Aunque parezca exagerado el título de esta nota, debemos considerar que estamos en un país donde la realidad nunca deja de superar a la ficción. Seguramente comprenderán que existe muy poca distancia entre lo figurativo y la realidad que acontece en ciudades del Caribe colombiano, como Cartagena de Indias.
Probablemente algunas personas se acuerdan de la maravillosa obra de literatura universal conocida como la Divina Comedia escrita por Dante Alighieri. En esta, el protagonista, al verse perdido en una selva oscura, es guiado en un viaje hacia el paraíso. Sin embargo, para llegar a ese reino, debe atravesar previamente dos reinos del más allá, siendo el primero de estos el infierno y luego el reino del purgatorio. En el infierno las personas son proporcionalmente castigadas de acuerdo con los pecados que han cometido (lujuria, avaricia, ira, violencia y fraude), siendo el máximo castigo la condena a vivir por toda la eternidad en el hielo, como ocurre con Lucifer. Dante logra esquivar tales castigos y pasar del reino purgatorio, donde las almas se modifican hacia el paraíso donde alcanza la luz.
A pesar de que esta obra tiene más de 700 años de haber sido escrita, y lejos de ser una evasión fantástica, la Divina Comedia sigue manifestándose en nuestra sociedad, en especial en la ciudad de Cartagena de Indias, donde los habitantes de esta selva oscura deben abordar diariamente el infierno en forma de transporte conocido como Transcaribe.
Transcaribe fue concebido como la gran solución a la movilidad de manera segura y cómoda. No obstante, en la actualidad se ha convertido en un infierno para sus usuarios, debido, entre otras cosas, al mal estado de los buses y la baja calidad de su servicio, el cual ha experimentado un marcado deterioro progresivo, que probablemente ha incidido en la disminución del 6,2% de sus usuarios entre los años 2024 y 2025.
Es inaudito que una ciudad con más de un millón de habitantes tenga un servicio de transporte con tal estado de deterioro. Esto se hace evidente en las estaciones y en los buses, en los cuales es frecuente observar sillas en mal estado, paredes y techo sucios y un sistema de aire acondicionado, que se supone es uno de sus mayores atractivos, funciona de manera intermitente, sin mencionar que las rejillas de los filtros usualmente están sucias. Tanto es el calor que los usuarios deben levantar las ventanas superiores frente al estrés térmico permanente que ahí se presenta, el cual es exacerbado por el hecho de que estos buses están herméticamente cerrados.
Pero hay más aún: la flota de buses es insuficiente para cubrir la demanda, por lo que los tiempos de espera son demasiado largos, de hasta una hora o más, lo que a su vez causa acumulación de pasajeros que eventualmente pelearan por entrar a los buses. Adicionalmente, se podrá imaginar el lector las implicaciones que tiene el hecho de tener muchas personas concentradas en un espacio reducido, en buses diseñados para operar en zonas templadas o frías. Bajo estas condiciones, los usuarios sentimos que estamos en una lata de sardinas expuesta al sol.
No en vano la percepción de los usuarios respecto al malestar que le genera este sistema de transporte ha sido principalmente por el retraso en la frecuencia de operación de los buses (51%), seguido del hacinamiento en la hora pico y los tiempos que demora el recorrido; razones por las cuales, muchas personas deciden no utilizar este sistema y recurrir a otro. En tal sentido, por cada persona que abandona el sistema, se suma un usuario potencial al mototaxismo, contribuyendo de esa manera un círculo vicioso (loop): el aumento del mototaxismo se debe al mal servicio de transporte público y, a su vez, el mototaxismo aumenta el volumen de vehículos en circulación que invaden el carril exclusivo de Transcaribe, lo que retrasa su operación y ocasiona accidentes que han terminado en fatalidades.
Si realizamos un análisis de la información disponible en la web, para el año 2024, el número de usuarios de Transcaribe por día fue de 110.000, con una oferta de 332 buses (distribuidos entre articulados, padrones y busetones). La flota se proyectaba que se incrementaría en 171 buses nuevos para el año 2026 (27 padrones, 17 busetones y 22 articulados) para cubrir una demanda de 25.000 nuevos usuarios, hasta alcanzar los 135.000 usuarios/día.
Haciendo cálculos matemáticos aproximados y asumiendo que el 30% de la demanda de usuarios se concentra en cada hora pico, la nueva demanda máxima sería de 40.500 usuarios por hora. Este nuevo escenario revela un hallazgo crítico que indica que, incluso con los 171 buses nuevos (llegando a 503 buses en total), la flota seguiría siendo insuficiente en las horas pico, ya que la capacidad máxima rondaría los 33.952 pasajeros/hora.
El nivel de descuido en el que se encuentra el sistema de transporte masivo de la ciudad no solo afecta la comodidad de los pasajeros, sino que también compromete su seguridad y salud. En un bus en donde se confina mucha gente, cualquier falla durante su recorrido o la ocurrencia de accidentes potenciales (p.ej., el incendio ocurrido recientemente) maximiza el número de personas expuestas a tales riesgos.
Asimismo, los buses en mal estado son más propensos a fallas mecánicas que contribuyen al retraso e interrupciones de servicio y a la ocurrencia de accidentes con otros actores viales. Por otra parte, el desaseo y la falta de mantenimiento en el sistema de aire acondicionado puede convertir a este sistema de transporte público en un espacio con alto potencial para la contaminación.
Lo que actualmente es Transcaribe refleja una cadena de responsabilidades que han sido desatendidas, evidenciando la precaria priorización que han tenido las empresas encargadas la operación del sistema. Esto relevaría un problema más de fondo: optar por la rentabilidad en el corto plazo en detrimento de la gestión que deberían tener con el mantenimiento de las estaciones y principalmente de los vehículos.
Y para empeorar la situación, se observa que las autoridades no han ejercido los controles eficaces para prevenir cualquier tipo de evento adverso asociado con esta empresa. También llama la atención, la pasividad con la que los conductores y los usuarios han normalizado esta situación, conduciendo de esta manera a la pérdida de confiabilidad.
Esto es particularmente preocupante, dado que representa la enajenación de la dignidad del ciudadano, en una ciudad que se supone ha recuperado su brillo, pero que, a diferencia de lo logrado por Dante Alighieri, sus habitantes no han logrado salir del infierno.



