esas meditaciones, aunque confieso sin reparo que daría la vida por volver a estar allí viéndola tejer.
Este año, en medio de tanto embate y angustia, estamos cerrando de manera anticipada muchos ciclos como especie. De un tajo nos metieron en la virtualidad y dudo mucho que volvamos a la antigua normalidad, y dependerá estrictamente de cada uno de nosotros habilitarnos para esta nueva era, en la que quedamos en blanco y como analfabetas. Tenemos dos caminos, uno, sentarnos a esperar, o dos, embarcarnos en la aventura y lanzarnos a esa corriente turbulenta, y desde ella descubrir que tan originales podemos ser para darle forma a nuestros proyectos.
Los que dábamos pasos discretos por el ciberespacio para comparar precios, nos vimos obligados a dejar la discreción de lado, para acceder a nuestra lista de deseos, en medio del atolondramiento que suponía la escena de comprar sin medirnos, o sin tocar lo que deseábamos; no me quiero imaginar el giro tan dramático que supondrá, la bien llamada reinvención, para quienes lideran empresas, que para poder seguir vigentes, deben colonizar el ciberespacio y su altísimo tráfico.
Afortunadamente tenemos ayudas a la mano, una de ellas es la caja de herramientas que nos ofrece el libro de Adam Grant, “Originales: cómo los innovadores e inconformes mueven el mundo”. Grant es uno de los profesores más prestigiosos de la Escuela de Negocios Wharton, y su charla TED en 2016 sobre los hábitos que caracterizan a los innovadores, se convirtió en una de las más vistas. Como si fuera poco, es consultor de Google, la NFL, Merck, Pixar, Facebook, Johnson & Johnson, la ONU, y el Ejercito y la Marina de los Estados Unidos. Así que mientras estamos a flote, este es un buen texto para aprender a tejer el futuro, ahora que nos obligaron a habitarlo.
Cambiando de tema radicalmente, 2020 también nos mostró que la llama de la esperanza se hace más intensa cuando compartimos lo positivo de la vida, es por esto que durante el año que atemorizó a la humanidad entera, la música, el cine, el teatro, la danza, las artes plásticas, la literatura, la poesía, la televisión y todo el entorno de la cultura y el entretenimiento, ofrecieron refugio temporal a nuestras zozobras.
Ante la imposibilidad de congregarnos en teatros, museos, arenas, estadios y parques, la virtualidad transformó nuestros hogares en grandes centros de entretenimiento gracias al talento de nuestros artistas, y si a eso le sumamos las contribuciones individuales y colectivas a las causas apremiantes impuestas por la pandemia y otros fenómenos que nos se detuvieron, estamos en deuda de gratitud, por eso dedico esta columna a quienes desde las artes, y con sus talentos, nos dieron una bocanada de aire fresco.



