Sandra* es estudiante de undécimo grado en un colegio público de Soledad, Atlántico. Unas semanas antes del inicio de la cuarentena obligatoria en Colombia, Beatriz*, su profesora de educación física, la vio correr hacia el comedor estudiantil con el timbre del mediodía. Unos minutos después, la vio sentada en un pasillo del colegio, contemplando su almuerzo, sin atreverse a probarlo. Beatriz le preguntó por qué no comía. Sandra le confesó que quería guardarle el almuerzo a su mamá, porque si no lo hacía su madre no comería nada en todo el día.
Beatriz le sugirió que pidiera un almuerzo extra, pues sabía con certeza que al comedor estudiantil le sobraba comida todos los días. Sandra ya lo había intentado, pero la trabajadora del comedor se lo había negado. Entonces, Beatriz le pidió a una estudiante que había llevado comida ese día que pidiera un almuerzo en el comedor y se lo diera a Sandra. Así ocurrió. Ese día tanto Sandra como su madre comieron una vez. Pero era viernes, el lunes era festivo, en unas semanas comenzarían cuatro meses de cuarentena total, y la educación se trasladaría indefinidamente a la virtualidad. Es decir, Sandra y su madre perderían acceso a la única posibilidad de comer que tenían.
Lo que Beatriz hizo no solucionó el problema de Sandra: pobreza extrema en un país y un municipio extremadamente desigual, que no le ofrece ni a Sandra ni a su madre la menor esperanza de cambiar su vida.
Sandra no es una estudiante brillante. Es disciplinada y se esfuerza, pero sus capacidades intelectuales, sin duda, se han visto afectadas por la desnutrición que ha sufrido gran parte de su vida: en efecto, ese día Sandra le contó a Beatriz que tiene anemia, una anemia que podría curarse con tres comidas al día. Sandra no se ganará una beca Ser Pilo Paga, y si lo hiciera, en sus circunstancias actuales le sería imposible rendir, pues nadie puede pensar con el estómago vacío.
La mamá de Sandra trabajó como empleada doméstica, hasta que, motivada por una amiga, decidió demandar a sus ‘patrones’ porque le pagaban $600.000 en vez de los $925,148 que exigía la ley en el 2019 como salario mínimo. La mamá de Sandra no sabe leer ni escribir. Según ella, su ‘patrona’ era buena. Si bien no le pagaba el salario mínimo, le hacía mercado cada dos semanas y le compraba a Sandra los útiles escolares. Es probable que entre los mercados y las cosas de Sandra, la ‘patrona’ se gastará más de los $325.148 que le faltaban para completar el salario mínimo. Sin embargo, prefería invertir el dinero de esa manera que cumpliendo la ley.
La historia de Sandra y su mamá hace parte de la dura realidad de un panorama nacional profundamente desigual, insertado en un mundo que está cambiando rápidamente y en el que se están creando brechas en áreas nuevas, como el acceso a las tecnologías y la conectividad. La falta de oportunidades institucionalizada crea un círculo vicioso de desigualdad, frustración y descontento entre generaciones. Recientemente, tanto en el Norte como el Sur del hemisferio han surgido protestas masivas, a causa de los problemas económicos, la inequidad social y la inseguridad laboral.
Colombia es uno de los países más desiguales del mundo y tiene el nivel de desarrollo humano más bajo de toda Suramérica. La desigualdad está relacionada con otros problemas: la crisis climática, la urbanización, el desplazamiento forzado, la violencia.
El Informe Social Mundial de Naciones Unidas del 2020 señala que el género, el origen étnico, la raza, el lugar de residencia y el nivel socioeconómico determinan las oportunidades que tienen las personas en la vida. En Colombia, los afrodescendientes, los indígenas, las mujeres y las personas con discapacidad tienen una probabilidad mucho más alta de verse afectados por la pobreza. Sandra y su mamá son afrodescendientes.
Los gobiernos son responsables de crear sociedades más equitativas. ¿Qué está haciendo nuestro gobierno por proteger a los más vulnerables?
*Los nombres fueron cambiados para proteger la identidad de las fuentes.


