En Cartagena se ha normalizado un peligroso conformismo: aplaudir cualquier obra como si se tratara de un favor de la administración de turno y no de la inversión de nuestros propios recursos. Convengamos en que el trabajo de los funcionarios públicos es asegurarse de que la cosa pública funcione. Opinar o criticar no significa desconocer los logros, pero estos tampoco le otorgan patente de corso al mandatario de turno. Lo que pasa es que hay que aceptarlo: la vara quedó tan baja durante la paupérrima administración de William Dau que fácilmente nos deslumbran.
Las vallas publicitarias con renders impecables, las cifras billonarias y las promesas de soluciones definitivas representan un gran aliciente frente a las carencias a las que nos han tenido acostumbrados. Sin embargo, una vez pasan las inauguraciones y se desvanece el entusiasmo inicial, la realidad suele cobrarnos la factura de nuestra propia pasividad: pavimentos que se agrietan al año, canales que se rebosan con el primer aguacero (ahí está el Emiliano Alcalá) o bombas que quedan inservibles bajo tierra (ahí están los ejemplos de las de la Plaza de la Aduana y el Parque Centenario). ¿Hasta cuándo seremos espectadores complacientes de la infraestructura pública?
Ser un mejor ciudadano exige, ante todo, dejar de tragar entero. La complacencia colectiva es el terreno más fértil para la improvisación técnica y el detrimento patrimonial. Ojo con esto, propietarios de Bocagrande y Castillogrande. Durante décadas nos acostumbramos a celebrar que «por fin se está haciendo algo» o a repetir el popular «que robe, pero que haga», bajando la guardia frente a la calidad, la pertinencia y la sostenibilidad de lo que se construye. Pero hacer una obra no es suficiente si está mal concebida, si su valor de construcción está inflado, si su costo operativo es inviable o si su diseño genera riesgos futuros que nadie se atrevió a advertir en su momento.
El control social no puede seguir reduciéndose a la queja tardía en redes sociales cuando el agua ya nos llega a las rodillas. La verdadera veeduría ciudadana es preventiva, rigurosa y fundamentada. Esto no significa que cada ciudadano deba ser un experto en hidrología, hidráulica o ingeniería de costas, sino que debemos aprender a hacer las preguntas correctas y a exigir respuestas claras: ¿cómo se calculó esta solución?
Frente a la protección costera, surgen preguntas como estas: ¿Se verificó cómo interactúan las nuevas playas con las descargas pluviales o la arena terminará sellando las tuberías? ¿Cuál es el plan para reponer la arena que se lleve el mar de leva? ¿De qué rubro presupuestal saldrá el dinero para el mantenimiento y la operación de las bombas dentro de cinco o diez años? ¿Quién asume la responsabilidad si el proyecto colapsa? ¿Qué cota garantiza que el próximo mar de leva no sobrepase el muro e inunde la vía?
Frente al Malecón del Mar, por ejemplo, resulta imprescindible cuestionar: ¿Cómo desaguará el agua que quede atrapada detrás del malecón? ¿Se protegieron los materiales contra la corrosión marina o veremos el óxido en seis meses? ¿Cómo se determinó la prioridad de dicha obra?
Una ciudadanía crítica no se traga el argumento de que «la técnica es incomprensible para el común de la gente». Al contrario, exige que los gobernantes y los contratistas sometan sus decisiones al escrutinio público y expliquen los supuestos, las limitaciones y las contingencias reales de cada intervención. La democracia no se agota en las urnas; se ejerce a diario mediante la vigilancia activa de cómo se transforma el entorno en el que vivimos.
Organizarse en veedurías independientes, revivir el espíritu de vigilancia cívica de instituciones históricas como la Sociedad de Mejoras Públicas (creada en 1923), buscar el respaldo de la academia y los gremios profesionales, leer los pliegos y pedir cuentas con argumentos técnicos no son ganas de fregar la paciencia, ni pesimismo, ni fobia al progreso: son el deber cívico más elemental para cuidar el patrimonio común.
Al fin y al cabo, querer de verdad a esta ciudad nativa no es adularla con ceguera ni quedarse en los aplausos, sino cuidarla con la entrañable devoción que retrató Luis Carlos López: con ese amor vigilante y sin aspavientos que «uno le tiene a sus zapatos viejos». En una ciudad donde la memoria institucional suele ser corta y las responsabilidades se diluyen con cada cambio de gobierno, una ciudadanía despierta y exigente es el único contrapeso capaz de evitar que los errores del pasado se sigan repitiendo bajo el asfalto.



