La ignorancia científica y la superstición durante los siglos XVIII y XIX, avivaron la fe en la existencia de cadáveres que regresaban a la vida, en busca de sangre humana. Elixir, que los mantenía activos en este mundo.
Esta leyenda divulgada durante generaciones, ha dejado una enorme huella mantenida hasta ahora, en el confuso discernimiento de los pueblos.
El principal difusor del vampirismo por Europa occidental fue el Abad Agustín Calmet, destacado comentarista francés que escribió un tratado sobre vampiros en 1751. En él, recopiló numerosos episodios de muertos vivientes circulando por la ciudad en busca de cualquier cuello para chuparle la sangre.
Calmet, narra uno de esos casos: cuando el caza vampiros, “hizo clavar en el corazón del muerto una estaca muy aguda con la que le atravesaron todo el cuerpo, el cadáver profirió un espantoso grito. Parecía como si estuviera aún con vida». Una prueba de que después de clavarles la estaca, era cuando se confirmaba su muerte.
Este suceso tiene una explicación: el aire que se encontraba encerrado en la caja torácica, salió con rapidez y violencia debido al golpe asestado con la estaca. Al pasar por la garganta, se produjo un ruido parecido a un rugido interpretado por los presentes, como un grito de dolor del cadáver.
Los campesinos de Europa del Este aterrorizados, popularizaron remedios contra el ataque de los monstruos, para detener la porfiria (enfermedad de los vampiros), que se manifiesta por una repulsión al ajo. Se colgában al cuello sartas de ellos y a su vez, adornaban sus casas, animales y niños.
Según Rousseau (escéptico), en 1762 declaraba que “no había en el mundo una historia tan bien documentada” certificados de cirujanos influyentes, procesos orales, sacerdotes, magistrados, etc.
Charles Nodier, escritor y bibliotecario francés (1822), calificaba tal desatino, cómo “el más absurdo de todos los errores populares”.
A finales del XIX, el escritor irlandés Bram Stoker indagando sobre ésta leyenda, conoció al húngaro Arminius Vambéry, quien le habló sobre la existencia de un príncipe rumano llamado Vlad Draculea, que había vivido en el siglo XV y nacido en Transilvania en 1431.
Sanguinario, fanático de la muerte lenta, cenaba bebiendo la sangre de sus víctimas o mojando pan en ella. Durante sus siete años de gobierno, ejecutó a unas 100.000 personas, mediante el empalamiento (bosque de los empalados). Se conoce desde el siglo XVI como Vlad el Empalador.
En 1922 de la mano del director de cine alemán F. W Murnau con Nosferatu (libre adaptación de la novela de Bram Stoker), dio el salto al cine mudo. Bela Lugosi, actor que encarnó a este vampiro en muchas películas, fortaleció al personaje (Drácula) creado por Stoker y reafirmó su leyenda en el mundo.
Cuando en 1428, el príncipe Vlad II (gobernador de Valaquia), ingresó en la Orden del Dragón (Drac en húngaro), fue conocido como Vlad Dracul, y a su hijo se le llamó Vlad Draculea (hijo de Dracul). Cómo en la mitología rumana la figura del dragón no existía y el término dracul se le otorgaba al diablo, Vlad III pasó a ser en rumano “el hijo del diablo”.
Es innegable, que Drácula ocupa un lugar en el mundo de la literatura. Su leyenda ha traspasado fronteras, afianzándose como uno de los personajes más terroríficos de la historia.



