El domingo 29 de noviembre iniciamos un nuevo año Litúrgico en la Iglesia Católica con el tiempo de Adviento que nos prepara espiritualmente para la Navidad. «¿Qué no habrá Navidad? ¡Claro que sí! Más silenciosa y con más profundidad. Más parecida a la primera en la que Jesús nació en soledad. Habrá Navidad porque necesitamos una luz divina en medio de tanta oscuridad».
Seguro que muchas personas han leído en estos días este texto del sacerdote navarro Javier Leoz que se hizo viral en las redes sociales y hasta tuvo felicitación por parte del papa Francisco. Un texto que rebosa esperanza en este tiempo de pandemia. Pero hay aquellos que sin darse cuenta de la gravedad de la emergencia sanitaria, no le harán caso a nadie poniendo en riesgo su propia vida y la de los demás. Los pecados que atentan contra la vida son llamados pecados mortales.
El Adviento nos invita a desear lo que aún no tenemos. Por eso, este año con motivo de la pandemia la palabra esperanza ha cobrado una singular actualidad. Nos resuena de un modo nuevo, pues está siendo mucho el dolor que estamos sufriendo. Entender lo que significa la esperanza puede iluminar también este tiempo de gracia que es el Adviento en tiempos de pandemia.
El papa Francisco nos lo recordaba en su homilía de la noche Santa de la Pascua: “En esta noche conquistamos un derecho fundamental, que no nos será arrebatado: el derecho a la esperanza; es una esperanza nueva, viva, que viene de Dios. No es un mero optimismo, no es una palmadita en la espalda o unas palabras de ánimo de circunstancia, con una sonrisa pasajera. No. Es un don del Cielo, que no podíamos alcanzar por nosotros mismos”.
En el siglo IV, San Ambrosio, Padre de la Iglesia Católica de la edad de oro de la patrística, junto con San Jerónimo y San Agustín, lanzaba esta recomendación ante la llegada del Adviento: «Que en todos resida el alma de María para glorificar al Señor; que en todos esté el espíritu de María para alegrarse en Dios».
En medio del dolor y la tristeza de esta pandemia, es tiempo de «alegrarse en Dios». La Virgen María es una de las figuras centrales de este tiempo de preparación para la Navidad. Estamos invitados a sentarnos en el regazo de la Madre de Jesús y dejarnos guiar hacia el gozo de la Navidad y la luz de su amor.
Este tiempo puede tener alguna similitud con el tiempo que vivió María. Ella era testigo de los momentos de angustia y desesperanza que vivía su pueblo, aguardando a un Mesías Salvador que no acaba de hacerse presente. En un clima de cierto desánimo ella se fía plenamente de las promesas del Señor: la Virgen, sana la duda de su pueblo con una confesión rotunda de fe; fortalece el desvalimiento de su gente con un canto confiado a la esperanza, y en un mundo cerrado sobre sí mismo se convierte en profeta del amor. En este tiempo, recitar el Magnificat de María es una medicina que nos inyecta fe, esperanza y un renovado amor.




